viernes, 28 de octubre de 2011

Editorial


I
Siete mil millones de esclavos

                                                                                                                   

  Ángel Juárez Masares

Que el planeta está cubierto por una gama de grises imposible de identificar, no es novedad para nadie. La distorsión existente en la distribución de la riqueza, estrechamente ligada a las posibilidades de desarrollo de los hombres y las regiones donde les tocó vivir, tampoco es asunto que ignoremos. Que el color de la piel de los individuos los condiciona tanto como cuando la esclavitud estaba legalizada, tampoco es novedad. Hoy día quizá no se pueda traficar abiertamente con personas, pero nadie duda que su condición o raza los transforma en mano de obra barata, es decir: otra forma de esclavitud.
La Fórmula Uno del consumismo de la que ninguno queda fuera por más que lo niegue -porque quien lo hace deja de existir- ¿no es acaso esclavitud?
La permanencia en esa carrera nos obliga a trabajar más para aumentar los ingresos y poder comprar… no importa qué, pero comprar. Pero lamentablemente el día tiene sólo 24 horas, de manera que cuando cae la noche y regresamos de las plantaciones de algodón, sólo nos queda resto para –encerrados en la cabaña del Tío Tom- comer un potaje de harina, tomate y queso (llamado pizza), sentarnos un rato frente a la máquina expendedora de tentaciones (ahora con pantalla plana y alta definición), e irnos a dormir, porque mañana habrá que empezar de nuevo a obtener los recursos necesarios para consumir. En todo caso esa noche quizá tengamos fuerza aún para copular con una hembra, porque el mundo necesita reponer los esclavos que se van muriendo.
Avanzando un poco más en la espiral que distorsiona el efímero paso del mono desnudo por el planeta (como solía denominar Desmond Morris a la especie humana), las grandes potencias luchan por el petróleo enarbolando banderas de libertad en las que ya nadie cree, quedando en definitiva, esclavos de sus propias necesidades de consumo.
Muchos grises podríamos abordar de profundizar en el tema, pero eso nos convertiría en esclavos de las cosas obvias. Sabemos que lo antes dicho no es más que la reiteración de un tema que suele estar diariamente en la agenda del hombre, aunque poco o nada se haga para conseguir evitar la debacle. Nadie puede bajarse de un Fórmula Uno en plena carrera y seguir con vida.






II

 
Opciones de salida de dudosa  aplicación

Sabemos también que  el agua se ha convertido en el principal obstáculo para aumentar la producción, especialmente en algunas áreas como la región andina, Sudamérica y los países subsaharianos.
De acuerdo con los cálculos de la FAO, en 2050 la producción de alimentos tendrá que ser un 70% mayor para poder mantener el ritmo de crecimiento de la población.
El nuevo Director de la FAO, el brasileño José Graziano, afirma que pese a la presión sobre los recursos naturales que supone el creciente número de seres humanos sobre la Tierra, es posible terminar con el hambre con cuatro acciones principales: aplicación de modernas técnicas en la agricultura (muchas ya disponibles), crear una red de seguridad social para la población más vulnerable, recuperar para la agricultura los productos locales, y cambiar los patrones de consumo de los países ricos.
"Si pudiéramos cambiar los patrones de consumo de los países desarrollados, habría comida para todos", comenta. "Desperdiciamos mucha comida en la actualidad, no solo en la producción, sino también en transporte y consumo".
Según Graziano, titulado en Agronomía, Economía Rural y Sociología, mientras en los países ricos desperdician comida, 1.000 millones de personas pasan hambre.
Por su parte el biólogo estadounidense Edward Wilson examina las perspectivas de sobrevivencia de un mundo que, dentro de muy poco, enfrentará el desafío de sostener a siete mil millones de habitantes.
“Es absolutamente crucial controlar desde muy cerca el crecimiento de la población humana.
De hecho, ya estamos superando las expectativas de Naciones Unidas, con unos 9.000 millones calculados para 2043. Deberíamos tratar de frenarnos en los 10.000 millones. Eso sería factible, y las tendencias van en esa dirección, con una baja de las tasas de fertilidad en todos los continentes.
Pero habría que poner más esfuerzos en alejarnos del sometimiento de la mujer, de los nacimientos no deseados y de un crecimiento de la población generalizado.
Sin embargo, aún más importante, deberíamos estar tratando de manera creativa con el asunto del creciente consumo per capita en el mundo”.
En virtud de lo expuesto. ¿Sería desatinado pensar que la superpoblación y el consumismo  nos llevarán algún día a la supresión de los sentimientos que forman parte de la condición humana? ¿Deberá el hombre convertirse en una máquina de calcular cuándo debe dejar fluir sus sentimientos? Los planes de control de natalidad puestos en práctica actualmente… ¿tienen en realidad algo que ver con la sobrevivencia?... ¿son el inicio de un plan global de deshumanización, o ambas cosas van de la mano?


 
 
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