viernes, 28 de octubre de 2011

¿Orientales o uruguayos?


Por Daniel Vidart (*)

 



Hace muchos años abordamos el asunto de los orientales y los uruguayos en compañía de ese brillante y valiente antropólogo que es Renzo Pi Hugarte.( 20 ) En aquella investigación se procuró hacer luces sobre el escenario y los sentimientos de lo oriental , considerado desde el triple punto de vista histórico , antropológico y sociológico.

De tal modo, ateniéndonos a la clasificación de Darcy Ribeiro, consideramos a los " bravos orientales de la gesta artiguista, y de los tiempos anteriores y posteriores a ese conmovedor episodio, como los resultantes somáticos y culturales de la formación de un Pueblo Nuevo, cuya naturaleza era de carácter triétnico.

Cuando se menta lo" oriental ", característico de la Patria Vieja, no hay que olvidar a los indios charrúas, a los indios guaraníes misioneros, a los negros esclavos, libertos o cimarrones, a los criollos hijos de españoles o portugueses cuya actividad sexual, y en consecuencia reproductora, dio lugar al complejo melting pot de genes que caracteriza a todo mestizaje fisiológico y anatómico de gentes tan distintas en genio y figura. El resultado de esta combinación química y no mezcla física valga el símil- fue un variado y por momentos sorprendente muestrario de tipos humanos de distintos pelajes, distintas pigmentaciones, distintas morfologías corporales y, sobre todo, distintas visiones del mundo que, juntas y a menudo revueltas, construyeron un estilo civilizatorio en el cual los procesos de deculturación, aculturación y transculturación hervían en un caldero donde se cocinaba una humanidad en ciernes.
El surgimiento de lo uruguayo
Lo uruguayo nace luego del aluvión inmigratorio, iniciado con el temprano desembarco de los vascos de Iparralde, anterior a la Guerra Grande, seguido por la masiva entrada de gallegos e italianos, luego de aquella larga contienda , y culminado por el arribo de libaneses, eslavos, armenios y judíos que, junto con otros grupos de suizos, ingleses, franceses, alemanes, húngaros, etc.., llegados en distintas épocas, le dieron una nueva fisonomía demótica y cultural a nuestro país. Se transformará, de tal modo, en un Pueblo Transplantado, según la ya citada terminología de Darcy Ribeiro.( 21 )
Hoy por hoy la recuperación volitiva y/o afectiva de lo oriental representa lo terruñero, la profundidad de lo telúrico, el coraje sereno para afrontar las vicisitudes de la vida y el misterio de la muerte, el talante fatalista y el ánimo sufrido, el espíritu de lucha sea cual fuere la adversidad a vencer, la sabiduría popular, la comunidad fraterna del pago o el barrio, la perpetua demanda de libertad aún al precio del libertinaje, el abnegado cumplimiento de los deberes servidores de la patria -, la miel nostálgica de la tradición, la excelencia y autenticidad del pasado que se evoca como un bien perdido.
Así lo resumió Alcides de María en una expresiva cuarteta: Grandes tiempos patriarcales / de las carretas de bueyes / cuando había menos leyes/ y mejores orientales.
Si esta añeja esencia se pudiera resumir en dos personalidades históricas, yo me inclino por las de Artigas y Saravia.
Lo uruguayo en cambio, se encarna en la entonación cultural cosmopolita, la academia del saber, el advenimiento de la modernidad, la convivencia pacífica, la relativización de los dogmas, el modo de ser ciudadano, la organización del Estado, la difusión policlasista de la enseñanza, los valores del trabajo, el partido político estructurado y jerarquizado, el reclamo de seguridad, la prognosis de un futuro mejor, la defensa e ilustración de los derechos humanos, las virtudes del camino del medio (¿siempre grises ?), el encumbramiento de la sociedad civil. Y las figuras simbólicas que lo representaron en el ayer pueden ser las de José Pedro Varela y José Batlle y Ordóñez.
¿Son válidas estas interpretaciones que se calcan las unas a las otras para fundar e ilustrar, siquiera metafóricamente, los valores de nuestra identidad nacional ? ¿Es posible acuñar estereotipos que valgan para todos los integrantes de un pueblo dividido en clase sociales, portador de diversas subculturas, asentado en distintos horizontes geográficos ? Claro que de tanto repetir estos pareceres, que son opinión y no razón, pálpito y no productos del conocimiento científico, el común de las gentes los internaliza y corrobora con las afirmaciones de una ciega afectividad antes que analizarlos a partir de la duda metódica y del libre examen. ¿Pero qué sería de nuestro pueblo sin los mitos fundacionales y las leyendas acerca de su prosapia acrisolada y sus virtudes etnocéntricas ?
Por encima de la subjetividad que pesa sobre estos atardeceres del ayer y amaneceres de hogaño, se superponen los horizontes proféticos del mañana, la dimensión valerosa de la utopía, el empuje popular del "vamo´arriba", el holocausto de los soñadores rebeldes, la simiente indestructible de los que yacen en tumbas sin nombre, el nuevo acento político y social impuesto a la cosmovisión del ethos y a la organización de la polis por el triunfo electoral del Frente Amplio
Quien quiera elegir, que elija. O que permanezca en la asíntota inferior del espíritu, donde reina una indiferente calma, sin enredarse en definiciones comprometidas con el orgullo y honor nacionales. No obstante, quien consciente o inconscientemente, se convierta en una estatua de sal, se rendirá en las situaciones límite ante las actitudes fundamentalistas que, al entregarse al incubo de los dogmas subliminales, apuestan al ser del individuo genérico y no al deber ser de la auténtica persona. Y esto no solamente significa sucumbir ante las tentaciones de la condición posmodera - o sea el " todo vale " - sino desandar el camino que del homínido condujo al humánido. El homínido que llevamos a cuestas es el individuo cuantitativo, el ente numérico cuya suma conforma la población. El humánido que nos dignifica y a menudo nos pervierte, pues se trata de un ser contingente e imperfecto- es la persona, un ser cualitativo portador de valores, un inventor de símbolos, un fabricante de mentefactos y artefactos, o sea de cultura antropológicamente considerada. Es en la persona donde se adquiere la conciencia de la identidad y la sumatoria de identidades conforma el espíritu de la nación. Esta inasible e invisible superestructura, por su parte, en tanto precipitado histórico, varía con el sucederse de las generaciones y los cambios operados en el contexto sociocultural y económico de cada época, espejo y a la vez imagen del tiempo vivido por los integrantes del género humano en general y de la patria uruguaya en particular.

Referencias bibliográficas
(20 ) Daniel Vidart, Renzo Pi Hugarte. El legado de los inmigrantes, t º 2º, Nuestra Tierra, Montevideo, 1969
(21 ) Darcy Ribeiro. Las Américas y la civilización. Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1969


(*) Antropólogo, docente, investigador, ensayista y poeta. Uruguay

Extraído de:/www.bitacora.com.uy
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