viernes, 10 de febrero de 2012

De como y por qué he decidido que
nadie se apropie de mi trabajo

                                                                                                                                   Escriba Medieval

Alguna gente ha afirmado -y otras tomáronlo como cierto- que tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe. Pues que yo prefiero asegurar que tanto va…que al final se llena.
Dígoles entonces, vuesas mercedes, que tal ha acontecido con mi paciencia, que colmada y rebosante de soportar que otros hablen por mi, decidido he que tal peripecia no ocurra más.
Dice Plinio: “…nullum esse librum tam mallum, ut non aliqua parte prodesset”, que en buen romance quiere decir que no hay libro por malo que sea, que no tenga alguna cosa buena.
De ese modo también puedo aseguraros que no hay decisión, por drástica que sea, que no tenga alguna cosa buena. Destos sucedidos emana mi declaración de independencia del sujeto que apropiábase de mi trabajo, y hurgando en los viejos pergaminos que yo tomábame el afán de buscar, firmaba con su nombre.
Pugnaré por continuar relatando para v. m. las tribulaciones de la pequeña y lejana comarca donde un Señor feudal reinaba sobre su pueblo desde un coqueto y antiguo palacio, asentado éste a orillas del Gran Lago Negro.
Provisto de los argumentos para facerlo, tornaré entonces a comentaros brevemente algunas fabladurías que llegado han a mi scriptorium; no porque sea mi oído presto a estas costumbres mas propias de viejas ociosas que de hombres ya cerca del ocaso.
Conocióse poco tiempo ha, que este grossero estilo en que escribo afectó a algunos que hallaron parte dellos en ciertas historias. Por exemplo, dícese que unas gentes de palacio molestáronse porque dimos a pública ágora la noticia que en los primeros días del año fuéronse todos de palacio a causa del calor reinante.
Suplico a quien reciba y relate casos donde esta afirmación sea desmentida, lo haga presto, para evitar que este humilde e ignorado continúe transitando la senda equivocada.
Otros enojáronse porque supe dexir que las damas de la Aldea a Orillas del Gran Lago Negro perdonaban las infidelidades de sus Caballeros por comodidad.
¡Oh! ¡Plugo a mi Señor dispense mi culpa y haga llano el camino hacia su diestra!... ¡Cómo fui capaz…yo…que alarde suelo hacer de mi fablar, en foros, tabernas, y tugurios variopintos (como gusta decir al Escriba Sari de las Almenas), haya sido capaz de no llamar a las cosas por el nombre en que deben ser citadas…! Así como del agujero de la pared sale della el ratón que lo habita, solían salir de las sombras los amantes de la Damas de la Aldea, porque ningún roedor mora en casa dónde no haya queso.
Tenue, temeroso, y cuasi pusilánime fui entonces en no llamar cornudos a quienes corrieron a buscar a sus mujeres dentre los lienzos talares de sus vecinos (asunto que ocurría con más frecuencia, modulada por el grado de deseo que acuciáranles).
Otros ofrecieron pagar todo que pudiera libar en la taberna a cambio de los nombres de los cornudos, pero neguéme a ello porque cada hombre tiene derecho a ponerle pasto y agua a los dromedarios cuando le apetezca. Además… ¡cómo se disfruta saber que saben que uno también lo sabe!...
Otros… que jamás dejan de estar en las intrigas… dijéronme: “ ¿acaso tu condición de Escriba, sumada a tu condición de viejo decrépito, derecho te otorga a lanzar la primera piedra?”
Recuerdo que los vi y dixe: No… pero tampoco ando por ahí presumiendo de mi pene, como hacerlo suelen los cornudos.
También el Abad quiso intimidarme una mañana que sentéme al sol para que el calor ahuyentara de mis ropas los insectos picadores. Miróme se soslayo y dixo: ¡Tú! … ¿acaso no temes al Señor? Coligiendo que se refería al de “arriba”, y no al de palacio al que –menguado su poder- hasta sus pequeños caballitos lo coceaban, respondíle con otra interrogante: ¿no aseveras tú, Abad, que infinita es la capacidad de perdonar que El ostenta?
-Así es- aseguróme el entogado.
-Entonces para qué he de temer si al final igual seré dispensado de toda culpa.
Movió la cabeza el pobre Abad y fuése presto, pues no encontró con qué rebatir mis argumentos.
De tal manera y por lo tanto os digo, que cuando una puerta se cierra otra se abre (aún reconociendo lo cursi de la frase), y que en el tiempo que me reste por existir –que mucho no será para solaz de igual cantidad y poco lamento para dolor de los menos- escribiré mis historias yo mesmo, pues de justicia será que el mérito o demérito sea de quien lo provoca.

Moraleja:
                Si tanto os preocupa que un escriba medieval traduzca un viejo Pergamino, quizá deberíais hacer que la luz de la verdad ilumine tu camino. 
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