viernes, 3 de febrero de 2012

EDITORIAL

Que la acción corresponda
a la palabra y la palabra
a la acción     

                                                                                       
William Shakespeare

-Ser o no ser; he aquí el problema! ¿Qué es mas levantado para el espíritu: sufrir los golpes y dardos de la insultante fortuna, o tomar las armas contra un piélago de calamidades y, haciéndoles frente, acabar con ellas? ¡Morir…dormir, no más! ¡Y pensar que con un sueño damos fin al pesar del corazón y a los mil naturales que constituyen la herencia de la carne! ¡He aquí un término para ser devotamente deseado! ¡Morir….dormir! ¡Dormir…tal vez soñar! ¡Sí, ahí está el obstáculo! Porque es forzoso que nos detenga el considerar qué sueños pueden sobrevenir en aquel sueño de la muerte, cuando nos hayamos liberado del torbellino de la vida. ¡He aquí la reflexión que da existencia tan larga al infortunio! Porque ¿quién soportaría los ultrajes y desdenes del tiempo, la injuria del opresor, la contumelia del soberbio, las congojas del amor desairado, las tardanzas de la justicia, las insolencias del Poder, y las vejaciones que el paciente mérito  recibe el hombre indigno, cuando uno mismo podría procurar reposo con un simple estilete? ¿Quién querría llevar tan duras cargas, gemir y sudar bajo el peso de una vida afanosa, si no fuera por el temor a un algo después de la muerte –esa ignorada región cuyos confines no vuelve a traspasar viajero alguno- temor que confunde nuestra voluntad y nos impulsa a soportar aquellos males que nos afligen antes de lanzarnos a otros que desconocemos? Así, la conciencia hace de todos nosotros unos cobardes; y así, el motivo de la resolución se torna enfermizo bajo los pálidos toques del pensamiento, empresas de grande aliento e importancia, por esta consideración , tuercen su curso y dejan de tener nombre de acción…
Te ruego recites este pasaje tal como lo he declamado yo, con soltura y naturalidad, pues si lo haces a voz en grito, como acostumbran muchos de nuestros actores, valdría más que diera mis versos a que los voceara el pregonero. Guárdate también de aserrar demasiado el aire con la mano. Moderación en todo, pues hasta en medio del mismo torrente, tempestad, y aún podría decir torbellino de tu pasión, debes tener y mostrar aquella templanza que hace suave y galante la expresión. ¡Oh!, me hiere el alma oír a un robusto jayán con su peluca desgarrar una pasión hasta convertirla en jirones, en verdaderos guiñapos, hendiendo los oídos de la gentecilla de la cazuela que –por lo general- es incapaz de apreciar otra cosa que incomprensibles pantomimas y ruido. De buena gana mandaría azotar a ese energúmeno por exagerar a Termagante. ¡Esto es ser más herodista que Herodes!...
No seas tampoco tímido; en esto tu propia discreción debe guiarte. Que la acción corresponda a la palabra y la palabra a la acción, poniendo un especial cuidado en no traspasar los límites de la sencillez de la naturaleza, porque todo lo que a ella se aparta igualmente del propio fin del arte dramático, cuyo objeto, tanto en su origen como en los tiempos que corren, ha sido, y es, servir de espejo a la naturaleza: mostrar a la virtud sus propios rasgos, al vicio su verdadera imagen, y a cada edad y generación su fisonomía y sello característico…

* “Hamlet”. Tragedia escrita entre 1599 y 1601, y aún vigente en 2012.  Acto Tercero Escena primera. El Rey, la Reina, Polonio, Ofelia, Rosencrantz, y Guildenstern.
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