viernes, 3 de febrero de 2012

Leonardo Da Vinci
Tras los pasos de un genio

Ángel Juárez Masares

Elaborar un estudio o una aproximación a la obra y vida de Leonardo Da Vinci, sería abundar sobre lo ya escrito por eruditos y admiradores de uno de los más grandes genios de la humanidad.
Sin embargo hace ya un tiempo, nuestro Amigo Wilson Armas Castro nos obsequió un antiguo volumen titulado: “Leonardo Da Vinci – Tratado de Pintura”, que de pronto se transformó para nosotros en lo que sería La Biblia para los cristianos, el Corán para los musulmanes, o la Torah para los judíos.
Ese libro se mueve como si tuviera vida propia por nuestro taller. Siempre al alcance de la mano, se destaca entre sus pares no solamente por su tamaño y contenido,  sino por el afecto que emana de su procedencia.  Abrirlo y hojearlo en cualquier parte significa tener presente que –pese a las casi cuatro décadas que llevamos en esto de la pintura- cuando nos sentamos frente al caballete nada somos ante tanta grandeza.
Leonardo no dejó sus observaciones en serie sistemática; la organización del Tratado aludido es muy posterior a su muerte, y tiene valor tradicional. Presenta en orden los pensamientos del autor, extrayéndolos del maremágnum  de apuntes de toda especie de asuntos científicos y artísticos que él escribió desde 1489 hasta 1518, generalmente en letra que va de derecha a izquierda, y que hoy se encuentran diseminados principalmente en Italia (Milán, Roma, Florencia), en Francia (París), en Inglaterra (Londres, Windsor, Oxford, Ashburnham Place, Holkham Hall).
Es indispensable ubicar al lector dentro de mas de cinco mil originales olvidados y desparramados en varias bibliotecas, que tratan de las materias más diversas que el genio supo abarcar.
Se cree que el pintor Francesco Melzi, legatario de los dibujos y notas desordenadas, y ejecutor del testamento de Leonardo, no recibió la totalidad de la obra del Maestro.
El capítulo sobre la vida de Leonardo, escrita por Giorgio Vasari, refiere que en 1566 vio los materiales en poder de Melzi, y se sabe que a su muerte sus herederos dispersaron el conjunto, hasta que una buena parte fue adquirida por el escultor Pompeo Leoni, quien muere en 1610 en España, donde se encontraba trabajando para Felipe II en el Monasterio de El Escorial. Leoni seleccionó lo que le pareció mejor y lo encuadernó, formándose así lo que hoy se conoce como Códice Atlántico, el cual junto a otros catorce cuadernos de diferente procedencia fue donado a la Biblioteca Ambrosiana de Milán por su poseedor, el Conde Galeazzo Arconati. Allí quedaron hasta 1796, en que Napoleón Bonaparte ordena su traslado a Francia.
Viene luego la reacción, y al firmarse el Tratado de Paz de 1814, Austria reclama la devolución de las obras de arte confiscadas. El Códice Atlántico volvió a Milán, pero quedaron “olvidados” otros catorce cuadernos que habían sido confiados al Instituto de Francia, donde aún se encuentran.
Otra parte de los originales se hallan en otros repositorios; el mas notable es el conjunto que posee la Biblioteca del Castillo Real de Windsor, adonde se supone que ingresaron mediante compra hecha por el rey Carlos I, quien viajó a España en 1623 como “Príncipe de Gales”, a Don Juan Espinoza, poseedor de uno dos volúmenes del Códice Atlántico vendidos por Leoni.
También posee material de gran interés el Museo Britanico, la Biblioteca Foster del Museo South Kensington, de Londres, la Biblioteca Trivulziana, y la Biblioteca Real de Turín.
Leonardo escribió “sin orden –dice él mismo- en muchas hojas sueltas que he copiado con la esperanza de ponerlas después en orden en su propio lugar, según las materias de que tratan”.
Se supone con fundamento que el esbozo del Tratado –que hoy nos sirve de fuente de información- estuvo en manos de Ludovico Sforza, pues Fray Luca Pacioli di Borgo San Sepolcro habla de él en el año 1498, pero el original se perdió poco después, cuando la invasión de los ejércitos franceses a Milán. En la actualidad solo se conocen dos copias: la primera, existente un tiempo en la Biblioteca Barberini, sirvió para la primera edición que sale a la luz en 1651, muy incompleta, pues solo consta de 365 secciones o parágrafos. La segunda copia, conocida como Códice Urbino, por haber estado en poder de los duques de Urbino, se encuentra hoy en la Biblioteca del Vaticano, y fue la que sirvió para la primera edición que publica Guglielmo Manzi. Sin embargo esta edición tampoco está completa, porque omite 32 parágrafos del Códice Urbino. Es en 1882 cuando aparece en Viena la edición de Heinrich ludwing, en italiano y alemán con el título de: Das Buch der Malerei, cuando los estudiosos tienen a su disposición la totalidad del mencionado Códice.
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