viernes, 9 de marzo de 2012

El cuentito medieval

De como la nobleza despidió el carnaval con una fiesta de disfraces
                                                                                                                                   

Escriba Medieval


El mes de las lluvias había concluido su ciclo. Cumplido que había Februare con su cometido de limpiar y aportar pureza al corazón de los hombres, Martius  se presentaba soleado sobre la pequeña y lejana comarca. Húmedo y aún caluroso, el mes dedicado al dios de la guerra sería trocado en esta época por la continuación de las paganas celebraciones carnavaleras.
Fuese entonces que el Señor feudal organizó un baile de máscaras en los salones de palacio, donde reuniéronse los Nobles y las gentes poderosas. Continuando viejas tradiciones, a la medianoche, Damas y Caballeros deberían quitarse sus antifaces, tras lo cual el Amo otorgaría un premio al mejor atuendo.
Puntualmente a las nueve comenzaron a llegar los carruajes a las puertas de palacio, donde los invitados eran recibidos por lacayos vestidos de librea.
En un estrado levantado a un costado del salón principal, los músicos afinaban sus instrumentos bajo la batuta del gestor cultural del reino, Monic Del Aquila, quien después de varios meses de ocio había aceptado trabajar unas horas (algunos señores que conocían las técnicas musicales, dirían mas tarde que de tanto no hacer nada el hombre no recordaba como tocar un instrumento).
Pese a todo la fiesta comenzó, y las luces pendientes de los techos reflejábanse en la pedrería de los vestidos de las Damas, y en las joyas y brazaletes que adornaban sus cuellos de generosos escotes y sus blanquísimos brazos.
Hombres luciendo camisas ricamente bordadas con arabescos que marcarían para siempre la presencia morisca de 500 años, pavoneábanse de un lado a otro del salón, exhibiendo jubones esponjados. Algunos habían conservado el tahalí cruzado al pecho, pero ausente de la espada.
Naturalmente algunos invitados eran fácilmente identificables, primero por sus anatomías, segundo porque no tenían interés en la sorpresa que significaba quitarse el antifaz, pero sobre todo porque al anonimato les impedía sacar su ego a relucir.
Fue así que la llegada del Abad Charles no fue una novedad para nadie, pues arribó en un carruaje profusamente adornado, del cual descendió acompañado de diez pajes y vestido con una toga púrpura (claro indicio de su ambición por llegar a Cardenal).
Tampoco fue sorpresa el ingreso de Alex Unvago, quien arribó, o dicho de mejor modo, bajó al salón desde una balaustrada pendiendo de una cuerda y luciendo un ajustado traje amarillo (patito) con grandes alas. Pero, ¡oh fatalidad!... una vez más el desgraciado Ícaro fue tocado por la mala suerte pues –si bien esta vez las alas no se derritieron- pasó demasiado cerca de las candelas, y el frágil y combustible material de que estaba confeccionado el objeto de sus desvelos prendióse fuego de manera inmediata.
Saldado que se hubo el incidente, y barrido el protagonista hacia los sótanos de palacio, la fiesta continuó. La llegada del Señor feudal tampoco fue un episodio sorprendente, pues lo hizo ataviado con una pesada armadura, y antes de ingresar, un siervo anunció su presencia leyendo un bando que rezaba: “¡he aquí el guerrero mas valiente que haya pisado jamás estas tierras! ¡El Paladín que jamás desnuda sus armas, porque su lança es la palabra! ¡El que las espadas no le hieren ni le causan muerte. El Señor inmune al oro y la ambición; el hombre al que su cota de malla detiene las mazas (y las masas) y rechaza el vituperio. Quien monta un pequeño caballito, pero que puede desplegar ocultas alas y ser Pegaso si al Amo se le antoja!” (Nótese que sin duda el Bando fue escrito por Alex).
Y así fue arribando a Palacio una multitud de personajes variopintos (con anuencia del Escriba Sari de las Almenas) y la fiesta animóse al extremo que ni molestia fue que algunas Damas mancharan sus vestidos con los restos cenicientos de las alas del Ícaro doblemente desplomado.
El lacayo que a las puertas de palacio esperaba las campanadas  de medianoche, ingresó a la sala con aire de importancia cuando eso hubo acontecido, y golpeando tres veces con su bastón el piso, anunció con voz solemne: ¡Damas y Caballeros que os encontráis en este honorable recinto, llegado que ha la hora de quitaros vuestras máscaras para que acabe la fantasía y comience la realidad!
Grande fue entonces la sorpresa de todos, pues ninguno de los invitados resultó ser quien parecía.
Tras el pomposo atuendo de Cardenal que supuestamente ocultaba al Abad Charles, estaba Sir Ferdinand D´Vors, el encargado de las finanzas de palacio (mas tarde se sabría que el deseo de ser redimido de sus pecados le llevó a adoptar ese disfraz).
Bajo la armadura de guerrero se ocultó por unas horas el Abad, que nada dijo de su elección, pero la aldea toda lo asoció con su delirio de poder.
Dentro de un traje de bufón descubrióse al mozo de Navarra que tarde a tarde leía bandos en la plaza pública contra el Señor feudal. En este caso todos convinieron que era el disfraz más adecuado, y por lo tanto firme aspirante al premio.
También sorprendióse la concurrencia al hallar a Pietro “El Ralo” tras las ropas del Cid Campeador, decisión que –según se supo- era adecuada por su afán de encabezar marchas de Caballería.
Largo –y aburrido- sería enumerar de qué manera la nobleza de la pequeña y lejana comarca sacó a relucir íntimos traumas en la fiesta de marras, pero como no habré de cobrar un solo maravedí por estos relatos, aquí los dejo. Tornaré a mis aposentos superiores para colgar de un gancho ¡mi disfraz de Escriba Medieval!

Moraleja:

                Cuando la gente confía en gente que se viste de otra cosa, puede que descubra con sorpresa… que bajo el traje vive el ser que su deseo esboza.
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