viernes, 9 de marzo de 2012

El navegante y hombre de ciencia Américo Vespucio se formó en la época de los Médicis
Relatos picantes de un florentino, origen del nombre del continente americano





* Cuando arribó a las costas de Venezuela y Brasil descubrió un nuevo mundo jamás imaginado.


* Un geógrafo alemán usó por primera vez el vocablo América, que luego quiso cambiar.



Peter Popham

 
Londres. Cristóbal Colón no sabía adónde iba cuando partió, y cuando volvió no sabía dónde había estado. Pero Américo Vespucio, quien murió un 22 de febrero, hace 500 años, y dio nombre a todo un continente, ¿estaba mejor informado?
Una persona en cuyo honor se bautizó un continente está propensa a suscitar ciertos celos. El matemático y navegante florentino, que cruzó el Atlántico unos años después de Colón, atracó en los actuales Venezuela y Brasil y llegó casi hasta la Patagonia, en el sur, ha recibido numerosos epítetos en el curso del tiempo: mentiroso, falsario, farsante mercader de conservas y mucho más.
Sin embargo, hay poca duda de que fue un gran navegante: un hombre de ciencia educado en el invernadero intelectual de la Florencia de los Médicis, que terminó su carrera con el honroso título de piloto mayor, conferido por el rey de España.
Los relatos de sus aventuras en lo que él fue la primera persona en llamar el nuevo mundo se vendieron por miles. Y a diferencia de Colón, sabía dónde no había estado: en las Indias.
Hijo de un notario que llegó a contar entre su clientela a la élite gobernante de la ciudad, Vespucio nació en 1454, y en su juventud fue cercano a los hombres y mujeres que hicieron de Florencia la flor del Renacimiento. Fue absorbido por la intensa atmósfera académica de la ciudad, donde evolucionaba con rapidez el conocimiento de la geometría, las matemáticas, la filosofía, la medicina, la astronomía y la astrología, y tuvo amistad cercana con un primo de Lorenzo de Médicis.
Los estudios no sólo tenían interés teórico. Con la caída de la dinastía Kan en China y la conversión al islam de los mongoles que gobernaban Persia, la ruta de Marco Polo al extremo oriente quedó bloqueada. Gracias a Marco Polo toda Europa supo de las fabulosas riquezas de Oriente, y ahora los renacentistas de Florencia y otros lugares soñaban con llegar a ellas por mar. El polimatemático Paolo dal Pozzo Toscanelli, contemporáneo florentino de Vespucio, escribió al rey de Portugal en junio de 1474, haciendo danzar ante sus ojos visiones de esas tierras fértiles con toda clase de especias y gemas, de palacios cubiertos de oro sólido, donde florecían la filosofía y la astrología, las artes y las invenciones, e insistiendo en que un paso a Oriente por mar era una certeza. “Envío a vuestra majestad un mapa trazado por mi propia mano (que indica) las islas desde las cuales debe partir el viaje hacia Oriente…”
Desde luego, era una baladronada tremenda: aquellos hombres sabían que la Tierra era redonda, pero apenas si tenían una idea muy remota de lo que yacía al otro lado. Sin embargo, el reto de lo desconocido era irresistible: en 1491, el año anterior a la llegada de Colón a las Indias, Vespucio partió de Florencia a Sevilla. Mientras se mantenía surtiendo víveres a los buques que partían –de ahí el calificativo de mercader de conservas que varios siglos después le endilgó Ralph Waldo Emerson–, se sumergió en mapas, cartas de navegación y especulaciones. Emprendió su primer viaje el 10 de mayo de 1497, contratado como experto en el naciente arte de la navegación.
No era un marino natural. En una carta a Lorenzo de Médicis se quejó de “los riesgos de naufragio, las incontables privaciones físicas, la permanente angustia que aflige nuestros espíritus… éramos presas de un miedo tan terrible que abandonamos toda esperanza de sobrevivir”. Pero cuando las cosas llegaron al límite, en medio de una horrible tempestad, plugo al Todopoderoso mostrarnos el continente, una tierra nueva y un mundo desconocido.
Fueros ésas las palabras que, puestas en letras de molde, galvanizaron a Europa. Vespucio conocía las obras geográficas de Tolomeo y había pasado años inmerso en mapas y especulaciones geográficas. Para él la costa de las modernas Venezuela y Brasil, donde su expedición atracó, nada tenía que ver con las zonas descritas por los exploradores de Oriente. Eran algo mucho más fascinante: un mundo jamás imaginado.
“Sin duda –escribió–, si el paraíso terrenal está en alguna parte de este mundo, calculo que no estará lejos de estas partes.” En su descripción, ese nuevo mundo está hecho de extremos. Por un lado, los pobladores que encuentran viven en un estado de dicha y ensueño: sin más metales que el oro, sin ropa ni signos de envejecimiento; pocas enfermedades, ningún gobierno, religión ni comercio. En una tierra rica en animales y plantas, colores y fragancias, libre de los rigores de la civilización, viven 150 años y rara vez enferman.
Pero al dar vuelta a la moneda es un mundo de demonios. Se devoran unos a otros; el vencedor (se come) al vencido, escribió. “Conozco a un hombre… que tiene la fama de haber devorado más de 300 cadáveres…” Las mujeres son intensamente deseables: “ninguna… entre ellas tiene el pecho caído”, pero también son monstruos y brujas: “…Como son muy lujuriosas, hacen que las partes privadas de sus maridos se hinchen a tal tamaño que aparecen deformes y repulsivos… en consecuencia, muchos pierden sus órganos, que se rompen por descuido, y quedan como eunucos… Cuando (las mujeres) tenían oportunidad de copular con cristianos, impulsadas por su lujuria excesiva, se pervertían”.
La sensacional descripción de Vespucio inspiró un aguafuerte de su primer encuentro con una americana: el explorador y la voluptuosa y muy pálida mujer desnuda se miran con fijeza; ella está en el acto de bajar de una hamaca y caminar en dirección a él. Entre tanto, en un montecillo próximo, otra mujer asa en una hoguera la parte inferior de un cuerpo humano.
La naturaleza salvaje y fantástica de las descripciones de Vespucio plantea la pregunta de hasta dónde son confiables sus observaciones, pero en general todo lo referente a sus aventuras está envuelto en dudas. No sabemos cuántos viajes emprendió; su autoría de algunos de estos relatos es cuestionable, y ni siquiera hay aceptación universal de que haya identificado a Sudamérica como lo que era, un nuevo continente.
Ese honor podría corresponder al hombre que inmortalizó su nombre: un geógrafo alemán llamado Martin Waldseemüller, miembro de una sociedad de científicos aficionados. En la revisión de la geografía mundial publicada por esa sociedad en 1505 se incluyeron algunos de los relatos de Vespucio y un mapamundi que contenía el nuevo continente situado al sur, con el nombre de América, usando por primera vez esa palabra, acuñada en honor de su descubridor, hombre de gran destreza.
Más tarde el geógrafo cambió de opinión sobre los méritos de Vespucio y quiso poner otro nombre al continente, pero para entonces los relatos de sexo y canibalismo del florentino le ha-bían dado fama mundial. Y el nombre se quedó.


© The Independent
Traducción: Jorge Anaya
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