viernes, 16 de marzo de 2012

Hablando de bueyes perdidos

Cuando el soporte en blanco
es el problema

                                                                                                                                     Ángel Juárez Masares


Hace muchos años al inaugurar una exposición en la Casa de la Cultura de Mercedes, coloqué a la entrada de la sala un caballete con una tela en blanco. Recuerdo que esa “instalación” como le llamaríamos ahora, se completaba con una paleta con varios colores ya secos, un pequeño banco, y un recipiente cilíndrico con varios pinceles. En la parte superior del soporte escribí: “he aquí el problema”.
Desde aquel apresurado e inoportuno intento de mostrar pintura han pasado más de 25 años, y quizá 50 exposiciones, pero esas cuatro palabras siguen para mi tan vigentes como aquel día.
Naturalmente cada individuo que cultiva alguna disciplina del arte actúa de acuerdo a su individualidad, y lo complejo de ella sumado a las experiencias de vida; al estudio que haga sobre la rama que haya elegido, y su propia capacidad intelectual, hará que su obra sea o no considerada públicamente. Cada uno adjudicará a esa “consideración” la importancia que su “yo” le asigne, asunto al que –personalmente- estimo que no debe temer ni ocultar, sino que debe manejar en beneficio propio. Si cada tarea de carácter individual que se emprende no  está “tocada” con una buena dosis de estima personal, la evolución se pierde, o por lo menos se diluye. Eso no obsta –sino todo lo contrario- para que la duda esté presente a cada instante. Quizá algunos artistas sean más seguros que otros a la hora de intelectualizar una idea y plasmarla tal como fue concebida, pero en algún momento del proceso ésta aparecerá en mayor o menor medida, ya sea a través de la forma o del color.
Durante milenios, la pintura se movió entre dos caminos o problemas básicos: el seguimiento de los estilos tradicionales, y la protesta contra ellos. En el primero de los casos, estas actitudes se adoptaron en el marco de diferentes contextos históricos que no permitían otra elección. Solo a partir del Renacimiento se convirtió en tema de discusión si se debía seguir esa tradición artística, y hasta qué punto.
Si “Arte” se define como: “Método. Conjunto de reglas para hacer bien una cosa”, romper con los métodos tradicionales implica aceptar esas reglas, so pena de que el resultado de esa ruptura no sea “arte”.
Salteándonos algunos capítulos de la historia del arte, podríamos convenir entonces que la rigurosidad que pongamos en la empresa irá en su beneficio. Recordemos –quizá como caso extremo- que el genio de Da Vinci llegó hasta los huesos (literalmente) para poder pintar la figura humana. Mucho camino se ha recorrido desde “El Hombre de Vitrubio” hasta el “Action Painting” de Jackson Pollock y su expresionismo abstracto. En resumen; retornando al soporte en blanco y las dudas, nos aferramos a la teoría de la rigurosidad como elemento de búsqueda de la perfección, aún a sabiendas de la dificultad de alcanzarla. Sin embargo, la idea de lo supremo como meta nos acercará a la utopía, y la aproximación que podamos conseguir tendrá como “techo”  la capacidad de cada uno.
Por otra parte, la búsqueda de caminos no tradicionales puede llegar a poner en tela de juicio, no solo los métodos, sino los fines del arte. Recordemos que el anticlacismo del arte manierista significó renunciar a los principios de la objetividad y racionalidad, y el orden que de ellos emana. Pero lo mas característico del arte anticlásico es el abandono de la idea que una obra es un todo, indivisible e inamovible. A partir de ahí la obra se compone de elementos diversos, muchas veces heterogéneos, y casi siempre independientes entre sí, contrariamente a la estética tradicional, donde el principio de “cohesión” está en función del resultado final. Una obra no clásica aparece en cambio, como un sistema abierto y sin terminar, como si esa falta de “perfección” fuera atribuible a una diversidad de experiencias o vivencias no dominadas.
Finalmente nos permitimos volver sobre un concepto repetido casi obsesivamente  en estas páginas por quien suscribe, y que consideramos uno de los mayores problemas actuales –por lo menos- en esta parte del mundo: la ausencia de rigor. Suelen verse por estas latitudes muestras de pintores jóvenes –y no tanto- generalmente provenientes de talleres dirigidos por un “maestro”, donde la ansiedad por “mostrar” no supera la mínima autocrítica. Quienes dirigen, enseñan, u orientan este tipo de “talleres”, deberían tener la capacidad de encontrar en cada alumno “esa veta” individual a trabajar. La ausencia de esa exigencia elemental da como resultado exposiciones – de al menos escaso nivel- que son aplaudidas por familiares y amigos en un entorno social que nada tiene que ver con el arte. Mas de una vez hemos asistido a este tipo de eventos, donde –justo es decirlo-muchas veces aparece ahí… en ese extremo del cuadro, un atisbo de talento que debería tomarse como inicio de un camino en la búsqueda de un pintor. Atisbo que la mayoría de las veces se esfuma por la falta de visión de quienes los orientan, pero sobre todo por el halago gratuito y el entorno social a que hacíamos referencia.
Nadie pretende hoy que un pintor llegue hasta los huesos como el gran Leonardo, pero la modernidad nos ha dado elementos técnicos para trabajar con responsabilidad en procura de ser un obrero del arte. Quien frente al caballete o al muro piense que ser pintor es otra cosa, está equivocado.
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