viernes, 18 de mayo de 2012

Hablando de bueyes perdidos
 “ANOCHE TUVE UN SUEÑO…”



Ángel Juárez Masares

…Aunque no se si no calificarlo como una pesadilla. Estaba en un inmenso salón lleno de estantes, o mejor dicho, de esas “góndolas” de supermercado donde uno va, y toma la mercadería que necesita (y también la que no necesita). Era un lugar grande, muy grande. Los pasillos entre escaparates eran tan largos que la vista se perdía en el fondo. Yo era el encargado de ordenar la “mercadería”, pero en este caso no se trataba de alimentos, herramientas, o electrodomésticos. Se trataba de gente.
Cada “sección” tenía un rótulo con el nombre correspondiente: “buenos”, “pusilánimes”, “simples”, “hipócritas”, “sinceros”, “fallutos”… y la vista se perdía a lo largo del recinto. La ventaja de ese trabajo era que –por insalubre- la jornada era de seis horas diarias con treinta minutos para comer. Un gerente sin rostro me había dicho:
-Un montacargas le dejará  “el material” en esta explanada. Usted solo tiene que calificar y llevarlo a la sección que le corresponde-
-¿Y cómo sabré cual es esa sección?- Pregunté, procurando hacer bien el trabajo.
-Porque todos quienes ingresen serán individuos que usted ha conocido a lo largo de su vida.
-¿Y qué garantiza que seré justo al poner cada uno en su lugar? ¿Qué pasa con los afectos? ¿Qué con los rencores? ¿Qué con la indiferencia?
-Ese es su problema… ¡Ah!... y cuando termine guárdese usted mismo en el estante que le corresponda-  dijo el Gerente, poniendo en mis manos una planilla y yéndose por la única puerta.
Afortunadamente el sueño-pesadilla se diluyó en esos recónditos y aún inexplorados senderos de la mente, y no tuve que correr el riesgo de poner gente bajo un rótulo equivocado. Pero sobre todo, evité buscar cuál me hubiera correspondido.
Esta mañana volví temprano a mi taller. Encendí mi Pentium 4 armada de a pedazos y puse ORS Intrumental en Internet; leí los titulares de los diarios, y mate en mano pensé que lamentaría cuando este monitor gigante y obsoleto que pesa como seis kilos cumpliera su vida útil. La música conectada al equipo de audio, y mi perra Canela estirando su vejez sobre la alfombra llena de sol que entra por una ventana, me llenaron de paz. Supe que hoy poseía todo lo que necesitaba. Solo me faltaba saber en qué casillero y bajo qué rótulo debí acurrucarme si el sueño-pesadilla no se hubiese interrumpido.
Sin embargo el onírico episodio aún continúa dando vueltas en mi cabeza. ¿Acaso no es eso lo hacemos diariamente? ¿No estamos calificando y rotulando siempre a la gente que conocemos?...
Fulano es un vago, solemos decir cuando hablamos con otros de un tercero.
¡Qué tipo genial!...manifestamos cuando se trata de alguien que admiramos.
¡Ese loco es una porquería!... se nos escapa a veces, convencidos de que en realidad lo es.
¡Qué mujer laburadora! ¡Qué guacho de mierda! ¡Qué…y qué…! Seguimos, y lo hacemos siempre, todos los días y cada rato.
“Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”, recuerdo ahora que dicen los creyentes.
Hoy tomaré mi sueño-pesadilla como un juego. Mientras haga mis cosas habituales, como preparar algún soporte para pintar; armar un caballete nuevo con la madera que ayer me trajo el carpintero de la otra cuadra, o darle los toques finales al nuevo parrillero que construyo en el fondo de la casa, pensaré en qué casillero y bajo qué rótulo deberé poner mis huesos. Lo haré sin culpa, porque estoy seguro que usted también “etiqueta” a la gente que conoce. De todas maneras creo que no me sentaré bajo el cartel que dice: “hipócritas”.

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