viernes, 28 de septiembre de 2012

Milonga para los últimos fusilados

 

Pena de muerte en Uruguay. Aurelio González y Manuel Páez asesinaron a cinco personas. Hace 110 años fueron condenados a morir en el mismo lugar de sus crímenes: unos ranchos de campaña

 

 
 

Miguel Arregui

 

 
Aurelio González y Manuel Páez, dos gauchos, escucharon de rodillas la sentencia que les releyó el juez Tardáguila y un actuario: serían fusilados en el mismo sitio de sus crímenes. Cuatro balas para cada uno.
Ese domingo 28 de setiembre de 1902 los dos gauchos estaban en el sitio señalado para su muerte, las rústicas serranías del norte de Maldonado, entre torvos soldados y grilletes. Esta vez no serían victimarios sino víctimas de la Ley del Talión; sometidos a rituales que no entenderían jamás y que, en esencia, no les importaban. Si hasta se les hizo "un simulacro de fusilamiento para mayor seguridad, con excelentes resultados", según escribió un periodista. Los rituales de la muerte pueden ser excelentes.
La historia venía del otoño del año anterior, si es que la historia tiene principio.
 
CINCO ASESINATOS. En la noche del martes 7 de mayo de 1901 cuatro hombres tomaron por asalto un casco de estancia, que no era más que un conjunto de ranchos, en el valle de Aiguá, al norte del departamento de Maldonado, un territorio desolado. Los asaltantes no querían testigos. Asesinaron a puñaladas al dueño de casa, el anciano Adolfo Silveira; degollaron a su esposa, Luisa de los Santos; y al niño Irineo Alonso, un peoncito de 10 años, le cortaron la garganta cuando trataba de huir. Antes habían apuñalado a otros dos peones, Pedro Silveira y Olegario Fernández. Después revisaron la casa y excavaron los pisos de tierra con hachas y cuchillos. Solo hallaron unas pocas monedas y, según ciertas lenguas, una caldera repleta de monedas de oro enterrada en un rincón de la vivienda principal.
Adolfo Silveira era dueño de un pedazo de tierra en la zona del arroyo de la Coronilla, que corre entre densos montes de serranías y afloraciones de granito. Era un paisano frugal, analfabeto y poco sociable que hizo fortuna a brazo partido, como tantos otros colonos orientales en las postrimerías del siglo XIX. No confiaba en el papel moneda, que había provocado tantos desastres desde tiempos de Lorenzo Batlle. Cobraba su ganado vacuno en piezas de oro o libras esterlinas, que reconocía por sus formas y dibujos, y que luego enterraba en torno a su rancho, a escondidas de su esposa y sus hijos.
Su avaricia y suspicacia, que eran leyenda, al fin le costaron la vida junto a sus íntimos. Y también lo mató haber confiado, contra todo consejo, en Manuel Páez, un hombre de ascendencia brasileña, alto, fuerte y musculoso, de ojos azules pequeños, un matón reconocido que frecuentaba los ranchos de don Adolfo, y que sabía de la reciente venta de 500 novillos.
El 16 de mayo de 1901, nueve días después que la sangre corriera en el valle de Aiguá, la Policía detuvo en la zona de Castillos, Rocha, a los presuntos culpables. Al cabo de pocos días uno de ellos, Aurelio González, atormentado por el llanto en prisión de uno de sus hermanos, quien no había participado en el asalto, confesó su responsabilidad y narró el crimen. Él, junto a Manuel Páez, "el brasilero", a quien el dueño de casa franqueó la entrada, fueron invitados a cenar con los Silveira y sus peones. Un rato después, cuando llegaron sus cómplices: Isaías González, hermano de Aurelio, y Juan Carlos Cabrera, amigo de Páez, iniciaron el ataque.
Aurelio González dijo que asesinó a puñaladas al viejo Silveira, pero sostuvo que las otras cuatro muertes fueron provocadas esa noche por Páez y su amigo Cabrera.
 
CUATRO SENTENCIAS. Aurelio González era un hombre fuerte y templado hasta la petulancia. Trabajó como peón rural, marinero, se dedicó a la matanza de lobos marinos, fue contrabandista ocasional y, durante la Revolución de 1897, se unió a los rebeldes de Aparicio Saravia junto a su hermano Isaías y a su padre, Marcelo. Sirvieron en la columna de Bernardo Berro y ganaron fama de valientes.
El asunto pasó de las autoridades de Maldonado, un pueblo aletargado que por entonces no tenía más de 4.000 habitantes, a la Justicia Penal de Montevideo. Al fin Páez y González fueron condenados a enfrentar un pelotón de fusilamiento en el mismo lugar de sus crímenes: el rancherío del avaro Silveira. Isaías González, hermano de Aurelio, y Juan Carlos Cabrera, fueron sentenciados a 15 años de prisión.
Manuel Páez, "el brasilero", jamás aceptó su participación en el asunto, y además protegió a Juan Carlos Cabrera, con lo que le salvó la vida. Páez tenía una personalidad sinuosa y se mostraba reconcentrado y silencioso, aunque en ocasiones se quebraba y lloraba. Aurelio González, su antiguo cómplice, siempre seguro de sí y entero, le hacía pullas por su protesta de inocencia. "Páez es un bobo, porque de todas maneras va a morir", le comentó González al sacerdote Lorenzo Pons, capellán de la Cárcel Correccional de Montevideo, en donde los condenados a muerte fueron internados después de la sentencia. El director de esa cárcel era Luis Batlle y Ordóñez, hermano menor de José Pablo Torcuato, entonces un líder ascendente del Partido Colorado que poco después, como Presidente de la República entre 1903 y 1907 y 1911 y 1915, sellaría la historia uruguaya del siglo XX.
Manuel Páez admitió delitos antiguos, de cuando era contrabandista y un matón que se hacía valer con su estatura, su cuchillo y su fusil; pero negó el crimen de Aiguá hasta su muerte. "He sido muy sanguinario, pero no vine a casa de Silveira", aseguró al cura Pons, quien le ofrecía el perdón divino a cambio de decir la verdad.
LA ÚLTIMA MILONGA. En la madrugada del 25 de setiembre de 1902, a más de 16 meses del asalto a la estancia de Adolfo Silveira, Aurelio González y Manuel Páez fueron trasladados desde la cárcel de la calle Miguelete al puerto de Montevideo. Los embarcaron en la cañonera General Rivera, un barquichuelo resistente que fue construido en la Escuela de Artes y Oficios en tiempos de Máximo Santos y paseado por 18 de Julio y la calle Sarandí para su botadura. Veinticinco soldados del 2º Regimiento de Cazadores, un cuerpo de elite, hicieron de escolta.
Diez horas después arribaron a pueblo Ituzaingó, una península desolada que los lugareños preferían llamar Punta del Este. Los acompañaba el cura Lorenzo Pons, capellán de la cárcel y veterano en asuntos de vida y muerte: ya había escoltado a otros 16 hombres hasta el pelotón de fusilamiento. González estaba entero, como siempre, y Páez, al igual que varios soldados e integrantes de la comitiva, desembarcó deshecho por vómitos y náuseas.
En el puertito del Este, que incluía un pretencioso edificio de Aduanas, los reos y sus escoltas fueron recibidos por Juan José Muñoz, jefe político de Maldonado, quien en 1897 había liderado una de las columnas del ejército rebelde de Aparicio Saravia. Dadas las deficiencias del sistema electoral, que dificultaba la representación de las minorías, algunas cuotas de poder se obtenían con las armas en la mano. Todos sabían que aunque el Presidente de la República, Juan Lindolfo Cuestas, fuese del Partido Colorado, Maldonado y otros cinco departamentos eran feudos del Partido Nacional y de Saravia.
Aurelio González y Manuel Páez iniciaron su último viaje, hacia el norte por más de 70 kilómetros, desde la punta del Este hasta el valle del arroyo de la Coronilla, al sur del pueblito Aiguá. Marcharon engrillados sobre un carruaje conducido por Pilar Nocetti, uno de esos "gringos" que arribaron a Uruguay en grandes oleadas en la segunda mitad del siglo XIX. Los rodeaban soldados del 2º de Cazadores, policías, baqueanos, sacerdotes y los infaltables periodistas, quienes montaban caballos, carros y carruajes.
El tránsito fue lastimoso y tenso. Casi toda la población de Maldonado y San Carlos se asomó al paso de la sombría caravana. Los curiosos también se reunían en recodos del camino rural. Muertos en vida no se ven todos los días.
"¡Qué suerte que los van a matar!" era el comentario más común. Para el populacho los crímenes de Páez y González eran imperdonables.
Aurelio González, engrillado junto a Páez a una baranda del carro del italiano pero nunca abatido, se lo tomó para la chacota. Era su última milonga, la fiesta más importante de su corta vida.
-¿Vamos al baile? -invitó varias veces a lo largo del viaje cuando pasaba frente a grupos de curiosos, en especial si había mujeres.
El sábado 27, después de recorrer un largo tramo entre quebradas abruptas, llegaron a los ranchos del valle del arroyo de la Coronilla. Los esperaban centenares de curiosos. González y Páez fueron puestos en "capilla" por 48 horas: aislados en una pobre habitación de paredes de terrón y techo de paja, el comedor en que habían iniciado la matanza casi un año y medio antes.
 
"NO VAYAN A ERRAR". El día de su ejecución los reos se levantaron a las siete de la mañana, comulgaron con devoción y luego desayunaron asado, bebieron caña y fumaron, impávidos, sus cigarros de tabaco Río Novo.
Atravesando las sierras arribó un gran número de paisanos vestidos de domingo aunque era lunes, como para un día de carreras, pues las multitudes gustan de los asuntos de vida y muerte. Aquellos gauchos lucían golillas coloradas, pues Aiguá era territorio del Partido Colorado, pero también había algunas celestes o negras.
El cielo estaba cubierto y hacía frío. Más de dos mil testigos se acomodaban en las laderas, sobre los árboles, en los patios y sobre los techos de los ranchos. Era una milonga silenciosa.
-Me gustaría que lloviera, así hacen un hoyo más grande: porque soy muy largo -había comentado Páez unos días antes, sin asomo de soberbia. Manuel Páez aceptaba su muerte con resignación aunque a desgano, como para confirmar la milonga de Jorge Luis Borges:
Los reos, con sus destinos ya unidos para siempre, fueron sentados en el patio del rancherío en banquillos triangulares hechos de postes de sauce y tablas de pino. Un preso alcahuete, Zenón Martínez, les ató las manos y vendó sus ojos, a pesar del pedido de González de permanecer a cara descubierta.
A las 11 de la mañana del lunes 29 de setiembre de 1902 el pelotón de fusilamiento integrado por ocho soldados se arrimó a cuatro pasos de González y Páez. Silencio absoluto.
González, con el sombrero sobre la nuca y sosteniendo en sus manos una cruz hecha con ramas de sauce, pues el gauchaje es creyente a su manera, sacó pecho ante los tiradores:
-No me vayan a errar, muchachos.
El capitán Julio Canto bajó su sable y el pelotón disparó al unísono sus Remington, fusiles simples y seguros, que entre truenos y resplandores mataron con eficacia absoluta. Cuatro balas para cada uno.
Dos cabos salidos del pelotón remataron a Páez y González con tiros de rifle en la sien.
La multitud de mirones, satisfecha y regocijada, profirió vivas. Lo detuvo el cura Lorenzo Pons, ahora veterano de 18 ejecuciones, quien se los reprochó con dureza. No había nada que festejar. La paisanada guardó silencio y comenzó a retirarse, de a puñados, lentamente. La última milonga de Aurelio González y Manuel Páez, la de la muerte, había terminado. No hubo dramas: lo que quedaba del gaucho solo sobreviviría hasta la próxima guerra civil, la de 1904, y luego sería literatura. No más aire libre y carne gorda.
El cuerpo de Páez fue conducido en carro al cementerio de San Antonio. Entonces llovía, como había deseado el finado para que le hiciesen un pozo más grande y profundo.
Un tío de Aurelio González pidió su cadáver, lo envolvió en un poncho, lo cargó atravesado en un caballo y se lo llevó de regreso a sus pagos.
"No llore, viejo: los orientales no le temen a la muerte"
"Nuestros paisanos no le temen al fusilamiento", repetía el cura Lorenzo Pons. "Entre los 18 reos que he asistido solo he visto un cobarde: Vitalino Vázquez, y ese no era oriental".
El sacerdote Pons, capellán de la Cárcel Correccional -o cárcel de la calle Miguelete, inaugurada en 1888-, sabía de lo que hablaba. Acompañó hasta el fin a 18 reos condenados a muerte por la Justicia uruguaya, entre ellos los últimos fusilados: Aurelio González y Pablo Páez, pasados por las armas al sur de Aiguá el lunes 29 de setiembre de 1902.
Días después de las ejecuciones de González y Páez, el cura habló con un periodista del diario colorado El Día. Se negó a tomar partido por la abolición o no de la pena de muerte, pero afirmó que, "tal como se ejecuta aquí, es completamente inútil: porque no es temida, porque no es ejemplar y porque en su modo de realizarla es bárbara y denigrante". En todo caso, como "ejemplar", prefería la horca, que impresionaba más.
"Los hijos de la campaña, entre los que aparecen algunos grandes criminales, a fuerza de guerrear y oír hablar de guerras, han perdido el temor a las balas", sostuvo. "Y cuando les llega el caso, van al banquillo con la misma despreocupación con que irían a una guerrilla", y muchas veces "altivos, como si fueran a un sacrificio honorable".
Narró el caso de un reo que, cuando era conducido al sitio de su fusilamiento, fue abrazado por un tío anciano que lloraba su suerte. El condenado, con voz firme, le recriminó:
-No llore viejo, que los orientales no le temen a la muerte.
Entonces el tío viejo cambió radicalmente su postura:
-Tienes razón hijo mío; hay que demostrar que uno es hombre.
Días después, erguido y digno, el viejo asistió al fusilamiento de su sobrino.
El cura Pons contó otros casos. "Figueroa, en Santa Lucía, tomó tan en serio su papel de héroe, que al sentarse en el banquillo pidió -y lo que es más raro: obtuvo- que se le dejara dirigir una arenga al público, en la que dijo con lenguaje pintoresco y enérgico que se iba a ver cómo moría un valiente".
Lorenzo Pons se extendió luego sobre el caso de un soldado de Caballería que pasó sus últimas 24 horas de jarana corrida y luego, "al verse en medio del cuadro en que había de acabar sus días, se despedía de sus amigos con tanto entusiasmo como si fuera a sacrificarse por la gloriosa bandera que flameaba a su lado".
Cierta vez un fusilamiento en Nueva Palmira coincidió con unas carreras de caballos. "Hubo música, baile, juego de taba, casi a la vista del reo. Casi en su honor se organizó un asado con cuero y, como era natural, se le mandó el mejor trozo al héroe de la fiesta".
El cura se extendió luego sobre las creencias religiosas del gauchaje y las gentes sencillas. Y contó un caso un tanto extremo de un reo absolutamente convencido de que alcanzaría la salvación eterna: "El célebre bandido Luna, cuando ya estaba sentado en el banquillo, se dirigió a un miembro del Consejo Penitenciario que le había prestado cariñosas atenciones en sus últimas horas de capilla, y le dijo: `Señor, cuando dentro de media hora esté al lado de Dios, tendré muy presentes los servicios que me ha hecho y no dejaré de recomendarlo`".
 
Parsimoniosa decadencia de la pena capital
   La pena de muerte se aplicó en territorio oriental desde la colonización española. La forma generalmente empleada era la horca, y en el caso de delitos militares o políticos, el fusilamiento.
Agustín de la Rosa, gobernador de Montevideo, hizo levantar en torno a 1764 una horca en la actual plaza Constitución, para "afianzar la quietud de la población y atemorizar a la gente inquieta". En ciertos casos, particularmente con los reos de raza blanca, se empleó el "garrote vil": una máquina que apretaba el cuello del reo hasta matarlo. La pena capital fue reconocida en la Constitución de 1830. El Presidente de la República podía conmutarla.
Las ejecuciones, que se hacían por fusilamiento, eran espectáculos públicos. Así, por ejemplo, cuatro personas acusadas de asesinar a un médico fueron fusiladas el 22 de septiembre de 1871 ante miles de espectadores en la actual plaza de los Treinta y Tres Orientales, entonces llamada Artola. El Código de Instrucción Criminal de 1879 determinó que "no podrá ser condenada ninguna mujer", y que la muerte solo podía imponerse por cuatro votos de los cinco miembros del tribunal actuante. La pena fue mantenida en el Código Penal de 1889 aunque estableció limitaciones: no se aplicaría a menores de 21 años ni a mayores de 60, ni a mujeres.
Las ejecuciones fueron reglamentadas en 1895. Se prohibió que fueran presenciadas por más de 100 personas, incluidos los invitados de rigor, como periodistas y miembros del Poder Judicial.
Muchos líderes de opinión, desde el cura Dámaso A. Larrañaga en 1831 hasta masones o liberales como Pedro Figari entre 1903 y 1905, y José Batlle y Ordóñez en 1903, durante su primera Presidencia, abogaron por eliminarla.
Al fin fue abolida, no sin debate, por la ley N° 3.238 del 23 de setiembre de 1907, durante la Presidencia de Claudio Williman, y prohibida por la Constitución de 1918 y las cartas siguientes.
 
 
 
Extraído de:  http://www.elpais.com.uy/ 
 
Montevideo hacia 1880. Ejecución pública en la Plaza del Paseo Artola (hoy Plaza de los 33)

Atan al reo a una estaca ( el reo va de sombrero y corbata).

Vendan los ojos del reo mientras los oficiales toman colocación.


Disparo de la oficialidad a corta distancia. El texto que está en las paredes resulta verdaderamente siniestro.
 
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