viernes, 23 de noviembre de 2012

Cuentito medieval


 De cuan efímero es el reconocimiento público, y de cuan perdurable es el olvido                                                                                                                           
                                                                                                                               Escriba Medieval


Amados Cofrades: sin dudas no será ésta la historia de un solo individuo, sino que su vivencia aplicable es a muchos, aún cuando este relato hable de uno.
Ocurre que por estos días el calor comenzó a imperar sobre la pequeña y lejana comarca donde tengo mi humilde morada, y tal suceso amodorra –no solo mi cerebro- sino que también amaina mi avejentado esqueleto. Por tanto –nobles Amigos- ni he de intentar subir al ático de mi scriptorium en busca de antiguos pergaminos, y apelaré entonces al resquicio aún casi sano que asoma en mi memoria para contaros dese hombre que transita por su vida en función de lo que piensen los demás.
Cuando los hombres poseen pequeño carácter, suelen tener la necesidad de compensar sus carencias con el aplauso del vulgo, y para ello no escatiman esfuerzos ni apelan al escrúpulo.
Trátase en este caso de un voceador de bandos que habita en la pequeña aldea a orillas del Gran Lago Negro, pero bien puede la historia trasladarse a otras regiones.
Nuestro hombre pretendía competir todos los días voceando las noticias comarcanas desde un estrado en la plaza pública, y tan obsesionado estaba por ser el primero en hacerlo, que solía incurrir en torpezas deste tamaño:
“!Atención ciudadanos todos….acaba de chocar el carruaje del tahonero con la calesa número cuatro de Palacio!...!El suceso ocurrió a la entrada sur de la aldea, y hay varios muertos!...!Atención ciudadanos todos…acaba de chocar el carruaje…”
Entonces la mujer del tahonero corría desmelenada aullando su dolor por las callejas de la aldea, seguida por la mujer del auriga palaciego que regaba el arroyo con sus lágrimas arrastrando sus hijos colgados de las faldas (que de ahora en más serían huérfanos), y mas atrás corrían los curiosos mas no sea por ver correr la sangre ajena (o por si alguna vez llegaba al río), pero cuando arribaron al lugar del insuceso resultó que tal tragedia no existía, que el tal “choque” era solo un enredo de bridas por un mulo encabritado, y que los tales muertos discutían a grito pelado de quién era la culpa.
Pero no os alarméis, vuesas mercedes, que destos desaguisados nuestro hombre tenía una larga y prodigiosa colección, había recorrido los laberínticos pasillos de palacio llevando papiros de un lado a otro, hasta que un buen día lo agarró “el serrucho”. Luego supo deambular por otros scriptoriums pavoneando su testa vacía (y por lo tanto ayuna de ideas) hasta que logró que alguien le permitiera subirse por un ratito a un pequeño e insignificante estrado público de la aldea, desde donde el pequeño ser pregonaba su “sapiencia” (como hemos visto sin mucho acierto).
Pero según supo este humildísimo escribidor de historias comarcanas, aconteció que un día a nuestro adalid le quitaron el estrado. Viose de pronto el hombre sin saber qué hacer con aquella imagen que estaba seguro había creado, y detúvose en medio la calle de principal, seguro que todos le preguntarían por qué no estaba en el estrado de la plaza como siempre.
¡Oh!... enorme torpeza. Todo el día pasó sin que nadie siquiera le dirigiera la palabra. Al caer la noche, el hombre que voceaba  las noticias ya estaba hundido hasta las rodillas en el polvo de la calle. Al amanecer, solo quedaba fuera del infortunado el torso, y su lengua (antes tan húmeda y veloz), habíase secado dentro de la gran boca impidiéndole –mas no fuera- pedir un poco de agua.
Antes del ocaso quedaba fuera solo su cabeza, confundida entre la tierra del camino y el estiércol de las caballerías.
Cuentan que al día siguiente, una cuadrilla de Palacio llegó temprano y tapó el pequeño pozo por donde había desaparecido.-



Moraleja:
Si pretendéis vivir corriendo tras el aplauso vano, te ocurrirá lo que al vocero  desta rima; cuando ya nada seas para los otros, te habrán de echar algo de tierra por encima.









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