viernes, 9 de noviembre de 2012


El escritor hizo una lectura de su libro más reciente en la Sala Nezahualcóyotl atiborrada

Miles de jóvenes gritaron ¡viva Galeano! y un goya monumental



Muchos, bajo la lluvia, se deleitaron con quien ha dado voz a los indignados.

Cada día debe tener una buena historia que contar y de eso se trata esta noche, inició el autor uruguayo.

El recinto resultó insuficiente y hubo que habilitar las salas contiguas e instalar bocinas.





Mónica Mateos-Vega



Más de 3 mil personas, en su mayoría jóvenes, colmaron ayer la Sala Nezahualcóyotl y los cines del Centro Cultural Universitario (CCU) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) para escuchar al escritor Eduardo Galeano (Montevideo, 1940).

Muchos se quedaron fuera, bajo la lluvia, intentando dar portazo a la sala de conciertos que resultó insuficiente para albergar a los admiradores de quien ha dado voz a los indignados, señalaron algunos de los presentes.

El enojo de quienes no consiguieron un lugar en los recintos se calmó cuando los organizadores del acto les acercaron un par de bocinas para que pudieran escuchar los relatos que llegó a contar el autor uruguayo, quien durante una hora leyó fragmentos de su libro más reciente, Los hijos de los días (Siglo XXI).



Lectura dedicada a López Austin

Eduardo Galeano dedicó la lectura a su amigo Alfredo López Austin, “uno de los que mejor ha sabido penetrar la memoria escondida de nuestra América. Justamente el título de mi libro proviene de algo que escuché en una comunidad maya, una de las fuentes de investigación de Alfredo, ahí les escuché decir ‘nosotros somos los hijos de los días’, refiriéndose a que en la cultura maya el tiempo funda el espacio.

Esa frase me quedó zumbando en la cabeza y resultó ser el título más adecuado para este libro. Puede ser que sea verdad lo que dicen los científicos, que estamos hechos de átomos. Pero a mí un pajarito me contó que estamos hechos de historias. Entonces cada día debe tener alguna buena historia que contar, de eso se trata esta noche.

En las primeras filas se encontraban los muchachos que llegaron por la mañana a formarse para encontrar un buen lugar en el acto que se inició a las 18 horas en punto. Entre ellos Roberto Antonio Cabrera, estudiante en la UNAM del quinto semestre de la carrera de derecho, quien esperó desde las cuatro de la madrugada: “leo a Galeano desde que tenía 10 años; me apasiona su narrativa, tan sencilla y tan mística, dice las cosas tal cual, con un toque de humor, él inventó ese género, la crónica con sentido del humor.

Pero, sobre todo, su escritura representa la de quienes estamos siendo ignorados, la de quienes somos invisibles ante los grandes poderes económicos y políticos; él es la voz de muchos jóvenes a quienes nadie escucha, la voz de quienes somos discriminados: jóvenes, mujeres, indígenas. Y aquí estamos con él los que tenemos años esperando un momento para ser escuchados”.

Roberto contó su historia de admiración por Galeano, con la misma pasión con la que lee las del autor: “un día llegué a Uruguay, llegué al centro de Montevideo, grité a los que pasaban: ‘soy fan de Eduardo Galeano’, hasta que alguien me dijo, ‘ah, Galeano, él va muy seguido al café Brasileiro’. Entonces me senté en ese lugar tres días a esperarlo, hasta que llegó, lo conocí, me firmó mis libros.
 
Voy a ser abogado, constitucionalista, porque quiero especializarme en derechos humanos. Galeano me ha influido: el querer proteger a los débiles.


Contra la humillación

Las más de tres mil narraciones de motivos por los cuales estar esa tarde escuchando a Galeano –recién galardonado con el premio Amalia Solórzano de Cárdenas–, se entrelazaron con las certeras historias del escritor, quien cosechó aplausos cuando habló de los miedos de comunicación; de los primeros emigrados: Adán y Eva; de la derrota de la civilización en Bolivia, cuando se expulsó a la empresa McDonalds; de los herejes Copérnico, Giordano Bruno y Galileo, perdonados muchos siglos después por la Iglesia, justamente cuando se convirtió en santo a quien los condenó.

Cientos de personas alrededor de la palabra de Galeano, escuchando atentos, con la sonrisa pintada en el rostro, sobre todo, con la ironía incrustada en reflexiones acerca de la homosexualidad, del puritanismo, de la doble moral de quienes luchan contra el terrorismo y no buscan a los verdaderos traficantes del miedo.
No faltó el relato acerca del futbol, deporte del que el autor se declaró adicto, pero del que denunció que está también enfermo de racismo.

Luego de 60 minutos, debido a motivos que no puedo ahora explicar, el escritor cerró la noche con la lectura de un texto acerca de Emiliano Zapata y Ernesto Che Guevara, asesinados por negarse a aceptar la humillación como destino. Estalló un ¡viva Galeano!, y un inmenso goya universitario, ofrecido por un público de pie que, no obstante el breve encuentro –como lo calificaron algunos asistentes-, siguió comentando, bajo la pertinaz lluvia, los relatos, las ideas, las certezas, las esperanzas.



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