viernes, 9 de noviembre de 2012


Hablando de Bueyes Perdidos

En memoria del titiritero
                                                                                                                   
                                                                                                                 
Ángel Juárez Masares


“De aldea en aldea/el viento lo lleva/siguiendo el sendero, /su patria es el mundo/ como un vagabundo/ va el titiritero”. Canta Serrat las desventuras de ese Aedo ya casi desaparecido, por lo menos en la forma en que lo conocimos, e inevitablemente viene a la memoria mi primer encuentro con un “titiritero”.
Fue un día cualquiera. La rutina de aquella Escuela Rural se quebró de pronto con la llamada de la Directora a todas las maestras. Quedarnos solos y apretarnos contra las ventanas fue casi simultáneo. Allá, en el camino que bajaba hacia la ruta, y por entre la “ligustrina” que se enredaba en el alambrado, se veía un carro pequeño pintado de rojo, azul, y amarillo. Un hombre cuya edad ahora no puedo precisar estaba apoyado en el portón de entrada mirando hacia el patio de tierra casi blanca.
Las maestras volvieron a sus salones procurando calmar el alboroto, y anunciando que tendríamos una “función de títeres”, claro….siempre y cuando saliéramos al patio interior “ordenadamente y sin correr”.
Entonces todo fue asombro y codazos. Aquel hombre transformó su carro de colores en un escenario fabuloso, y la bruja malvada que se apoderó de los novios aldeanos finalmente recibió su merecido, cuando un hada buena la condenó a comer maíz toda la vida, convertida en un gansa.
Nunca sabré si aquel titiritero se llevó alguna moneda de aquella Escuela donde no llegaban ni los lápices “del Gobierno” (como solía decir mi Padre). Acaso las maestras reunieron algunas de sus propios bolsillos, o simplemente armó su función porque quiso hacerlo.
“Y al caer la noche/en el viejo coche/guardará los chismes, /y tal como vino/sigue su camino/

solitario y triste/.”
Quienes se han dedicado a buscar el origen de los títeres, dicen que en tumbas egipcias se han encontrado figuras articuladas que podían ser utilizadas para contar historias. Otros ubicaron trazas de ellos en Grecia, y aseguran que en China los muñecos eran tan grandes que debían ser movidos por tres “titiriteros”.
Pero hoy no tengo ganas de averiguar su origen. Siento que hacerlo sería asesinar la fantasía; sacarle impúdicamente la ropa a la bruja para ver el sin sentido de su esqueleto de falanges y metacarpios. Prefiero imaginar que el primer titiritero fue aquel niño cavernícola que un día levantó un hueso en cada mano y los enfrentó en combate, como había visto hacerlo a los hombres cuando contaban con gestos sus aventuras de cacería.
Hoy quiero quedarme con el recuerdo de aquel hombre que esperó pacientemente el permiso para regalarnos un cacho de fantasía. Con el de Jaime Parés, quien le puso la llama de su espíritu a sus “muñecos” y a sus “sombras”, y con el de tantos hombres anónimos que arrastraron sus carros coloridos cual cometas de luz entre la gurisada del pobrerío.
Para su memoria mi respeto. 



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El Titiritero

“De aldea en aldea

el viento lo lleva
siguiendo el sendero,
su patria es el mundo,
como un vagabundo
va el titiritero.

Viene de muy lejos,
cruzando los viejos
caminos de piedra.
Es de aquella raza
que de plaza en plaza,
nos canta su pena.

¡Allez hop!
¡Titiritero, allez hop!
de feria en feria.
Siempre risueño,
canta sus sueños
y sus miserias.

Vacía su alforja
de sueños que forja
en su andar tan largo.
Nos baja una estrella
que borra la huella
de un recuerdo amargo.

Canta su romanza
al son de una danza
híbrida y extraña,
para que el aldeano
le llene la mano
con lo poco que haya.

Y al caer la noche
en el viejo coche
guardará los chismes,
y tal como vino
sigue su camino
solitario y triste.

Y quizá mañana,
por esa ventana
que muestra el sendero
nos llegue su queja
mientras que se aleja
el titiritero. 


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