viernes, 8 de febrero de 2013


Cuentito medieval
De como los hombres buscaron en las supersticiones dar razón y sustento a todo lo que para ellos resultara desconocido

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Amados Cofrades: atormentada por el deseo de escrutar el pasado, descubrir lo desconocido, y hurgar en el futuro; pesarosa de lo limitado de sus conocimientos para entender su propia existencia, y sobre todo deseosa por saber qué hay mas allá della, la humanidad se las ha ingeniado para interrogar el universo en busca de una respuesta.
Fue entonces que el hombre hurgó en las entrañas del carnero, cocinó en grandes calderos los corazones de cientos de alimañas, e inventó las prácticas de adivinación mas insólitas que imaginarse pueda.
Tan vasto ha sido el campo abarcado en estos asuntos, que hoy nos detendremos solo en uno dellos: los astros y su relación con el destino de los hombres.
Recordad que casi todas las historias cosmogónicas dividen el universo en dos grandes regiones : una entregada a la humanidad, y la otra reservada a la divinidad, espíritus, y héroes que interactúan entrambas.  De esta supuesta relación nació la astrología, que erigió en doctrinas las hipótesis más arbitrarias. Que la adivinación por medio de los astros ha sido históricamente explotada por charlatanes, no es novedad para nadie, pero no es menos cierto que para la mayor parte de los seres humanos fue una ciencia respetada. Los adivinos decían que el porvenir del hombre se escribía en el cielo cuando éste venía al mundo, y que por esa razón para conocer la longevidad, las virtudes, pasiones, y enfermedades de cada uno, bastaba formular un “horóscopo”.
La astrología, o arte caldaico, data de la época caldea, y los sacerdotes fueron los primeros intérpretes en tiempos donde la astrología se confundía con las teorías religiosas. Los doce signos estaban regidos por otros tantos dioses, y cada mes formaba tres décadas, sobre las cuales reinaba una estrella llamada “dios consejero”.
En los primeros tiempos del cristianismo los fieles fueron puestos en guardia contra las temeridades de la astrología, pero tras la invasión de los árabes los astrólogos se esparcieron de nuevo hasta los pueblos cristianos.
Curioso es además, el vínculo que los hombres otorgan –aún hoy en este año de 1513- a ciertos objetos materiales con la cosa divina. Los pueblos helénicos cultivaban la “ciencia de las influencias”, a tal punto que –en caso de enfermedad- los griegos colgábanse del cuello diversos objetos “hechizados” compuestos de vegetales o minerales recogidos bajo ciertas constelaciones. Ellos suponían –como los egipcios- que la propiedad de los cuerpos resultaba, no de su naturaleza propia, sino de la reacción que existía entre ellos y las influencias siderales.
El trueno y el arco iris eran considerados  como señales precursoras de batallas. Las formas dibujadas por los rayos y relámpagos eran estudiadas cuidadosamente por los “arúspices”, así como el número de truenos y los lugares “heridos” por el fuego del cielo. La casa, árbol, o el suelo tocado por la chispa se convertían en lugares sagrados, y un cercado dispuesto en torno impedía que el sitio fuera profanado.
Las Damas romanas creían en los astrólogos como si su palabra proviniese de la propia divinidad; las grandes familias patricias tenían profetas a sueldo, que convivían con músicos y bufones, de manera que las artes adivinatorias formaban parte del diario vivir.
La teoría de las influencias tenían como base al sol como elemento benéfico, Saturno como signo de tristeza y frialdad, la Luna como melancolía, y ligada además a la lluvia, Marte como ardor y sequía, y Mercurio como signo de la inconstancia.
Poco pudieron hacer los hombres de ciencia por desarraigar las costumbres legadas por el paganismo. Antiguos autores aseguran que la aeromancia siguió siendo popular durante mucho tiempo, y que se interrogaba la buena ventura a los vientos, las nubes, los rayos del sol poniente, y los resplandores de la aurora.
Finalmente –Amados y pacientes Cofrades- os recuerdo que el hombre –no contento con buscar en las regiones celestes sus inciertos destinos- ha hurgado en el interior de si mismo procurando descubrir alguna revelación que establezca una relación directa entre los mortales y los dioses, y allí aparece el sueño, donde el alma se desprende del cuerpo y se lanza a la conquista del ideal y lo infinito, pero eso…es otra historia.
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