viernes, 8 de febrero de 2013

Parra merece el Nobel, pero no se lo darán...


Paula Escobar Chavarría



La música clásica se escucha desde afuera. Son las dos de la tarde en New Haven. Cerca de la calle Whitney, en uno de los más bonitos y tradicionales barrios de esta ciudad -sede de la Universidad de Yale-, vive una leyenda de la crítica literaria, Harold Bloom. Se para con su bastón, le cuesta caminar a sus 82 años, y se sienta de nuevo en su lugar favorito, la cabecera de la mesa de comedor, llena de libros, cartas y hojas amarillas de bloc, donde anota sus clases, los poemas que les dará a leer a sus alumnos, y su agenda, que maneja con celo. Nacido en Nueva York y criado en el Bronx, Harold Bloom ha tenido una influencia inusitada en la escena literaria. Ha publicado más de 20 libros, traducidos a más de 40 idiomas, entre ellos ‘La ansiedad de la influencia’, ‘La anatomía de la influencia’ y ‘Shakespeare: La invención de lo humano’. A través de su libro ‘El canon occidental’, ha sido figura clave en decidir quién está en el Olimpo literario mundial y quién no. Ganador de la beca para “genios”, Mac Arthur Fellowship, en 1985, es Sterling Memorial Professor de la U. de Yale hace 57 años. ¿Volvería a escoger a los mismos latinoamericanos de nuevo en el canon occidental? No. No. Fue arbitrario. Yo quería escoger a dos autores latinoamericanos escribiendo en español, profundamente influenciados por Walt Whitman. Si tuviera que hacerlo de nuevo ahora, probablemente incluiría a César Vallejo, que pienso que es un mejor poeta que Neruda. Neruda, en sus mejores momentos, es remarcable. Y Borges es un caso muy especial. Sus mejores trabajos no fueron poemas. ¿Cuáles fueron? Esos extraños cuentos, que, a pesar de eso, los encuentro un poco repetitivos. Siguen un cierto modelo. Él fue un escritor derivativo. Y tuvo la brillantez de ocultar eso enfatizándolo. ¿Y qué pasa con Neruda? Lo volvería a poner en el canon? En su mejor momento, realmente evoca a Whitman. Pero es infrecuente. Es infrecuente... Vallejo es un poeta más interesante. ¿Conoció a Neruda? No, no. ¿Cómo lo descubrió? ¿Después del Nobel? No, ya lo estaba leyendo. Tenía varios amigos que lo leían, incluyendo a uno que lo tradujo. Así lo conocí. Y aparte de Vallejo, ¿algún otro escritor latinoamericano que incluiría en el canon? Probablemente Gabriela Mistral. Tiene autenticidad, porque es sombría... lo que es muy bonito. Octavio Paz es probablemente un mejor poeta que todos ellos. Paz, en sus mejores momentos, es remarcable. ¿Se conocieron bien? Sí, nos conocimos bastante. Poeta remarcable, hombre muy extraño. Tenía ideas muy raras. ¿Cómo cuáles? Creía en el yoga tántrico. ¿Cómo lo supo usted? Él me lo dijo! ¿En serio? Claro. Se había casado con una señora de la India, y decidió... me ruboriza decir esto, estoy muy viejo -sonríe -. Él pensaba que sus ideas sobre yoga tántrico podrían liberar su sexualidad. Muy extraño. Muy mesiánico. Ciertamente un maravilloso poeta. Su libro, ‘Sor Juana Inés de la Cruz’, es maravilloso. Probablemente lo mejor que escribió. ¿Cuál cree usted que es la contribución de la literatura latinoamericana? ¿Qué piensa, por ejemplo, del realismo mágico? Al novelista mexicano Juan Rulfo lo encuentro mucho más interesante que el tardío García Márquez o Cortázar (pronuncia bien el español). Rulfo era muy interesante. Pero el realismo mágico es un disparate. La idea es tonta. Es la descripción del futuro de la fantasía, que pasa a través de todas las edades y religiones. No fue bueno. ¿Por qué cree que fue tan exitoso como tendencia en Estados Unidos y Europa? Las modas suben y bajan... de la misma manera que los vestidos y faldas de las mujeres suben y bajan... No significa nada. En una perspectiva más larga no importa. Pero hizo una gran diferencia en los escritores latinoamericanos que fueron catalogados dentro de esta tendencia. Claro, ciertamente les ayudó a tener una audiencia. Hablemos de Nicanor Parra, a quien usted ha elogiado. ¿Por qué le gusta? Bueno, no son antipoemas, como dicen, son poemas. Son meditaciones, a veces alegres, pero frecuentemente muy plañideras y tristes. Y él tiene mucho autoconocimiento, conoce sus propias limitaciones. Ha tenido muchas experiencias de vida. ¿Usted conoce a Parra? No, no. Hemos hablado por teléfono y cartas. ¿Cree que Parra merece el premio Nobel? No se lo darán, porque Mistral y Neruda lo tuvieron. No creo que premien a un tercer poeta chileno. Pero sí, él se lo merece. Su poesía es vibrante e interesante. Pero dudo que se lo den. Tiene una tradición muy distinta a la de Neruda y de Walt Whitman. Hay un toque de Walt Whitman. Él me ha dicho que está muy interesado en Whitman... supongo que tradiciones francesas como el surrealismo y el dadá tienen algo que ver con sus inicios. ¿Cómo se siente ser el más influyente y controvertido crítico de nuestro tiempo, según The New York Times? ¡No sé de quién estás hablando! Debe ser una enorme responsabilidad... ¡Es ridículo!, es como si yo te dijera: ¿cómo te sientes ser tú? ¡Es solo tu vida! Pero el The New York Times... ¿Y a quién le importa lo que dicen? Pasados los 80, ya no te preocupas de esas cosas. ¿Para qué? ¿Cómo ha vivido al ser la voz que decide quién tiene valor literario o no? Nadie puede hacer eso. El valor literario nunca es establecido por un crítico particular o un grupo de críticos. El valor literario se establece por generaciones de poetas, novelistas y dramaturgos que han tenido que luchar contra la influencia de escritores particulares, una influencia que consideran ineludible. Y haciendo eso, establecen su valor. Realmente no importa lo que dices de ellos. Pero usted ha sido un crítico muy influyente. La única influencia que he tratado de tener o que realmente he tenido es que este es mi año número 57 como profesor. Desde que estuve enfermo, hace cuatro años, ya no doy charlas ni conferencias. Solo enseño a este grupo de 12 jóvenes seleccionados. Vienen aquí uno a uno, o en grupos. Eso es lo único que importa, la influencia en el futuro, pero es impalpable, no se puede saber realmente. Usted ha vivido dedicado a la literatura. Si volviera atrás, ¿haría lo mismo? ¿Te refieres a la misma profesión? Creo que yo, claramente, iba a ser un profesor. ¿Cuánto ha cambiado usted como profesor? Cuando empecé, antes de operaciones de todo tipo, al corazón y otros desastres, hablaba mucho en clases. No podía dejar de hablar. Sentía que tenía tanto que decir... Me tomó muchos años aprender a quedarme callado y escuchar. Ya no tengo esa energía tampoco. Hablo lo menos posible y los estimulo a que hablen ellos. Creo que solo en los últimos años me he transformado en un buen profesor. Conozco mucho las materias de las que hablo, y sobre todo estoy interesado en mis alumnos, quiero verlos convertirse en sí mismos. No tengo nietos. No tendré nietos. Y algunos de mis alumnos se convertirán en nietos. Quizás debiera haber dejado de enseñar, pero no quiero. Cuando viene el mal tiempo, lo más frecuente es que la clase sea en esta casa. No es fácil. Esta es una versión editada de la entrevista, la versión completa está disponible en nuestro sitio web. Hoja de Vida Es el crítico más importante del mundo; tiene 82 años y ha sido clave en decidir quién está y quién no en el Olimpo. Da clases en Yale y cree que Vallejo es mejor poeta que Neruda. “No tengo ninguna ilusión sobre lo que escribo. Desaparecerá. En 50 años nadie sabrá quién fui”. “Yo no tengo sabiduría. No sé dónde está la sabiduría. Es decir, sé donde la puedes encontrar. La puedes encontrar en Shakespeare”.


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