sábado, 23 de febrero de 2013

Cuentito medieval



Del pacto que acordamos facer con el Abad, con quien nos encontramos en la taberna para fablar de la razón del hombre sobre la tierra, y los temores de la industria celestial


                                                                                                                                   Escriba Medieval


Amados Cofrades: debo confesaros –en honor a vuestra gentileza demostrada con este anciano escribidor de historias- que algunas noches el humilde abandona su morada para beber una copa de hidromiel en alguna taberna, desas que existen en los confines de la aldea. Facer tales incursiones trae por añadidura la posibilidad d´encontrar personajes variopintos que luego acaso sean pretexto y protagonistas de una historia para contaros, y eso  aconteció noches pasadas, cuando en penumbroso rincón vide al Abad bebiendo en solitario.

Tratábase de un lugar donde la plebe se reúne para sentirse como entre iguales, es decir: siervos, campesinos, y palafreneros están allí en un mismo estadío, lejos de los alcahuetes de la Nobleza y los propietarios del Poder, y sólo diferenciados entre sí por las monedas que porten en sus talegos, qu´en definitiva es lo único que a los hombres diferencia cuando se juntan, pues en lecho de enfermos y en letrina no hay oro que los haga diferentes.
Verdad es –y vuesas mercedes bien lo saben- que la antipatía entre el Abad y este Escriba es mutua, mas no perdáis de vista que tal industria no impide que en ocasiones fablemos y argumentemos sobre nuestras diferencias. No facerlo sería incurrir en necedad, asunto que entrambos no tiene lugar ni cabida.
Fuese entonces que ni bien lo vide arrimé un banco a su mesa y pedí al mesonero una copa de hidromiel, como para igualar con la qu´el religioso esgrimía entre su manos –según él- pródigas en bendiciones, según mi opinión, inútiles instrumentos del ocio mas indigno.
Retirados del bullicio de los mozos que bebían en torno a una gran mesa, donde procuraban comprobar la consistencia de las nalgas de algunas mujeres que reían esquivando de mentira las palmadas, vímonos las caras con el Abad, quien inquirióme de inmediato:
-¿Qué facéis vos aquí y ahora, poniendo tus manos arrugadas y sucias de tinta sobre ésta, mi mesa, mas allá de ser éste un argumento ocasional?-
-Pondrélas donde quiera, puesto que son herramientas de facer la vida –respondíle- mas las de vosotros solo sirven para escribir las bulas que no sacarán al pecador de los infiernos, ni para salvallo de la justicia divina que con tanto ahínco predicáis-
-Adviértote, incrédulo Escriba, que soy sólo un siervo de Jesu Cristo y que fablo a través de los profetas y los sanctos que ficieron de la iglesia el único instrumento para la salvación de los hombres-
-No olvidéis, Abad, que según las scripturas, Jesu Cristo expulsó a mercaderes de su templo, ese que después de Pedro transformaron en centro de Poder para dominar a las gentes por el miedo, y qu´estas cuestiones nada tienen que ver con las leyes que los hombres se imponen cuando de vivir en muchedumbre se trata, pues ellas son necesarias para que vivan sin confusión ni ofensa unos de otros, y si así no aconteciese no podríamos llamar casa al lugar donde mora la familia; aldea al lugar donde existan muchas casas, ni reino al sitio donde exista multitud de aldeas. Mas vuestras leyes pretenden instalar el miedo para que los hombres no se rebelen ante las injusticias, so pretexto divinas, pero en realidad, mas terrenales qu´esta mesa sobre las que apoyamos nuestros codos-
-Debo suponer, Escriba con pretensiones de bachiller, que conoces la elegancia del verbo de Sócrates cuando le dijo a Platón que el ánima humana está puesta en el cuerpo como en fortaleza; que no es lícito partir de ella sin licencia del Capitán, y que tampoco podemos morar en ella mas tiempo que el mandado por quien en ella nos la puso-
Y fablando sobre destos asuntos las candelas del mesón fuéronse apagando. Algunos mozos durmiéronse embriagados sobre la gran mesa, y otros perdiéronse en los aposentos interiores donde las mujeres cambiarían una noche de amor por seis maravedíes.
El Abad y yo escanciamos un poco mas de licor en nuestras copas y, sabiendo que jamás nos pondríamos de acuerdo ficimos un pacto terrenal sobre nuestras diferencias celestiales. El no trataría de convencerme de las bondades de perseguir el paraíso a costas de sufrir penitencias en la tierra, y yo no permitiría que arrojara sobre mi alma pecados que no hubiere cometido.
Las sombras cubrían por completo las calles de la Aldea cuando abandonamos el mesón. Nos fuimos abrazados sosteniéndonos el otro al uno, de manera que ante cualquier mirada trasnochada éramos dos siluetas caminando a tropezones por el medio del arroyo. Íbamos ambos cantando juglarías y espantando los perros que hurgaban la basura en las esquinas. Marchábamos igualados por la sabia oscuridad, que borraba y desaparecía nuestras diferencias filosóficas, y hermanados por las copas de hidromiel con canela y romero donde ahora nuestras convicciones nadaban torpemente tratando de salvarse.
El Abad y yo, agitando por las calles estercoladas el ánima que habita nuestros cuerpos; él riéndose de mi incredulidad, yo deseando orinar la puerta de la casa de Sant Pedro.
El Abad y yo cómplices de un pacto.
El Abad y yo, sin saber nada.
El Abad y yo, desorientados.
El Abad y yo…hombres al fin.




Moraleja:
                Tan inmenso es el misterio de la vida y más lejano aún el de la muerte, que no habrá existencia que dure suficiente para encontrar respuestas desta suerte.








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