sábado, 10 de agosto de 2013

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Literatura y profecía

Hubo un tiempo en que el lector medio leía una novela buscando una moraleja, y por ingenuo que pudiera parecer, era un propósito muchísimo menos ingenuo que algunos de los objetivos más limitados que tiene ahora.


Flannery O`Connor

Hoy se considera que las novelas tratan exclusivamente de las fuerzas sociales, económicas o psicológicas -que obligatoriamente han de mostrar-, o bien de esos detalles de la vida cotidiana que para el buen novelista son una manera de alcanzar un fin más profundo.

Hawthorne conocía bien sus problemas y anticipó quizá los nuestros cuando dijo que él no escribía novelas, sino romances. [Un punto de encuentro entre lo imaginario y lo real]. Hoy, muchos lectores y críticos han establecido una especie de ortodoxia para la novela. Exigen un realismo basado en hechos que, más que ampliar, puede limitar a largo plazo el alcance de la novela. Entienden que el único material legítimo de la novela está ligado al movimiento de las fuerzas sociales, a lo típico, y a la fidelidad a las cosas tal como aparecen y suceden en la vida normal. Esto suele ir acompañado de un generoso tratamiento de aquellos aspectos de la existencia que los novelistas victorianos no podían abordar directamente. Es sólo durante los últimos cincuenta o sesenta años cuando los escritores han conseguido una presunta emancipación de la moral victoriana. Ésta era una licencia que abría muchas posibilidades en literatura, pero nunca es bueno para la cultura el día en que una libertad así entendida se acepta como algo general. El escritor carece completamente de derechos, salvo aquellos que se forja dentro de su propia obra. Nos han inundado con tanta literatura deplorable, basada en libertades inmerecidas, o en la noción de que la literatura debe representar lo típico, que las formas más profundas de realismo son cada vez más incomprensibles para el público.

La experiencia del misterio.
Desde el siglo XVIII, el espíritu popular de cada nueva generación ha tendido cada vez más a considerar que los males y los misterios de la vida terminarán por caer ante los avances científicos del hombre, un pensamiento que sigue hoy en pie, a pesar de que ésta es la primera generación que se enfrenta a la extinción total a causa de esos avances. Si el novelista sintoniza con este espíritu, s
i cree que las acciones están predeterminadas por la constitución psíquica o la situación económica o cualquier otro factor determinable, entonces se ocupará sobre todo de la precisa reproducción de las cosas que preocupan más inmediatamente al hombre… Por el contrario, si el escritor cree que nuestra vida es y seguirá siendo esencialmente misteriosa, si nos considera como seres que existen en un orden creado a cuyas leyes respondemos libremente, entonces lo que ve en la superficie será de su interés sólo en la medida en que pueda vivir, a su través, una experiencia del misterio…

En la narrativa americana del siglo XIX hay bastante literatura grotesca que procede de los territorios del oeste y es supuestamente divertida, pero nuestros personajes grotescos actuales, por cómicos que sean, no lo son esencialmente. Parecen llevar una carga invisible; su fanatismo es un reproche, no una mera excentricidad. Creo que surgen de la visión profética propia de cualquier novelista con las preocupaciones que vengo describiendo. Para el novelista, la profecía consiste en ver las cosas próximas en toda la extensión de su significado, y por tanto, en ver cerca las cosas lejanas. El profeta es un realista de distancias, y es éste el realismo que se encuentra en los mejores ejemplos de la literatura grotesca contemporánea.

Los sureños.


Siempre que me preguntan por qué los escritores sureños tenemos debilidad por los monstruos, respondo que es porque todavía somos capaces de reconocerlos. Para poder reconocer un monstruo hay que tener alguna concepción del hombre, y la concepción del hombre que predomina en el sur es todavía teológica en lo esencial… Cuando Walker Percy ganó el Premio Nacional del Libro, los reporteros le preguntaron que por qué había tantos escritores sureños buenos, a lo que contestó: "Porque perdimos la guerra". Con esto no quería decir simplemente que perder una guerra fuese un buen tema. Lo que estaba diciendo era que habíamos tenido nuestra caída. Hemos entrado en el mundo contemporáneo con un conocimiento de las limitaciones humanas grabado a fuego, y con un sentido del misterio que no podría haberse desarrollado en nuestro primigenio estado de inocencia, como no ha terminado de desarrollarse en el resto de nuestro país… En el sur tenemos, por atenuada que sea, una visión de la cara de Moisés mientras pulverizaba a nuestros ídolos. Este saber es lo que diferencia al escritor de Georgia del de Hollywood o Nueva York.
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