sábado, 8 de febrero de 2014

El 2 de febrero pasado se cumplieron 12 años de la muerte de Bernardo  Kordon. Había nacido en el barrio de Almagro en Buenos Aires, en 1915.  Opinaba que "Un escritor tiene que ser como un arquitecto y un ingeniero a la vez, digo, su obra tiene que cumplir una función estética y sensible muy especial". Repasamos su trayectoria mediante un artículo aparecido en El País Cultural en 2002.




Bernardo Kordon (1915-2002)
El escritor vagabundo

Osvaldo Aguirre

LA OBRA DEL ARGENTINO Bernardo Kordon reúne una producción sostenida durante casi cincuenta años y comprende novelas, cuentos, crónicas de viaje y ensayos. La atención hacia este prolífico escritor, cuyo último título apareció hace casi veinte años, se ha reactivado luego de su muerte, ocurrida el 2 de febrero pasado en Santiago de Chile en el más completo abandono (de sus compatriotas, no de los chilenos). A primera vista, por sus dimensiones y aparente heterogeneidad, parece difícil encontrar un punto desde donde iniciar la lectura. Sin embargo, a poco que se inicia el recorrido aparece de manera nítida lo que constituye su eje: la ponderación de la existencia humana, en particular en los cruces entre los mínimos sucesos cotidianos y la exploración de mundos desconocidos.
Kordon nació el 11 de noviembre de 1915, en el barrio de Almagro, en Buenos Aires. En el mismo año el padre había instalado una imprenta. En ese ambiente dio sus primeros pasos y se formó el futuro escritor. "Nacido al lado de la imprenta paterna y criado dentro de ella" recordó en A punto de reventar, "mi vida transcurrió en el enervante olor de la tinta de imprenta. Solamente puedo compararlo con el que expele el suelo reseco recién mojado por la lluvia, y esto lo digo de pura condescendencia hacia la madre tierra. Pues nada es comparable a la tinta de imprenta". Otra circunstancia de la infancia tendría fuerte proyección en su visión del mundo: el espectáculo de los trenes cargueros, que veía pasar en la estación Ramos Mejía y que se convirtieron en emblema de un afán por salir en busca de la aventura.


REALISMO CRITICO. En 1936 apareció su primer volumen de cuentos, La vuelta de Rocha. Brochazos y relatos porteños, pagado con dinero de la madre. "Apenas aparecido el libro" recordó en un reportaje, "tomé un ejemplar y lo abandoné en un tranvía a Lacroze, al azar del lector desconocido, que imaginé proletario y rebelde, lo que me induce a pensar que ya no escribía para mí sino para el otro." Allí se insinuaban al menos dos características sostenidas en el resto de la producción: la atención hacia el ambiente de los marginados (en el relato "Los crotos") y la exploración de zonas fronterizas de Buenos Aires (el Riachuelo, el puerto, el límite con la ciudad de Avellaneda). A instancias del chileno Emilio Kartulovick, periodista y automovilista, comenzó a trabajar más tarde en la revista Sintonía. Allí escribió una historia de los inicios del tango, lo que significaba para él otra puerta de entrada a los suburbios de la ciudad. El periodismo, continuado luego en la revista Leoplán, le sirvió además para concretar por primera vez sus deseos de
conocer mundo: fue a Brasil con el propósito de hacer notas sobre la samba y el candomblé y experimentó una especie de revelación con el descubrimiento de la cultura negra. Y de la literatura, en particular del novelista Graciliano Ramos, a quien luego tradujo al castellano, y de Mario de Andrade, el gran poeta de Macunaíma, con el que hizo amistad. En 1939 viajó por primera vez a Chile y se sintió impactado, en Santiago, por la efervescencia social del momento: "llegaban grupos de sobrevivientes del terremoto de Chillán", contó, "y desfilaban las cotidianas manifestaciones que mantenían al gobierno del Frente Popular". Estas experiencias se convirtieron en material de varias de sus ficciones y de evocaciones autobiográficas. Además, conoció en ese país a quien sería su esposa, Marina López Elgueta.
La aparición de la novela corta Un horizonte de cemento, en 1940, estableció su punto de ruptura. El relato narra en primera persona la historia de un linyera, Juan Tolosa. El procedimiento marca en sí mismo una diferencia clave con el realismo al uso: ya no se trata de mirar a los pobres y bandidos desde afuera, como un espectáculo exótico, sino de asumir la subjetividad de esos personajes de manera tal que "es el propio miserable que nos habla desde el fondo de su noche". Descubría así un mundo virtualmente inexplorado, con conflictos también desconocidos, ya que el personaje de Tolosa aparece como emergente de la crisis económica de los años 30, la llamada Década Infame.
El protagonista de Un horizonte de cemento realiza el ideal de los personajes de Kordon: rompe con el mundo circundante para dedicarse a vagabundear en libertad. Esa es la medida de su valor. "Un linyera es mejor que todos: no usa nada para diferenciarse", se lee. "Es el camino quien lo distingue como el más sufrido y el más hombre." Juan Tolosa deambula sin rumbo y sin establecer lazos, en un recorrido que perfila otro gran personaje de la obra: la ciudad de Buenos Aires.
El libro apareció publicado por la Asociación de Intelectuales, Artistas, Periodistas y Escritores (AIAPE), nucleamiento con inquietudes políticas surgido en los albores de los años 40 y del que Kordon fue impulsor. Otras vertientes de su febril actividad eran el interés por cuestiones sociales y la reflexión sobre las relaciones entre arte y política, que más tarde lo llevarían a acercarse al Partido Comunista. Estas preocupaciones aparecieron formuladas en la novela Muerte en el valle, escrita y publicada en Chile, donde Kordon residió por primera vez entre 1942 y 1943. La historia, al reelaborar los últimos días del periodista Raúl Dell Sendero, plantea los problemas de inserción de los intelectuales en los partidos de izquierda y supone una crítica temprana a la burocracia y las miserias de la actividad política.
El mismo año, de regreso en Buenos Aires, Kordon publicó otra novela ambientada en Chile, Tormenta en otoño. El volumen apareció con el sello de Ediciones Siglo Veinte, que luego tendría un papel importante en la difusión de la obra. El dueño de la empresa, Gregorio Schvartz, era a su vez propietario de Fausto, conocida librería de la calle Corrientes donde el escritor solía pasar las tardes.

UNA VENTANA DONDE RESPIRAR. La novela Reina del Plata significó una nueva investigación de formas narrativas. La historia transcurre en dos partes situadas en 1930 y 1943, fechas marcadas por golpes militares y convulsiones sociales en la historia argentina. La narración pone el foco sucesivamente en cuatro jóvenes que integran una barra de amigos de clase media baja. Entre los protagonistas sobresale la figura de Alberto Fiacini, personaje que había aparecido en un relato anterior, La isla, y que retornar

ía en "Toribio Torres, alias Gardelito", en un movimiento que Kordon imprimió a otros de sus personajes. Con cualidades de actor, Fiacini sueña con triunfar en Hollywood. Sin embargo, en el final de su recorrido accede a una revelación: "El hombre no busca lo triste, lo alegre, lo bueno ni malo" dice: "busca una ventana para respirar, y a veces la encuentra".
A fines de los años 40 Kordon emprendió un nuevo viaje, esta vez a Europa. Permaneció en Francia entre 1949 y 1950, experiencia que maduraría en una de sus mejores novelas, De ahora en adelante. La historia tiene como protagonista a un pintor de vanguardia que cumple el rito de viajar a París y, después de una crisis, decide regresar a Buenos Aires para reencontrar a un amigo de la adolescencia que es su contracara: ha renunciado a sus deseos juveniles para seguir el mandato familiar y convertirse en un viajante de comercio. Al igual que el personaje de su novela, Kordon sintió "el llamado de la ciudad" y volvió a Buenos Aires. En los años 50 nucleó a jóvenes escritores en dos revistas, Todo y Capricornio, que lo tuvieron como director. A mitad de la década se produjeron dos acontecimientos gravitantes en su vida: publicó la nouvelle "Toribio Torres, alias Gardelito", para muchos el texto más logrado de la obra, y realizó su primer viaje a China.
"Toribio Torres, alias Gardelito" apareció en el volumen de relatos Vagabundo en Tombuctú. El protagonista es aquí un joven que imita a los cantantes de tango y aspira a triunfar de esa manera. Enfrentado a la exigencia de trabajar para sostener a una familia sumida en la miseria, elige la salvación individual: escapa con la fantasía de concretar sus sueños. En el aprendizaje de las tretas y los recursos para pelear por la subsistencia, Toribio utiliza su pretendida condición de artista sólo para engañar a los demás: es un cuentero que explota las ambiciones y las necesidades ajenas. Esta actitud, reprobable para una mirada convencional, resulta en cambio positiva para el personaje porque define un ámbito donde puede valorarse: "Frente a él se extendía la calle" se dice, "y en las calles estaban marcados todos los caminos y allí donde regía el azar, él imponía su clase de cuentero". Gardelito es un artista que puede convencer a los otros de lo que se le ocurra; el mundo aparece así como un teatro habitado por artistas malos, que repiten un papel aburrido, mientras él representa la ficción más verosímil. Así, no vacila en traicionar a quienes lo rodean en función de su propio interés; por una cruel paradoja, su final se precipita cuando, por primera vez, se confiesa ante un amigo y dice la verdad.
El volumen incluía otros dos relatos memorables que marcaban una nueva línea dentro de la obra, inesperada para un autor que se proclamaba realista: la exploración del género fantástico. "Un poderoso camión de guerra" --incluido por Rodolfo Walsh en la Antología universal del cuento extraño-- presenta una historia de viaje donde lo maravilloso surge no ya del mundo revelado, como en textos anteriores, sino de un suceso ambiguo e inquietante. En "Hotel Comercio" lo extraño se desata a partir del encuentro de dos personas que por azar deben compartir una pieza en un alojamiento. La sordidez de ambientes y circunstancias, en la "cochina y tediosa lucha por la vida", resulta un espacio donde se instala lo siniestro. Por su complejidad, la extraordinaria intensidad de la escritura y el hecho de precisar las cuestiones que preocupaban al autor desde sus inicios, "Alias Gardelito" se convirtió en el texto más conocido del autor. Su repercusión estuvo dada, en buena parte, por la posterior adaptación al cine que hizo Lautaro Murúa y por el respaldo que le dio Pablo Neruda. La amistad entre Kordon y Neruda sobrevivió a las contingencias de la época, como por ejemplo a la ruptura que se produjo en 1968 en el Partido Comunista argentino y que hizo que Kordon adhiriera, sin desarrollar una militancia activa, al régimen maoísta.


LA CONEXIÓN CHINA. Kordon hizo su primer viaje a China en septiembre de 1957, como parte de una delegación cultural argentina que también integraba, entre otros, el poeta Juan L. Ortiz. En 1962, en una segunda visita, se entrevistó con Mao-Tsé-tung. La experiencia quedó registrada en varios libros que dedicó a comentar aspectos de la cultura y la historia del Lejano Oriente. En ese sentido, no actuó como un propagandista sino, al igual que en otros viajes, como un explorador ávido de conocimientos y aventuras. El interés por lo que aparecía en las antípodas de la cultura occidental remitía además a su apasionada reivindicación de la cultura negra --una rareza entre los intelectuales argentinos-- que lo llevó a interesarse por los cultos africanos y sus expresiones artísticas.


LUCES Y SOMBRAS DE LA GRAN CIUDAD. Toribio Torres tiene además otra impronta: es un provinciano incorporado a Buenos Aires. Esta circunstancia ha sido explotada bajo distintas luces en la obra. El viaje a la capital supone todavía hoy la utopía y la frustración de las clases pobres en la Argentina. En ese sentido, los protagonistas de las historias de Kordon siguen un camino con pocas salidas: la mendicidad, el crimen, la prostitución.
Domingo en el río es tal vez la mejor colección original de cuentos de Kordon. El relato que da título a la serie cuenta una excursión de pobres al balneario de Quilmes. La historia reúne una serie de personajes entre los cuales se destaca un chico huérfano, torturado por el abandono de su madre. El narrador retransmite sin comentarios su percepción de las cosas, determinada por la lectura de Emilio Salgari y la dolorosa soledad que padece. En "Expedición al oeste", el viaje tiene lugar en el tiempo: se trata de una recuperación de la propia infancia y del barrio natal. "Desde entonces", se dice, "fuimos espectadores interesados y absolutamente parciales de todo lo que ocurriese en la calle, territorio densamente poblado de amigos y enemigos (...) Criados en Babilonia, supimos escoger lo mejor: el espectáculo cambiante de la esquina, los pregones y las broncas callejeras. Sólo deseábamos crecer para hacer nuestras todas las calles de la ciudad". El valor de la calle consiste en constituir la primera manifestación de lo desconocido, el lugar donde alienta el llamado de la aventura.
En "Nuestra señora de los gatos", la ciudad aparece observada desde el punto de vista de una vieja empleada doméstica. La mujer alimenta a los gatos de un baldío y encuentra en ese lugar un espacio confortable y protector en comparación con "la selva de cemento donde reinaban y se mataban los hombres"; tanto que en definitiva, después de una retorcida relación con una burguesa, prefiere "exiliarse de los hombres para vivir con los gatos" y se hace mendiga. "La desconocida", en cambio, centra su atención en un matrimonio. La narración avanza a partir de un hecho insignificante: un hombre repara en un tic de su esposa. La conclusión es desoladora: el ámbito más íntimo ha contenido siempre un misterio, y ya no existe revelación posible.
Un mecanismo similar se advierte en un texto posterior, "La última huelga de basureros", donde un percance mínimo, narrado con los estereotipos de la crónica periodística, conduce a una realización del apocalipsis. El absurdo de la vida cotidiana ha sido el tema de otros relatos. Contra la convención, que lo define como aquello que carece de lógica a la luz de lo habitual, Kordon descubre el absurdo en la rutina, en la repetición de gestos y actitudes impuestos, en el sin sentido de las pequeñas cosas. "Los ojos de Celina", ejemplo magistral de cuento breve, lleva a un plano de horror la situación en principio trivial de la madre que resiste a la mujer de su hijo.


LA MEDIDA EXACTA. Kordon enfatizó que su literatura surgía de la "observación directa" del mundo. Pero esa posición no era la de un espectador ni la de un espía: implicaba un diálogo comprometido y un reconocimiento en el otro. "Entonces soy yo mismo", dijo, "multiplicado en las variantes de otras vidas, y esta identificación pluralista me impulsó a escribir para expresarme en otras vidas que también son las mías". En ese marco el cuento resultaba "la medida exacta del contacto fugaz y revelador del rostro que repentinamente vemos iluminarse en la oscuridad de la multitud".
Si en sus inicios el realismo de Kordon se desmarcó del pintoresquismo al proponerse como mezcla de experiencia e imaginación, a partir de mediados de los 60 marcó sus diferencias con el realismo mágico. "Sólo conozco cincuenta años de soledad", decía, al comentar que no le había interesado el famoso libro de Gabriel García Márquez. Con menos ánimo de burla, señalaba imposiciones de mercado: "Los europeos han hecho una especie de reparto de trabajo, mediante el cual el racionalismo es propio de las metrópolis (o sea de Occidente) y nosotros nos caracterizamos por el barroquismo y la fantasía". Por lo demás, continuaba abierto a nuevas lecturas. "Allá por la década del 60 fui a recorrer el norte chileno", contó, "vale decir el desierto más riguroso del mundo, por cierto con particulares singularidades humanas. Para sobrevivir ese largo viaje en increíbles ferrocarriles, llevé varios libros, entre ellos L'homme foudroyé (El hombre fulminado), de Blaise Cendrars, que simplemente me deslumbró. Desde entonces he leído creo que toda, o casi toda, la obra de Cendrars". El escritor suizo era una especie de alma gemela: también se interesó por la cultura negra y por los viajes, en particular al Lejano Oriente.
La influencia de Cendrars puede seguirse en A punto de reventar, donde Kordon hace memoria y reconstruye alguno de sus viajes, en un cuidado desorden cronológico y con intercalación de textos de autores ajenos. Pero el aporte decisivo de este libro fue la nouvelle "Kid Ñandubay", una demostración contundente de su maestría literaria. Aquí Kordon toma a un inmigrante ruso que trata de salir de la pobreza haciéndose boxeador, y compone con él un personaje inolvidable. El relato se inicia con una recreación de personajes y lugares de los años 30, en particular del ambiente de los bajos fondos porteños, con una evocación virtualmente inédita del mundo de los proxenetas y pequeños ladrones, o fiocas y gratarolas, según las voces del lunfardo, que según dice el narrador "son palabras exactas y medidas como los golpes de los buenos boxeadores".
Su último libro, Historias de sobrevivientes, recibió varios premios. Sin embargo, Kordon ya comenzaba a apartarse de los ambientes literarios. En 1998 resolvió abandonar Buenos Aires y radicarse en Santiago de Chile. "Intento escapar de la mishiadura, igual que mis personajes", declaró entonces. A poco de llegar falleció su esposa y fue internado en un geriátrico. "Lo fuimos a visitar con Volodia Teitelboim", relató el escritor chileno Enrique Lafourcade. "Estaba delicadamente presente, con ausencias nada tristes. La edad de la infancia. Una enfermera-mamá-novia y la imaginación que jamás lo abandonó". El pintor que protagoniza De ahora en adelante pensaba que a su muerte "el mundo de su arte continuaría viviendo una aventura más intensa que su vida". Esa afirmación puede extenderse ahora al propio escritor, cuya obra guarda intacta una experiencia de riqueza extraordinaria.



Publicado en El País Cultural, 13/09/02

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