sábado, 7 de febrero de 2015

Últimas conversaciones con Mario Levrero


Mario Levrero falleció el 30 de agosto de 2004. Diez años y medio después, como si aún tuviera algo que decirnos, vuelve en esta entrevista inédita.

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Mario Levrero
En setiembre de 2003, por los tiempos en que escribía la que sería su última obra –la novela corta Burdeos, 1972–, Mario Levrero se propuso la confección de un libro que recibió el nombre provisorio y humorístico “The Mario Levrero’s Writing Guide For Dummies”. Esta “guía de escritura para tontos” recogería los consejos empleados en su taller literario virtual, que orientaba junto a Gabriela Onetto, con quien había compartido y desarrollado esta idea. Con una redacción accesible para un público amplio, el libro comunicaría la poética de su enseñanza y creación literaria. Como su socia vivía en México, el escritor invitó a un alumno montevideano de sus talleres presenciales, Christian Arán, para que lo visitara y grabara sus primeras reflexiones, que serían el punto de partida de un proyecto que nunca cuajaría.
Ante tamaña responsabilidad el joven Arán dudó y durante algunos días permaneció en silencio, hasta que el 16 de setiembre de 2003 (el mismo día en que daba punto final a la escritura de Burdeos, 1972) Mario Levrero le envió este correo electrónico: “Che, apurate con la guía para boludos, no lo pienses tanto, porque tenés que aprovechar mientras estoy en el mundo tridimensional”.
Arán aceptó, pero la tarea se complicó por las fiestas de fin de año. A medida que pasaban las semanas el escritor fue recluyéndose más y más, acosado por la sensación de que su tiempo acababa (incluso llegó a soñar con su epitafio y pidió a la familia que no lo dejaran solo en esa fecha soñada).
Las grabaciones se realizaron en enero y febrero de 2004, pero nunca se transcribieron. “Sentía que era algo de mucha responsabilidad para lo que yo no estaba capacitado”, dice Arán. Mario Levrero falleció el 30 de agosto de 2004. Diez años y medio después, como si aún tuviera algo que decirnos, vuelve en esta entrevista.
¿Por qué te decidiste a impartir un taller, a estimular a otros a la creación?
—Se me ocurrió en Buenos Aires, cuando dejé de trabajar como jefe de redacción de revistas de entretenimientos. Tenía necesidad de ganarme la vida y entre otros recursos se me ocurrió hacer un taller literario. Me asocié con una amiga que era profesora de literatura (Cristina Siscar) y que tenía los títulos como para convocar gente con cierta seriedad. Preparamos unas consignas triviales, tipo taller común, hicimos un poco de publicidad, conseguimos cuatro o cinco alumnos y empezamos a trabajar. Sobre la marcha fui percibiendo el poco significado que tenían esas consignas. No tocaban las cosas esenciales.
¿Cuáles eran esas consignas “tipo taller común”?
—Juegos a partir de la palabra: completar, seguir, imaginar, pero siempre en función de la palabra y no de lo que hay detrás de ella, lo que es la materia prima de la literatura. Entonces se me ocurrió intercalar otras, basadas en experiencias, como relatos que pueden salir a partir de un sueño, y enseguida vi que se obtenían mejores resultados. Los textos eran más ricos y coloridos porque las consignas eran más movilizadoras. Entonces empecé a eliminar las que tenían que ver con la palabra mientras probaba las otras. Todo esto no ocurrió de repente sino que fue un proceso.
¿Qué se logra trabajando a partir de un sueño?
—Los sueños tienen imaginación, están compuestos fundamentalmente de imágenes, y son de los pocos vínculos que tiene alguna gente con el inconsciente, que es el depósito de la experiencia personal más profunda y la materia prima esencial del arte, sea literatura o cualquier otra disciplina artística.
El arte es…
—El arte es hipnosis. Es crear una especie de máquina de hipnotizar a otra persona para trasmitirle vivencias o experiencias anímicas que no se traducen en hechos perceptibles. Escribís una historia y esa historia es como una trampa que mantiene el interés del lector, para que en ese estado vaya bajando los niveles críticos de su conciencia, de modo que empiece a aceptar y a recibir cosas que están implícitas en el texto.
¿Trabajar las consignas a partir de la palabra dificulta el contacto con el mundo interior?
—Se reduce a un juego intelectual, y terminás trabajando con las herramientas del yo. Te perdés así las herramientas del resto del ser, que son mucho más contundentes.
Y cuando recibís el texto de alguien que va a tu taller, ¿cómo hacés para evaluar si ha navegado o no en el inconsciente? ¿Tiene algo que ver con el psicoanálisis?
—No, todo es intuitivo (largo silencio). No sé, vos te das cuenta cuando una persona está hablando con su voz más verdadera, más profunda. Eso da el estilo de la persona. El alumno que viene por primera vez al taller por lo general llega con la idea de escribir como se “debe” escribir. Todo el estilo personal está borrado, eliminado, y lo que recibís del alumno son penosos esfuerzos por meterse en un estilo convencional que él cree es lo mejor, porque lo recibió de distintas fuentes en las que depositó su confianza. En algún momento de su vida esas fuentes confiables le dijeron cómo se debe escribir. Todo esto hay que destruirlo. Hay que conseguir que el alumno pueda expresarse con su propia voz, su propio estilo.
Y ahí entonces hacés una lectura de la estructura del relato, de las condicionantes psíquicas de cada uno…
—No, para nada. Nada de eso.
¿No las mirás, por ejemplo, como si fueran devoluciones de una terapia?
—No, nada que ver. A veces el taller tiene efectos terapéuticos, pero son efectos secundarios no buscados. Yo lo que busco es oír la voz verdadera del alumno. Cuando oigo que se está expresando con el estilo que le calza, que tiene que ver con su manera de ser, con su forma de pensar, de sentir, y que no se parece a nada que yo haya oído, ya está. No me importan los contenidos. El tipo puede tener un contenido marxista de Carlos Marx o de Groucho Marx, no interesa en absoluto. Somos únicos y a mí me interesa que sea él mismo.
¿Y cómo podés convencer a otra persona de que esa es su voz? Lo digo porque a veces, cuando leen en el taller, no parecen notar la diferencia.
—Nadie se da cuenta. Ni siquiera los que escuchan. Tanto cuando lee como cuando escucha, la gente presta mucha atención a los contenidos. Juzga un texto por los contenidos. A veces incluso por los sonidos, por la combinación de palabras. Cuando alguien dice “me gustó mucho tu texto en esta parte” quiere decir que el texto en general no está bien, por eso él destaca algo que sobresalió, algo que salió con una forma especialmente afortunada, y entonces se rescata “al menos” eso. La gente todavía está muy encerrada en los argumentos, a veces en las afortunadas combinaciones de palabras, incluso en las ingeniosidades, que no tienen nada que ver con la literatura. Lo único que importa en la literatura es el estilo. Una vez que se alcanzó eso se puede decir lo que quieras. Lo que pongas va a estar ajustado con lo que estás expresando. Puede ser desagradable, o nada edificante, pero ese sos vos, un ser único. El estilo personal es imposible de alcanzar con oficio, no hay oficio que lo pueda conseguir.
¿Y es a partir del estilo personal que se logra la hipnosis del arte?
—En cierto modo sí, porque… aclaro que esto de la hipnosis del arte no es una idea mía, está sacado de un libro, Psicoanálisis del arte, de Charles Baudouin. Este autor va incluso más allá, dice por ejemplo que cuando mirás un cuadro sus formas obligan a los ojos a hacer un camino preestablecido. Los ojos se mueven y siguen una serie de líneas y colores, y sin que te des cuenta esto comienza a provocarte un pequeño trance. Y en ese trance se comienza a recibir algo que no está en el cuadro sino en el alma del artista. O sea que la hipnosis permite trasmitir el contenido de un alma a otra alma, más allá del tema del cuadro. El tema puede ser un zapato viejo o una vaca pastando, pero cierta combinación de planos, líneas y colores, formada por el estilo personal más la técnica auténtica del autor, te sumerge en un recorrido que provoca un trance. Siguiendo tu pregunta, me parece que si el texto está narrado con el estilo personal, uno entra inevitablemente en ese tipo de trance, que no es el trance habitual de quedarse dormido. Aunque una vez me dormí con unos relatos de Mónica, me dormí y hasta ronqué (risas), pero después pude comentar todos los pasajes. En general no es este tipo de trance.
¿Te transporta, te hace imaginar lo que estás escuchando?
—No. Es una captación especial. El trance se da también cuando leés sin que nadie te hable… A ver, hay una idea contemporánea del trance según la cual cualquier forma de concentración es un trance. Tú estás estudiando y te concentrás. Ahí ya entrás en cierta forma de trance. Pero hay un tipo de trance específicamente artístico, literario, pictórico, que tiene por finalidad suprimir la crítica intelectual. Cuando vos creés que la historia que estás leyendo sucede en la realidad ya estás en trance. La obra atrapa tu atención de tal forma que el autor, no se sabe bien cómo, digamos que bajo cuerda, te trasmite contenidos de su alma que no es posible ver en la obra porque no están ahí, al menos no explícitamente. Lo que vos obtenés de una experiencia artística, ya sea con un cuadro, un libro, etcétera, es algo que no está a la vista. Yo capto mucho de los alumnos a través de sus textos porque estoy tratando de captar al alumno en su totalidad, no en lo que me está diciendo, que no me interesa, sino en una cantidad de pequeñas cosas que forman un todo que es él, el alumno. Sus gestos, su voz, todo. ¿Entendés? A ver, pongamos un ejemplo. A veces soñás con una persona y cuando despertás te das cuenta de que el aspecto que tenía en el sueño no correspondía con la realidad. Aparecía con la cara de otro, o como cualquier otra cosa, pero vos igual sabías que era él y no otro, ¿nunca te pasó eso?
No.
—Hay elementos invisibles, inasibles, de una persona, que son los que componen su ser. Es lo que aparece cuando en un sueño uno dice “este sentimiento es fulano”. Sabés que es él, pero no sabés por qué. La imagen no corresponde, nada corresponde, pero vos igual sabés que es esa persona. Estos elementos intangibles no tienen forma fija de expresión convencional y se captan vía inconsciente en los estados de trance o en los sueños. Es decir, en los estados que no están supervisados por el yo, cuando se ha suspendido la función crítica del intelecto.
El objetivo de tu taller sería que una persona escriba desde su voz interior…
—Claro. Que el alumno sea lo que es.
¿Pero no se necesitan otras cosas? ¿No hay cuestiones técnicas de equilibrio, balance, proporción?
—Todas esas medidas las inventaron los críticos a posteriori. Primero está la obra y después viene el análisis de los recursos, las técnicas y de esto y lo otro… el artista no tiene que pensar en eso. El artista tiene que pensar en lo que siente y en lo que está viendo en su mente, y ponerlo. Eso ya tiene un equilibrio propio, un equilibrio artístico que no se construye con técnicas. A lo mejor puede ocurrir de otro modo en el cine, porque es obra de mucha gente y quizás se diluya un poco esa energía que es el estilo personal. Pero siempre hay algún artista que consigue imponerse.
Entonces esa fuerza que produce la hipnosis del arte, ¿se puede lograr por medios técnicos?
—Evidentemente es posible. Podés conseguir atrapar la atención y lograr una gran concentración del que recibe el mensaje, sea pictórico, literario, por medios exclusivamente técnicos, sin poner en juego nada personal. Hay obras exclusivamente intelectuales que igual te atrapan, te encantan… Pero no sé bien qué queda al final de todo eso. Tiendo a pensar que no queda mucho, al menos no como memoria personal. Son sólo pequeños trances que consiguen captar la atención del lector sin modificarlo interiormente.



Extraído de: http://brecha.com.uy/
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