sábado, 12 de septiembre de 2015


Murió Lincoln Maiztegui Casas


Falleció el profesor de Historia, periodista y escritor Lincoln Maiztegui Casas, a los 73 años como consecuencia de una insuficiencia respiratoria.





Docente desde 1968, fue profesor de historia en Enseñanza Secundaria, el Instituto Normal de Mercedes, de historia contemporánea en la Universidad de Montevideo y de periodismo en la Universidad Católica del Uruguay.
Entre 1976 y 1992 vivió en España, donde escribió en El Noticiero Universal, El Independiente y El País de Madrid, además de trabajar en editoriales y colaborar en la elaboración de varias enciclopedias.
Especializado en historia y temas culturales, en particular música, se destacó por la calidad de su escritura y su opinión frontal y controvertida. Aficionado al ajedrez, fue director de la revista especializada española Jaque; y desde 1995 fue periodista y columnista del diario El Observador.
El periodista Gabriel Pastor, en el diario El Observador realiza una semblanza de Maiztegui que a continuación reproducimos:
Nacido el 11 de agosto de 1942 en Montevideo, en el seno de una familia de clase media, Lincoln se había imaginado desde niño dedicado a la música -su gran vocación-, pero la férrea oposición materna, sumado a sus múltiples inquietudes intelectuales, lo llevaron a desarrollar una intensísima actividad en la docencia y en el periodismo.
Licenciado y profesor de Historia, periodista, escritor y ajedrecista – podría hacer pensar en un hombre del Renacimiento, Lincoln comenzó a trabajar en El Observador en 1995 y en esos 20 años dejó su estela en cada rincón del diario.

Brilló sobremanera su aporte a la monumental Gran Enciclopedia del Uruguay, del 2001, editada por El Observador, considerada la primera obra multidisciplinaria por entradas ordenadas alfabéticamente realizada en el país. Y pudo volcar allí su experiencia de la sección de Historia Americana de la Enciclopedia Universal Grand Larousse.
En los últimos cinco años, los lectores disfrutaron de la alta calidad estilística de Lincoln en sus columnas periódicas y en la clásica contratapa de los sábados, donde se reflejaba toda su sapiencia en analizar el personaje o el hecho de la semana. Textos que escribía con placer y que, según confesó una vez en el programa de radio En Perspectiva, los redactaba "muy rápido y casi en limpio" pese a su obsesión por el buen uso del lenguaje.
La labor periodística, que impone el ritmo de la inmediatez, la combinó con la publicación de más de una docena de libros de Historia en tono de divulgación y de ensayo. Ya es un clásico en una biblioteca su obra Orientales, de cinco tomos, que recoge la historia de Uruguay desde su nacimiento hasta la primera presidencia de Tabaré Vázquez (2005-2010).


También publicó en cuatro tomos "Caudillos y doctores", donde pinta la personalidad y el contexto en que vivieron y gobernaron personalidades que reunían esta característica en la política local. A este libro "hay que recurrir una y otra vez para entender elementos del presente (ya que) el siglo XIX de Maiztegui se despliega como un fresco vivo y sensitivo", dijo en un comentario el periodista Valentín Trujillo.
Lincoln formaba parte de una pléyade de intelectuales de las que quedan muy pocos en el país, y muy seguramente la Historia le reconocerá su gran aporte al debate de ideas desde la década de 1990 hasta el final de sus días, y que obligaba a pensar acerca de los problemas que castigan el progreso.
El último texto de Lincoln, publicado en El Observador del sábado 22, es un ejemplo vivo de la pluma punzante y provocadora que lo caracterizó. Una gran pluma ineludible para las controversias por lo alto porque como dijo una vez el escritor y periodista español Juan José Millas, "no se puede escribir mal y pensar bien".
Esa columna final plantea una profunda reflexión sobre el retraso de América Latina respecto a Europa e incluso en relación a los países del viejo continente en situación de "crisis" como España.
"Hemos quedado retrasados en materia económica, industrial, e incluso cultural, lo que me produce una sensación de fracaso absoluto, porque lo otro tiene una explicación racional y esto no", reflexiona al escribir sobre su experiencia de un recentísimo viaje por el viejo continente.
Lincoln comenzó a despuntar en el periodismo en los últimos años de la década de 1970 en España, país al que llegó en 1976 con la excusa de un campeonato de ajedrez, pero con el propósito último del exilio. En los 15 o 16 años que estuvo en España, trabajó en revistas de Historia y en otras especializadas en ajedrez, y en el diario El País de Madrid. Esa pasión por el ajedrez lo llevó a participar en un exótico torneo que se realizó en la Libia de Muammar Gadafi, sobre el cual escribió uno de sus memorables artículos.
De regreso a Uruguay en los primeros años de la década de 1990, fue un destacado crítico de la sección Vida Cultural del semanario Búsqueda, y tuvo un breve pasaje por la desaparecida revista Posdata. El primer año del siglo XXI lo recibe con el reconocimiento a la cultura del Premio Morosoli de Plata por su aporte al periodismo escrito.
Junto a su profusa labor en la prensa, cumplió una loable tarea como profesor de Historia, otra de las grandes pasiones de su vida desde 1968 cuando empezó a dictar clases, tarea que se extendió aproximadamente hasta 2010. El profesor Lincoln era uno de esos docentes que todo estudiante siempre quisiera tener: erudito, dedicado y excelente comunicador, tres cualidades esenciales de los grandes maestros. Enseñaba en liceos privados de Montevideo con el mismo temperamento pasional y actitud de tolerancia del que brota de sus columnas.
Pese a que hacía cinco años que había dejado las aulas, Lincoln era tan querido por sus estudiantes que en su casa siempre había ex alumnos. "Mi casa está permanentemente llena de muchachos y de ex alumnos", dijo en el programa de Emiliano Cotelo, el 22 de marzo de 2013.
Lincoln era un profesor apasionado y muy interesado en despertar interés en la Historia en sus jóvenes estudiantes. En ese sentido, estaba convencido de que más relevante que explicar los acontecimientos desde la evolución del PIB, era hacer foco en los protagonistas de los hechos. Es por eso que los estudiantes de Lincoln saben quién es Juan Antonio Lavalleja, Fructuoso Rivera o Manuel Oribe.
"La Historia no es más que una entelequia que nos creamos de la interacción de los individuos", le dijo a la periodista Ana Jerozolimski en una entrevista en Montevideo Portal, el 2 de diciembre de 2014.
Sus intereses intelectuales eran tan diversos, que cuando Jerozolimski le preguntó cómo se veía a sí mismo, Lincoln no optó por ninguna de sus vocaciones, sino por todas a la vez. Parafraseando al periodista Miguel Ángel Bastenier, bien podría decirse de que Lincoln es la suma de todo lo que es: profesor, historiador, periodista, escritor, ajedrecista... y melómano. Porque quien hable de Lincoln no puede obviar su vocación por la música y su sensibilidad musical desde que a los cuatro o cinco años se emocionó escuchando en la radio de su casa el tercer movimiento de la Sinfonía Nº 40 en Do Menor de Mozart.
Lincoln estaba convencido de que estaba "dotado naturalmente de una manera superior a la media, (...)" para la música. Y esos dotes los canalizó en guitarreadas con amigos y en convertirse en un sabio de la música clásica y del canto lírico, sin dejar a un lado el compás del dos por cuatro. Conocía mucho sobre Carlos Gardel. Pero también podía hablar una noche entera de Amalia de la Vega y de Bing Crosby.
Lincoln tenía una condición ética admirable y necesaria en un intelectual: todos sabían el punto de vista desde donde analizaba los hechos. Todos sabían dónde colocaba la cámara como aconsejaba el cineasta François Truffaut.
La cámara de Lincoln se ubicaba en las ideas políticas de los "blancos" que a veces él interpretó dentro del Partido Nacional y otras veces afuera y que lo llevaron a militar en tiendas socialistas. Es que la coherencia de Lincoln radicaba justamente en haber tenido una actitud consecuente con sus ideales y no creía que ser coherente significa no cambiar de opinión.
En lo único que no cambió a lo largo de su vida fue en su amor incondicional por el Club Nacional de Fútbol, equipo que lo hizo llorar de alegría y de tristeza. Era un fanático de los "bolsos". Pero un fanático ecuánime al decir de Carlos Maggi.
"Leí las notas que escribe sobre los de Nacional y sobre los de Peñarol y le envidié el fanatismo y la ecuanimidad absoluta, cómo puede admirar y querer a un adversario. Es una condición no muy general, (...) defiende su tema por amor y lo trata con amor", dijo en el programa En Perspectiva el 22 de marzo de 2013. "Es formidable eso", acotó Maggi.

Y sí, Lincoln era formidable.






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