viernes, 16 de diciembre de 2011

EL CUENTITO MEDIEVAL

De como el señor colgó de esquina a esquina un cordel con banderas de papel, y el pueblo olvidó por una noche de fiesta quien era quien en la pequeña y lejana comarca
                                                                                                                               Ángel Juárez Masares

Había una vez en una pequeña y lejana comarca un Señor feudal que reinaba sobre su pueblo desde un coqueto y antiguo palacio.
Este humilde e ignorado escriba os ha contado muchas historias acerca de los Nobles que regían los destinos de la Casa Real, así como de diferentes personajes de la Aldea ubicada a orillas del gran Lago Negro. Sabrán entonces vuesas mercedes que todo lo dicho en estas crónicas está debidamente documentado en base a pergaminos de la época que nos atañe, y que cualquier asociación con hombres o situaciones de vuestro conocimiento, es pura coincidencia.
Efectuadas que hemos estas aclaraciones, procederé a relataros algunos aspectos  de una fiesta popular que celebrábase anualmente, y que los comarcanos llamaban Carnaval.
El Señor feudal que reinaba sobre su pueblo desde un coqueto y antiguo palacio, desvelábase para que los habitantes de la aldea tuvieran su fiesta y fueran felices y comieran perdices durante esos días.
Os recuerdo que años atrás se había encomendado la organización de las celebraciones al Caballero Albert De Ruy, más conocido con el nombre de un mamífero de pelo negro y ojos casi invisibles que vive en galerías subterráneas donde se alimenta de gusanos y larvas.
Según dicen, este noble servidor de palacio sabía mucho de estos asuntos carnestolendos, pero esta vez el Amo decidió no convocarlo.
-¡Lo haré yo!- aseguran que dijo Madame Lurdés – tengo brillantes ideas para que toda la comarca viva una fiesta como nunca lo ha hecho.
-¡No!... ¡Lo haré shooo!... vociferó Alex Unvago arreglándose las alas de su disfraz de mariposa con las que pensaba volar sobre la aldea.
-¡Iré al frente en una carrosha adornada con floresh y tirada por cuatro cabayos bayosh!
-¿Por qué no te callas?- espetóle Juan De Las Correas desde un rincón de la Sala, frase que siglos después hiciera famosa el Rey Juanca (con las disculpas por la confianza).
Sin embargo, no era un secreto para nadie que la verdadera razón de las disputas palaciegas estaba centrada en los maravedíes que se destinarían a los festejos, porque en realidad poco importaba la felicidad del populacho.
Pero como todo llega en esta vida, el día de la inauguración llegó, y los aldeanos acudieron bulliciosos al gran teatro al aire libre que el Señor ordenó levantar a orillas del gran Lago Negro. Todos se acomodaron en un gran semicírculo bebiendo un brebaje amargo de una pequeña calabaza, y que sorbían con una pajilla hueca (los documentos no especifican de qué se trataba esa pócima. Sí sabemos que, yerba…no hay)
El espectáculo comenzó con unas palabras del Amo acerca de lo necesario que era el divertimento para los pueblos, y del esfuerzo que había hecho la Casa Real para que la fiesta fuera para todos.
Luego actuaron unos cantores que se hacían llamar “Bendecidos por el odio”, haciendo delirar a los circunstantes con obras de altísima factura, como “El pompón asesino”, y otras odas creadas en noches enteras sin dormir.
Sin embargo el plato fuerte de la noche lo aportaría el elenco de Palacio, con una obra escrita, coreografiada, musicalizada, iluminada (teas de colores), protagonizada, y dirigida… ¡por quien va a ser!... ¡Voto a bríos cornamenta de lucifer!... ¡por Alex Unvago!
Allí estaba en la “batea” la gente del Sin Dicato, que habían anunciado un “paro” reclamando más monedas pero lo postergaron para el día siguiente. En “tabla de lavar” se lucía Sir Ferdinad D´Vors, instrumento que le había sido asignado por unanimidad en virtud de su capacidad para “limpiar” las arcas de palacio.
Algunos de los documentos que hablan de esa noche dejan entrever que hubo dos problemas difíciles de resolver;  el afán de protagonismo de algunos personajes palaciegos que se pelearon en las toldadas carretas (no había camerinos, obvio) por disfrazarse de bailarinas; y las interrupciones de Pietro “El Ralo” que insistía en subir al escenario para gritar ¡viva la comarca!, hasta que alguien lo sacó del forro (de su jubón… valga la aclaración).
De todos modos los aldeanos tuvieron su fiesta y fueron felices aunque no comieran perdices (la caza de esa ave esta prohibida).
Todos retornaron a sus casas en horas de la madrugada sin romper ningún escaparate, y cantando:
                            “Volvemos alegres esta noche
                              Cansados, descalzos y sin coche
                              alegres por el circo que nos dan
                              cansados, descalzos y sin pan”

Moraleja:
                 Cuidado aldeanos con la diversión gratuita que para vosotros el Amo ha dispuesto, pues la pagaréis multiplicada con sudor y más impuestos.
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