En defensa del
burro, y acerca de las falsedades que el hombre atribuye a tan noble bestia
Escriba
Medieval
Amados Cofrades:
como vosotros sabéis, este humilde hurgador de antiguos pergaminos no se
adhiere a la idea de que todas las comparaciones son odiosas, mas bien defiende
que son inevitables por la propia naturaleza humana.

Recordemos –pues nunca abunda hacerlo-
que este animal viene precedido por su
fama desde la antigua Grecia -entre otros dones- por haber sido el preferido de
Sileno, quien era un viejo sátiro,
dios menor de la embriaguez; padre adoptivo, preceptor, y leal compañero
de Dioniso,
el dios del vino,
al tiempo que era descrito como el más viejo, sabio y borracho de sus
seguidores.
Sileno suele considerarse hijo de Hermes, como
sucede con la mayoría de los sátiros, pero en otras tradiciones se le hace hijo
de Pan con una ninfa, o de Pan con Gea. Pero como vosotros
sabéis, nobles Cofrades, la libertad sexual de que hacían ejercicio dioses y
semi-dioses del Olimpo (tan envidiada por los simples mortales), hace que la
certeza de algunas paternidades fuese imposible (aún no se había descubierto el
ADN).
Sileno pues, conocido era por sus
excesos con el alcohol, y el amor por el vino era su pasión. Por ello solía
estar siempre borracho y tenía que ser sostenido por otros sátiros o llevado
en su casi inseparable burro.
De manera que –aún lanzando miradas no
tan lejanas en el tiempo- tenemos al burro participando activamente en
diferentes episodios de la historia humana, quizá no como protagonista, pero en
un plano no menos importante. Os recuerdo que este animal con fama de sobrio,
paciente, laborioso, y casi infatigable, fue quien –según las escrituras-
sirvió de vehículo para la huida de Egipto de la sagrada familia, episodio que
por estas regiones se celebra el el 14 de enero de cada año con La Festum
Asinorum , o Fiesta del Asno,
donde también se emula la entrada del Cristo a Jerusalén a lomos de un pollino.
También verdad es que el asno
-tiranizado por el hombre- ha llegado a ser indócil, terco, y rencoroso, razón
por la cual mas no pude hacer otra cosa que esperar a que el mío terminara con
su pitanza vegetal y decidiera por él mismo continuar la marcha.
Fue entonces que pensé que el hombre es
quien ha comunicado al burro todos sus vicios sin haber sabido copiar sus
virtudes. En ese noble animal descargamos nuestras frustraciones, tratando de
“burro” al mozalbete al que la letra no le entra ni con sangre; “burro” le
decimos al lacayo de Palacio que nos cobra demás cuando pagamos nuestros
impuestos reales, y “burro” le gritamos al cochero que estorba nuestro paso en
las calles de la aldea.
Burro es para el hombre sinónimo de
ignorancia y de torpeza en las acciones cotidianas; burro es el escribano, el
médico, y el juez cuando fallan a nuestra contra, y como burro calificamos a
quien arbitra en las justas deportivas populares.
Por eso hoy, queridos Cofrades,
quebramos nuestra lanza por el burro. Animal que no merece cargar con humanas
imbecilidades, pues ya bastante tiene con soportarnos en su lomo.
El asno viene desde el fondo de la
historia. Humilde, al paso, con su peludo y mullido lomo, con su espalda ósea y
fuerte como pocas, y sus pequeños cascos que pone donde el engreído caballo no
lo hace.
El hombre no lo dice, pero envidia al
asno. Ya lo dijo Apuleyo cuando tejió la
trama de su comedia “El asno de oro”, donde Lucio -el hombre transformado en
asno- alimenta constantemente la
narración a través de lo que escucha relatar a otros personajes.
Por eso y varias páginas mas de
argumentos a favor del burro, os pido muy humildemente que cuando os crucéis
con uno dellos en vuestro camino, veáis en lo profundo de sus ojos la sabiduría
que allí se aloja, pero sobre todo, que prestéis atención a su rebuzno.
Descubriréis que en realidad, el asno se ríe de nosotros.
Moraleja:
Antes de denostar al burro por
ser burro, de mal talante, terco y orejudo, debería el Hombre verse en un
espejo que lo muestre tal cuál es, a cuatro patas y desnudo.
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