viernes, 4 de octubre de 2013

Javier de Viana


CRONISTA DE UNA ÉPOCA DE TRANSICIÓN




Aldo Roque Difilippo



Hace 87 años  moría Javier de Viana (1868-1926) uno de nuestros narradores más interesantes y que mejor ha resistido el paso del tiempo, según lo han catalogado algunos críticos. “Hacendado, criador de vacas y ovejas, tropero y hasta contrabandista; revolucionario, muchas veces; candidato a diputado al congreso en varias ocasiones, sin haber pasado nunca de candidato, debido a la sensatez de mis electores como a mi despreocupación por el oficio de fabricante de leyes”, como él mismo se definió.
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Javier de Viana nació  en Villa Guadalupe (hoy Canelones) el 5 de agosto de 1868. Su infancia transcurre en la villa primero, y luego Florida, trasladándose en 1880 a Montevideo, protegido por su tío Ezequiel, a completar su instrucción primara en la Escuela “Elbio Fernández”.
“Mi padre como mi abuelo, era estanciero y yo me crié en la estancia, aprendiendo a andar a caballo al muy poco tiempo de haber aprendido a caminar –recordaba el escritor-. En aquel medio agreste, teniendo por educadores al capataz y a los peones gauchos que me divulgaron todos los secretos de la religión patriótica, aprendí a conocer las maravillas de la naturaleza. No sabía leer en libros, pero sabía hacerlo en la naturaleza; y cuando me enviaron a la capital para iniciar los estudios, mi alma iba imbuida de un inmenso amor a lo bello, a lo noble, a lo fuerte y a lo justo”.
Una fecha clave en la vida del escritor es la fracasada revolución del caudillo nacionalista Aparicio Saravia en 1904, que lo obliga a emigrar a Argentina. Pero este capítulo en su vida estuvo precedida de otros acontecimientos en el agitado clima político de la época, desde su temprana incursión en la Revolución del Quebracho en 1886, que con apenas 18 años lo arrastra “como hombre y como ciudadano”, entre otros acontecimientos.
Su vida estuvo signada por estos hechos, reflejándose en sus textos hasta comenzar a construir una obra que es “a mi juicio, una de las más sólidas de la literatura narrativa uruguaya”, opina Arturo Sergio Visca. Apareciendo en sus tres décadas como escritor (1896-1926) textos que aún hoy son revisados por su valor testimonial y literario. Iniciado  en “Campo” (1896), al que le siguen “Gaucha” (1899), “Gurí” (1901), “Con divida blanca” (1904), “Macachines”(1910), “Yuyos”, “Facundo Imperial” (1911), “Cardos”, “Abrojos”, “Sobre el recado” (1919), “Ranchos”, “Paisanas”, “Bichitos de luz”, “De la misma lonja” (1920), “Del campo y de la ciudad” (1921), “Potros, toros y aperiases” (1922), “Biblia gaucha”,  y “Tardes de fogón” (1925).

GENUINO CRIOLLO
“La obra de Viana es un crudo testimonio de una época de transición que sigue aferrada en buena medida a un pasado que siente como perdido, pero que se resiste a abandonar; demasiado perezosa para crear de inmediato un nuevo estilo de vida, persiste y vegeta en una miseria sin atenuantes ni grandeza –opina Tabaré Freire-.
El resultado final es una producción en cierta medida documental. Pero esto sería minimizar la obra de Viana: lo que nos interesa señalar una vez más es el hecho de que, casi sin proponérselo, Viana ha buceado certeramente en psicologías individuales que sirven de espejo a la realidad nacional, cuyos límites temporales se extienden más allá y más acá de su propio tiempo. Es la realidad paisana, hecha de vivencias de un pasado que ya no puede proyectarse en el futuro y se ha quedado presa de un ser. Y esto es, en definitiva, lo auténtico de su obra: haber dado el ser de nuestra campaña allá por el 900”. Y su figura era en gran medida a imagen y semejanza de aquellos personajes que retrató, tal como lo dejó registrado Manuel Bernández en 1896:  “Siempre llevaba el mismo gacho (o sería otro, pero del mismo andar), siempre de negro, alto, delgado, pero de buena caja  -un fuerte organismo de luchador, sin desperdicios- huesos y músculos. La manera de hablar despaciosa, medio dejadona, sin brillos, una conversación de esas que a usted le dan pereza porque  parece que le están hablando sin ganas. El temperamento en la mirada, serena, fuerte, animando un tipo lindo y genuino de criollo, huesudo y lampiño. En todo el individuo una indolencia característica de la raza, que parece inducirlo a buscar instintivamente horcones donde recostarse para pitar a gusto”.
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