sábado, 30 de enero de 2016


Un hombre entre los hombres

Hace 26 años de aquel 17 de enero en que murió Alfredo Zitarrosa. También en la orilla de enfrente dejó sus huellas y su recuerdo el cantor de la voz oscura, “voz de otro”, como alguien de allí mismo le dijera una vez. De algunas de esas huellas trata esta nota.

Ombú
“En México intenté componer canciones, ‘Pájaro de rodillas’ y ‘Casa vacía’, pero se quedaron por el camino”, le dijo Alfredo a la periodista Amelia Hernández, que lo entrevistó para el diario El Nacional de Caracas, en 1983 y en Buenos Aires. Ese mismo año, el cantor envió a su amigo Eleodoro Villada, guitarrista cordobés que lo acompañó en varias oportunidades, la letra de “Casa vacía” (véase recuadro). Villada la musicalizó y nació una estremecedora canción, que seguramente pocos uruguayos han tenido el privilegio de escuchar.
Eleodoro Villada Bustamante nació en Segunda Usina, provincia de Córdoba, en agosto de 1942, sexto hijo entre nueve hermanos, varones y mujeres, casi todos cantores. De su vida y su relación con Zitarrosa trata esta entrevista.
Cuéntenos de su origen como músico y cantor.
—Desde chico lo que más me gusta es la música, hacer canciones es mi mejor forma de expresión. Fue todo muy natural, mi padre era un hombre sencillo pero inteligente, él nos enseñó a vivir, viviendo. Y era un cantor con todas las letras, un artista. Me mandó a estudiar guitarra con un gran concertista, Carlos Valdés, que me enseñó a tocar con todos los dedos, con las cuerdas al aire, como se debe. Cuando tenía 18 años nos mudamos a Caseros, en la provincia de Buenos Aires, y seguí ahí mis estudios con María Angélica Funes, una amiga fuera de serie. Por los setenta, arraigado en Buenos Aires, conseguí trabajo en Radio Municipal. Cuando llegaron los milicos renuncié, en el 80, antes de darle una piña a algún ignorante con uniforme.
¿Cómo compone?
—Las canciones tienen algo de poesía. Me gustan los agudos y los graves de las notas y las letras. Es apasionante que coincidan. Aunque sea una canción alegre debe tener emoción, si no, es plantita seca.
Con fecha del 20 de febrero en Madrid, Zitarrosa le escribe: “Querido Eleodoro: Para mí fue un gran privilegio tener a mi lado a un hombre con tu sensibilidad y tus recuerdos. En público y en privado lo dije, lo escribí y lo demostré. En tu guitarra hay varias milongas que nunca tocaste pero que yo escuché, con los oídos, los ojos y el corazón del pasado, esos ojos y oídos que reclama Amanda para sí misma; ese mismo corazón donde anidan miedos, esperanzas, recuerdos, certezas…”. Qué privilegio el suyo, recibir tanto cariño de Zitarrosa.
—Alfredo tenía un gran respeto por sus guitarristas, y les daba el lugar que se ganaban. Nos mostraba el camino de lo que él quería, para lograr lo que luego salía. Nos daba libertad de creación, y de esa manera, creo, cada uno de nosotros sentía que estaba en el lugar que tenía que estar. Esa fue mi experiencia con Alfredo y su canto, más allá de la amistad profunda que sabía brindar. Una sensibilidad fuera de serie, un gran amigo aun en la pelea.
En 1983 le dedicó la letra de “Casa vacía”, que usted musicalizó. ¿También la grabó? Casiana Torres y Leonardo Pastore hicieron hermosas versiones del tema.
—Para mí fue un privilegio que Alfredo me entregara esa letra. Antes de conocerlo, yo ya tenía una gran admiración por su obra, por sus dichos. Tengo una grabación tomada en vivo que se la voy a enviar. En las dos grabaciones que usted nombra tuve también el privilegio de que Casiana Torres y Leonardo Pastore me convocaran para acompañarlos en la guitarra.
Cuentan que, en situaciones con Zitarrosa, usted una vez lloró al escuchar un candombe tocado por Vicente Correa, y que también lo hizo luego, en un recital, al punto que dejó de tocar.
—Un día fui con Guillermo Benassan, que era el director del Grupo Argentino de Teatro para Todos (Gatt), al departamento de Alfredo, en Palermo, para ver si lo convencíamos de que tocara en el teatro. Nos recibió muy amable, con el termo y el mate, infaltables. Le pareció que era una buena idea, pero dijo que estaba sin guitarristas. Entonces Benassan me dio un codazo, y en un acto de total inconsciencia dije: “No se preocupe, yo puedo armarle un grupo de guitarristas que lo acompañe, conozco su repertorio”. Alfredo hizo una pausa, chupó el mate, y me dijo: “¿Cómo se llama usted?” Con la impresión de que me estaba metiendo en un baile que no sabía bailar, contesté: “Eleodoro… Quise salvar el problema pero veo que no soy lo que usted necesita”. A los dos días me llamó y me citó para el día siguiente. Cuando llegué, me encontré con un negro grandote sentado, guitarra en mano. Alfredo le dijo: “Vicente, tocá un candombe para que escuche Eleodoro”. Y Vicente, que era nada menos que Vicente Correa, se largó con un candombe que me hizo llorar…
¿Y la otra vez?
—Estábamos tocando “P’al que se va”, y vi que dos mujeres del público lloraban de una forma fuera de lo común, eso me distrajo y dejé de tocar. Vicente Correa me dio un codazo para despertarme, entonces pude seguir tocando. Cuando terminamos nos retirábamos en fila india –como corresponde– y Alfredo que estaba detrás de mí preguntó: “¿Qué pasó con ‘P’al que se va?’”. Le dije lo de las mujeres que lloraban. “Ah, si fue por eso está muy bien”, dijo él. Esas mujeres fueron después a saludar al camarín, eran dos uruguayas exiliadas en Brasil. En ese momento lloramos todos.
Para usted Zitarrosa era un ángel, tenía algo de diablo y cantaba como los dioses.
—Él era un alma doliente, eso se remonta a su niñez. “Tomando del amor la voz prestada”, creo que en esa frase se resume todo ese dolor que Alfredo entregaba en sus canciones. Era un hombre limpio, puro, más allá de las impurezas. Recuerdo una vez que estaba muy enojado, por un tema que ya ni recuerdo. Él, para hacerme ver que yo estaba muy intransigente en la discusión, me escribe: “Mirá, Eleodoro, aunque uno cante de esmoquin, tiene que ser de a caballo”. Eso lo pinta de cuerpo entero, esa calidad para regalarme frases que luego fueron parte importante de mi léxico. También decía: “Crear no siempre es creer; cuando ambas cosas se juntan, recién saltan las lágrimas”. Alfredo era un hombre distinto, iluminado, de esos que cambian las cosas sin proponérselo.
Usted además compuso una canción en su honor, y eso tiene una historia…
—En 1991 presentamos un casete con músicas mías y letras del poeta argentino Guillermo Yantorno. Para la presentación en un teatro de Buenos Aires, cuando hicimos el primer ensayo, yo tenía la sensación de que Alfredo estaba vigilando a ver cómo salía la cosa. Le dije al poeta si no le parecía mal que, aunque no estaba en el casete, en la presentación cantara “El violín de Becho”, y él estuvo de acuerdo. Cuando lo canté durante la presentación, expliqué que era un homenaje a mi amigo recientemente desaparecido, y fue algo mágico: “El violín de Becho” pasó a ser la estrella del recital. La gente aplaudió tanto que me corrieron las lágrimas…Cuando terminó el recital, se escuchaban voces pidiendo otra de Zitarrosa. Algunas personas desde la platea me llamaron, querían saber de Zitarrosa, de cuándo había tocado con él y todo eso. Cuando estábamos hablando, la gente del teatro empezó a apagar las luces, nos dijeron que debíamos desalojar la sala. Me puse mal, les dije a los apagadores que no me sacaran ese momento que era magia pura. Pero los tipos tenían orden de desalojar, y lo hicieron. Después, en la vereda, la gente seguía preguntando sobre Alfredo. Cuando más tarde llegué a mi casa, salió a borbotones “El cantor” (recuadro 2), que fue finalista entre 1.500 canciones en el Festival Nacional de la Canción, en 1993.
Zitarrosa, en 1980, escribe en el Excélsior de México dos artículos que titula “Mis compañeros”, nombra a los 33 guitarristas que lo habían acompañado hasta ese momento, y dice: “Habría que escribir muchas notas como ésta para decir sólo algo de cada una de esas guitarras, algunas auténticamente memorables”.
—Compartir escenario con esos uruguayos fue lo máximo. El sonido de esos arreglos que alguna vez creí imposibles dejó una marca de fuego, que me hizo cambiar el enfoque que yo tenía de la música popular. Basta de novenas y oncenas, sólo el acorde natural, para vestir esas canciones que el pueblo quiere.
Una última reflexión.
—La experiencia de ese tiempo con Alfredo le dio a mi vida un viraje de 180 grados, tanto en la música como en el solo hecho de vivir. Estar cerca de él fue un aprendizaje constante. Créame, fue la persona más importante que me tocó conocer. Recuerdo que en 1976, antes de irse a España, él tenía que juntar plata para el viaje y cantó en lugares insólitos. Iba a cantar en una boite de Campana, un pueblo de la provincia de Buenos Aires, y a mí no me gustó nada que cantara ahí, todo el mundo sabe para qué son esos boliches. Se lo dije y me contestó: es lo que hay. Más tarde volví a la carga, en los camarines, entonces me miró muy serio y me dijo: “Hacé tu trabajo”. No hablé más. Cuando salimos al ruedo, largamos con “El violín de Becho”. Con los primeros acordes el lugar era otro, parecía un templo. Así pude entender que es uno quien hace las cosas para que las cosas cambien. Ese fue Alfredo Zitarrosa. Un hombre entre los hombres
El cantor

Todo pasó tan pronto/ se apagaron las luces/ el cantor que cantaba/
se quedó en la penumbra/ por su vieja tristeza/ se durmió la nostalgia/ el cantor incansable/ de las cosas del alma/ todo pasó muy pronto/ hay un duende en silencio/ escenario vacío/ sin aplausos, sin ecos/ de un montón de butacas/ despobladas de gestos/ se revelan fantasmas/ apurando el recuerdo./ ¿Por qué cayó el telón?/ cuando faltaba un tiempo/ de mejor vivir/ de vivir mejor.

Todo pasó tan pronto/ se apagaron las luces/ su emoción hecha pueblo/ madurando con el tiempo/ su canción se agiganta/ va gritando verdades/ ¿quién detuvo este vuelo?/ Becho toca el violín en la orquesta/ cara de chiquilín sin maestra./ ¿Por qué cayó el telón?/ cuando faltaba tiempo de mejor vivir/ de vivir mejor.

Eleodoro Villada, 1991.
México, setiembre de 1982
Para mi amigo Eleodoro, con sincero afecto
Zitarrosa
Casa vacía
Una casa vacía es el pasado/ donde mi voz resuena agigantada/
desde esta casa a veces he cantado/ tomando del amor la voz prestada./
Pero aquí soy el único habitante/ y mi canto ilusión que te reclama/
desnudo de esta casa resonante/ solitario badajo de campana./

El sol ya nunca alumbra esta casona/ la han cercado los tejos y los pinos/ es una mancha azul desde la loma/ sólo se ve un portón desde el camino./

¿Cómo decirte que aunque en ella vivo/ esta casa es tan sólo una posada/

que el pan aquí ha olvidado que fue trigo/ que aquí se duerme triste y sin almohada?/

En esta casa las paredes lloran/ de soledad los patios están muertos/
no me dejes aquí, búscame ahora/ amada, llámame a sembrar tu huerto.

Extraído de: http://brecha.com.uy/


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