viernes, 24 de febrero de 2012


La cultura lúdica: el Carnaval


Una mirada hacia los orígenes de la fiesta popular en Uruguay desde mediados del año 1800.

El Carnaval era la fiesta y el juego de la cultura “bárbara” en Montevideo, la culminación del ciclo festivo que se iniciaba con la “Nochebuena”, sus cohetes, matracas, serenatas, y bandas de jóvenes y seguía el 31 de diciembre con “los grandes bailes de sociedad” y “populares” (ya de “máscaras”) y la quema de fuegos artificiales en la Plaza Constitución, a la que a veces asistía hasta la quinta parte del Montevideo urbano, como en 1869.
Los candombes de negros el día de Reyes, 6 de enero, muy visitados por “las familias y paseantes”, eran precedidos y seguidos por más bailes “de máscaras y de particular” en los teatros, incluyendo el moderno Solís de 1856, creado tanto para la ópera como para los “danzantes”. El crecido número de bailes hizo que se abrieran “abonos” las para las sucesivas funciones. También aparecieron comercios especializados en la venta de disfraces desde mucho antes de Carnaval. Los bailes, donde las señoras podían entrar gratis y los caballeros pagando entre 4 reales y un peso –de acuerdo al rango social del local- se iniciaban a las 10 de la noche y concluían por lo general a las 4 de la mañana de casi todos los viernes, sábados, y domingos de enero y febrero. La sociedad entera los vivía como la preparación de las “carnestolendas”, y la asistencia a los del Solís en una noche de enero de 1870, por ejemplo, podía llegar a los 800 o 1.00 “danzantes”, cifra que comparada con la de los habitantes del Montevideo edificado, tal vez 80.000, equivalía a concurrencias calificadas como masivas, pero que, sin embargo en Carnaval llegarían a cuadruplicarse.
Los juegos propios del Carnaval, el de agua sobre todo, se anticipaban siempre al inicio oficial de la fiesta. Se tiene la impresión que en ciertas épocas particularmente felices en la vida de la ciudad –como bajo la próspera dictadura de Venancio Flores de 1865 a 1867. Por ejemplo- el Carnaval comenzaba en los primeros días de enero. En 1866, seis o siete días antes se jugaba con agua, y “varios aficionados se habían quedado sin huevos”. En 1867 se jugó desde por lo menos quince días antes del comienzo oficial de la fiesta, al grado que la policía debió emitir un edicto especial prohibiendo su “anticipación” –que nadie atendió- pues faltando aún diez días, “ya de noche las señoras no pueden transitar por nuestras calles porque de todas partes salen atrevidos a mojarlas”.
Habían comenzado, como dijera “La Tribunita” el 22 de febrero de 1867, “los días de locura”. El Carnaval Oficial comprendía el domingo, lunes, y martes, pero su “triunfo” se anunciaba desde el “jueves gordo”. El Miércoles de Ceniza debía empezar su “muerte”, pero la ceremonia de su “entierro” sucedía recién el domingo de la semana siguiente.
Sin embargo el “entierro” no era el fin. El Carnaval invadía la Cuaresma, para escándalo del Clero y contento de los jóvenes. En febrero de 1936, luego de concluida oficialmente la fiesta, se continuó usando “el disfraz permitido para los días de Carnaval” por varias noches mas. Era como si esa sociedad no pudiera terminar nunca de jugar. Estaban allí. Por ahora agazapados, los enemigos del juego: el trabajo, la eficacia, el orden burgués quejoso de los días perdidos, la indisciplina social generalizada, la irrespetuosidad hecha norma.
El día que finalizaba la fiesta la ciudad amanecía desierta luego de los “excesos” de la noche. Dirá “El Siglo”, un diario hostil al Carnaval “bárbaro” en febrero de 1874: “El miércoles de Ceniza es el día del sueño, a cualquier parte que uno dirija la mirada no percibe sino rostros lánguidos y ojos soñolientos. Montevideo está sin movimiento…quien se levanta temprano es un héroe, y apenas tienen la gloria de ver salir el sol algunas devotas que al primer toque de campanas acuden a los templos”.
El acto de disfrazarse el cuerpo y enmascararse la cara se asociaba con el cambio de personalidad social, y el afloramiento de tendencias reprimidas, pero también con bromas e injurias desmedidas. La burla al Poder se codeó con el absurdo, lo chusco y estrafalario, y eso dio a la comparsa disfrazada y gesticulante un aire de transgresión total. Se sublevaban las pasiones de todos, pero también se sublevaban temporariamente los oprimidos, los que estaban mucho, y los que lo estaban poco: negros, criados, sectores populares, marginados, locos, niños y mujeres. Por eso las autoridades de la sociedad, los ancianos, el Clero, los “devotos”, los políticos, los ricos, llamaban “bárbaro” al carnaval y procuraban “civilizarlo”.

Desde fines del siglo XIX la iluminación jugó un papel 
fundamental en las noches del Carnaval. Los farolitos 
de papel a vela en la década de 1870, los majestuosos 
arcos a gas de principios del siglo XX y la más 
reciente ornamentación con bombitas de múltiples 
colores, testimonian la algarabía con que la ciudad 
nocturna se preparaba para recibir cada febrero. 
Año 1948.
Esta “civilización” del carnaval fue un proceso lento y lleno de retrocesos hacia la “barbarie”. Aparece también como un plan preconcebido por las clases dirigentes cuyo ejecutor inmediato fue la represión policial. La oposición de clases, empero, no da ella sola cuenta de las fuerzas en pugna. También se enfrentaron los grupos etarios y a veces hasta los sexos. Es así como a favor del Carnaval “bárbaro” militaron los sectores populares, los jóvenes, los niños, y las mujeres, y como a favor de la “civilización” estuvieron sobre todo los hombres maduros. Lo que la documentación prueba sin lugar a dudas, es la existencia de un plan de las clases altas y los dirigentes políticos en pro de la “civilización” del Carnaval. En 1867, “El Siglo” hizo suyo y reprodujo un artículo de “La Tribuna” de Buenos Aires: “A la sociedad culta e ilustrada pertenece dirigir esas diversiones en una vía menos escandalosa, demostrando por su ejemplo que es fácil procurarse el mismo placer sin necesidad de rebajarse a los excesos que deshonran a la humanidad”.

La religión, el freno más seguro
Los dirigentes de la sociedad habían sostenido, ya en la época “bárbara”, que “la religión era el freno mas seguro para un pueblo ignorante y corrompido”, según dijera en 1834 el Cónsul de Francia en Uruguay. El memorialista anónimo de 1784 al plantear la necesidad de establecer capillas en nuestra “bárbara” campaña gaucha, afirmó: “Desde el momento que va entrando por nuestros ojos la luz del as verdades eternas, se va insinuando en nuestros corazones la obediencia a los superiores y nos va haciendo declinar de nuestro amor a la independencia”.
Los dirigentes de la sociedad “civilizada”, la mayoría anticlericales, no cambiaron en lo fundamental este criterio, lo matizaron. Los liberales espiritualistas pensaron volterianamente en la utilidad de la religión, tanto como valla para los “vicios” del hombre como para sus “pasiones antisociales” decimonónicas: al anarquismo, y el socialismo.
El Ministro de Justicia, Culto, e Instrucción Pública, dijo en 1885: “Sin religión nos es posible que haya un pueblo civilizado”. El ateísmo pareció al liberal Mariano Berro en 1895, “una creencia infundada, perniciosa, e inconveniente para el vulgo, que carecerá aún por muchas edades de la necesaria preparación filosófica para recibir tales doctrinas. El escepticismo anonada el espíritu abriéndole tenebrosos abismos, y no da esperanzas”.
El Ministro de Relaciones Exteriores del Coronel Lorenzo Latorre en 1876, Gualberto Méndez, al asistir a la jura del primer Obispo, Jacinto Vera, dijo: “De este modo, afianzaremos los altos fines de la mas grande Institución que nos haya sido dada para avasallar el desborde de las pasiones antisociales que amenazan arruinar los intereses todos de la civilización”.
La religión entonces, servía no solo para evitar “las pasiones antisociales” (el anarquismo y el socialismo), también era útil para doblegar las “pasiones personales”. Lo dijo en una curiosa vista fiscal de 1880 el anticlerical Alfredo Vázquez Acevedo cuando criticó las excarcelaciones bajo caución juratoria que los jueces concedían a los ladrones de ganado, ya que “entre nosotros” se faltaba con facilidad a un “juramento religioso”, y se volvía a robar-pecar.
Estas ideas sobre la utilidad de la religión no quedaron en palabras. En 1888, la elite racionalista encargó la “reconstrucción” de la “naturaleza moral perdida” de las jóvenes descarriadas a las Monjas del Buen Pastor, y la de los penados al capellán de la nueva “Cárcel preventiva, correccional, y penitenciaría”. Este tendría el deber de confesar, celebrar misa, y “dirigir todos los domingos y días de fiesta la palabra a los presos, demostrándoles el deber que tiene todo hombre de ser honrado, y las ventajas de conducirse bien”.
Los terratenientes, católicos, y liberales, menos transidos por la cultura formal, creyeron con mayor unanimidad en el rol de freno de la Religión. El “pobrerío” rural, protagonista del abigeato, la prostitución, y el “desorden” de la campaña, se “fijaría” a la tierra con la agricultura, pero también con la escuela y la iglesia, sostuvo en 1874 Domingo Ordoñana, fundador de la Asociación Rural.
Según Mariano Soler en su pastoral de 1901, “las creencias religiosas son indispensables para la recta educación de la juventud y para la morigeración del pueblo”. Así, aquella se haría “sana de cuerpo y de espíritu”, y se salvaría de “extravíos y perversiones”, y éste se formaría “moral y honrado”. Para los niños –sobre todo- esas creencias eran “el más sólido y eficaz elemento moralizador, pues el niño que se cree observado por Dios en todas partes…castigado por Dios cuando delinque, está mejor guardado y preservado que aquel que solo tiene que escapar a la vigilancia del ojo humano”.

Fuente: Historia de la Sensibilidad en el Uruguay, de José Pedro Barrán, Tomo I “La Cultura Bárbara”, y tomo II, “El Disciplinamiento”.


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