viernes, 11 de mayo de 2012




Aldo Roque Difilippo





Hace 123 años moría Máximo Santos. Controvertido, resistido y a la vez impulsor de la Reforma vareliana que transformaría para siempre el sistema educativo en el país.
Máximo Santos  murió el 10 de mayo de 1889, pero tres años antes, el 17 de agosto de 1886 se produjo un intento fallido para  asesinarlo.  Años convulsionados en el Uruguay de la segunda mitad del Siglo XIX.


El 17 de agosto de 1886 el Presidente  Santos acudió al Teatro Cibils a ver una representación de la ópera La Gioconda, de Amilcare Ponchielli, con un elenco encabezado por la diva italiana Eva Tetrazzini. La función comenzó a las 20:30. A eso de las 21, cuando el primer acto estaba en pleno desarrollo, Máximo Santos, vestido de gala, bajó del carruaje e ingresó al recinto junto a su hija Teresita. Cuando giró la cara hacia su derecha, para saludar a su amigo Tulio Freire (creador, entre otras cosas, de la banda presidencial), el joven teniente Gregorio Ortiz se acercó por el otro lado y le disparó un balazo en la cara, a quemarropa.  El agresor corrió por  calle Ituzaingó hacia Piedras. Uno de los guardias personales del presidente intentó perseguirlo pero tropezó en su sable y cayó al suelo. Ortiz dobló por Piedras hacia  Treinta y Tres, perseguido por el teniente Gard y otros guardias, se  detuvo un momento para disparar contra sus perseguidores, pero no dio en el blanco. Al llegar a la calle Treinta y Tres, y al no ver el caballo que debía haberlo esperado para facilitar su fuga, se puso el revolver que portaba sobre la sien y se suicidó.
Gregorio Ortíz
Este hecho tiene varias alternativas preliminares, en esos convulsionados años de nuestro país.


La guaranguería política
   El General Máximo Santos había logrado encaramarse en el poder. La dictadura de Lorenzo Latorre logró, con mano dura, evitar las revoluciones, eliminando a los caudillos, sucediéndose las desapariciones. Muchos caudillos y otros cabecillas eran llamados a los cuarteles donde se los asesinaban. En 1878 cerca de 400 presos de la Dictadura eran obligados a trabajos forzados, utilizados por el dictador como la fuerza viva que construía obras públicas "y mientras unos tallaban millones de adoquines, otros, cadena en pie, abrían amplios caminos nacionales que pasaban el horizonte".
Tras la renuncia de Latorre lo sucede en forma interina el Dr. Francisco A. Vidal. "Al retirarme a la vida privada -expresaba Latorre en su manifiesto- llevo el desaliento hasta el punto de creer que nuestro país es ingobernable". Hay quienes afirman que esta renuncia fue solo una mala maniobra donde Latorre quería aparecer como imprescindible, pero sin embargo impidió los esfuerzos que trataban de disuadirlo de su resolución. Washington Lockhart lo define como la "guaranguería política con viento a favor o en contra (...) no es siquiera lo que parecía", catalogando su trayectoria como "ese gran cero". Un personaje contradictorio, que aplicó mano dura por un lado, y por otro nombra a José Pedro Varela como Director de Instrucción para que promoviera su plan de reformas. "Sé que mi actitud contribuye a prestigiar la dictadura -comentó José P. Varela-, pero sé también, que si por este lado hago mal a mi país, por otro le hago bien. El prestigio que puedo dar a este gobierno es transitorio. El influjo de la reforma escolar que proyecto, es verdadero y profundo".

¿Batlle  instigador de Ortiz?
   Carrero, comisario, militar, comandante político en Minas, ministro de Vidal, por fin en 1882 Máximo Santos logró encaramarse en el poder con una personalidad "con todos los desbordes del mandón", según lo describe Carlos Machado. Gobernando con la divisa colorada, donde se suceden los atropellos, los abusos, proscripciones, las torturas y homicidios. Contando con el respaldo de los blancos ajenos a la inclinación principista del nacionalismo. "Tu sabes, mi querido amigo, que yo nunca he pertenecido ni a principistas ni a nacionalistas, -le escribió Aparicio Saravia en 1880- pues yo no soy más que blanco y verdadero amigo tuyo".
Desde un principio intentó reprimir los embates de la prensa independiente que criticaba sus actitudes. Batlle escribía el 4 de noviembre de 1881: "La siniestra candidatura de Santos solo ha de ser impuesta por la turba de forajidos constituidos en marzorca; no ha de triunfar sino por la imposición, el saqueo y la matanza.
¿Quién afirmará sin rubor que hay uno sólo que de corazón proclame a Santos presidente de la República? ¿Qué títulos puede fingir ante los ojos del más iluso?
¿El haber sido el brazo derecho de Latorre?
¿El haber sido comandante del célebre 5º de Cazadores?
¿El haber inutilizado con el fraude los registros cívicos?
¿Haberse hecho nombrar Coronel?
¿Haberse hecho nombrar General?
¡Oh, que vegüenza!"
Los embates a la prensa independiente por parte del General Santos se repiten, siendo denunciados por Batlle, algo que le sirvió para ganarse un enemigo temible. "A las nueve y media de la noche del lunes, la imprenta de aquel diario estuvo a punto de ser asaltada.
Numerosos grupos, compuestos de hombres que todos conocen, por encima de la ropa, vagaba en sus inmediaciones, con nada tranquilizador aspecto.
¿Qué objeto los llevaba? No podrá ser otro que el de repetir los sucesos de Mayo. Había dos razones para que así fuese. Se trataba de la imprenta de "El Bien Público". En esa imprenta también se publica "El Plata".
Era matar dos pájaros de una sola pedrada.
Y la oportunidad se presentaba como nunca".
El 17 de agosto de 1886, a las 8,30hs, el teniente Gregorio S. Ortiz dispara contra Máximo Santos, en la entrada del teatro Cibils, precipitando la crisis política y el fin del poderío del Capitán General. "Se sintió en medio de los compases ruidosos de la escena culminante... así como un chasquido a nuestra espalda", relata Domingo González.
Santos sobrevive al incidente, pero "estará inutilizado para toda tarea durante seis o siete meses, y luego tendrá que preocuparse de sí mismo durante un año o dos; es lo menos que necesita para reparar medianamente las pérdidas sufridas; no puede hablar" ("El Día" 6/9/1886).
Máximo Santos junto a algunos de sus hijos.
Batlle y Ordóñez, Juan Campistegy, Mateo Magariños Viera y otros son detenidos. Batlle es acusado de instigador, quedando detenido por siete días. Santos dirige una carta al Juez del Castillo el 24 de Agosto: "no cree que ningún oriental esté complicado en tan nefasto delito", y expresando su deseo "de ver terminado el proceso criminal". Un día después Batlle recupera la libertad.
Santos insiste que Batlle es el instigador de Ortiz, basándose en la violenta campaña desatada en El Día, que tras el atentado, en varios artículos elogiaban la actitud, llamándolo "malogrado" y "heroico" lo cual provocó un verdadero alboroto en Montevideo. Los empleados públicos pensaban lo mismo y redactaron un manifiesto. Mientras Batlle estaba preso apareció en El Día un artículo que calificaba de "neurótico" a Ortiz. "Este artículo, que escapó al contralor de Batlle", apunta Roberto Giuduci.
"Fue entonces (en el Cabildo) cuando recibí un papelito enviado para Batlle,  -recordaba Mateo Magariños Veira en 1922- no me es posible recordar por que conducto, pero en el que se quejaba de la forma en que se había hablado de Ortiz, y pedía que el primero que saliese en libertad rectificase aquellos conceptos. El mismo papelito le llegó a Campisteguy también, creo estar seguro de ello. El primero en recobrar la libertad fui yo pues mi padre la obtuvo a las 12 de la noche del mismo día.
Recordando la recomendación de Batlle, escribí al día siguiente un artículo que creo se titulaba así: "El malogrado Ortiz o el heroico Ortiz", no puedo precisarlo bien. Tal artículo me produjo dos disgustos: el primero con Carlos María Ramírez, quien decía que, siguiendo así, nos iban a matar a todos, y el segundo con el general don Lorenzo Batlle, que fue a la imprenta manifestándome que provocábamos el asesinato de su hijo. Resolví entonces renunciar a mi puesto en el diario, pero Batlle me mandó inmediatamente decir que no hiciera caso de tales advertencias y que continuara en El Día la misma campaña".
Después vendrían otros episodios no menos convulsionados en la historia uruguaya. Santos falleció en Buenos Aires el 19 de mayo de 1889, cuando tenía solamente 42 años. Le gustaba la buena vida, el despilfarro y el lujo. En 1881, antes de asumir como presidente, mandó construir una suntuosa residencia, conocida como el Palacio Santos, donde actualmente funciona el Ministerio de Relaciones Exteriores.
 

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Fuentes consultadas:
-"Historia de los orientales", Carlos Machado, Edic. Banda Oriental, Montevideo,1992
-"Batlle y el Batllismo", Roberto B. Giudici, Imp. Nacional Colorada, Montevideo, 1928.
-"Aparicio Saravia, las últimas patriadas", C. Enrique Mena Segarra, Edic. Banda Oriental, Montevideo, 1981.
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