viernes, 25 de mayo de 2012


Apuntes de Pintura

El Greco, y la búsqueda
de la perfección



Ángel Juárez Masares

Algunos aconteceres de esta semana nos llevaron hurgar en la vida de “El Greco”, ese hombre que pintó otros hombres de pequeñas cabezas y cuerpos estirados. Cuerpos de formas larvales y color ceniciento sobre fondos borrascosos.
Doménico Thetocopuli que era un ser reservado y propenso al recogimiento y que, pese a utilizar frecuentemente a Toledo como fondo de sus escenas místicas, no dejaría de firmar en griego, recordando así su nacimiento cretense.
Su patronímico es Theotokopoulus (hijo de Dios), en cuanto a su nombre Kuriakos (que pertenece al Señor), el Greco lo transformó a la moda latina en Doménico. En España conservó su sobrenombre italiano adquirido tras su paso por Venecia, y no fue llamado el “Griego”, sino el “Greco”.
No hay certeza si Doménico nació en 1537, como lo asegura Willumsem, o hacia 1547-48 como lo supone la mayoría de los escritores españoles. Se sabe que murió muy viejo, quizá alrededor de los ochenta años.
Si se tiene en cuenta el genio pictórico del Greco, tan pleno de bizantinismo, puede asegurarse que en verdad poco tenía para aprender  cuando hizo el viaje a Venecia, pues conocía perfectamente la técnica del pintor de íconos. Por el “Libro del pintor”, de Athos, sabemos que ésta era una obra colectiva, y todo lleva a pensar que Doménico aprendió sucesivamente a impregnar de yeso los tableros de madera, y una vez secos y pulidos, a extender sobre ellos el fondo de oro. Llenar las siluetas con el tono básico, diseñar con carbonilla el cuadro, a volver a trazar el diseño sobre la preparación de tiza, a colorear los ropajes de pliegues rígidos y secos, y por fin –vuelto mas hábil- a pintar las manos y los rostros.
Sin embargo la gran presencia que anima al Greco desde Venecia hasta Toledo es el Tintoretto, iniciador del barroquismo y precursor de la mas expresiva pintura moderna. Se sabe que éste modelaba figuras de cera o de tierra a las que vestía de sedas poniéndolas en cajas de madera, a las cuales colocaba ingeniosamente la iluminación interior. Este procedimiento lo hará suyo el Greco; en Toledo se rodeará de pequeños personajes que suspenderá de las vigas de su taller para crear las mas raras perspectivas, los escorzos nunca vistos, y todas esas actitudes contorneadas y singulares en que triunfa el arte barroco.
Se ha comprobado que el Greco hizo copias directas del Tintoretto, como en “La curación del ciego”, y mas tarde en España para el “San Sebastián” de la catedral de Palencia. Dos retratos del período italiano llevan también profundamente inscripta la marca del Tintoretto.
Naturalmente no puede uno asomarse a la obra del Greco sin lanzar una mirada al “Entierro del Conde de Orgaz”, la obra que consagró su reputación.
Dice en “la historia de Toledo”, que “los extranjeros acudían a contemplar esta obra maestra con la mas extrema admiración, y los mismos toledanos no dejaban de volver a verla, descubriendo en ella cada vez una nueva maravilla, o interesándose en estudiar las cabezas de los caballeros y otros personajes del cortejo, la mayoría retratos de personajes ilustres”.
Greco se volvió entonces en Toledo, semejante a esos maestros de Italia cuya presencia bastaba para atraer a los más célebres visitantes a Perusa, Urbino, o Padua. En esa época su altivez y orgullo no conocían límites, y pronto se le tachará de locura, aunque todo parece indicar que en realidad había adquirido una idea de la altura de su arte como nadie lo hiciera antes. Cuentan que La Inquisición creyó turbarlo reprochándole hacer alas demasiado grandes a sus ángeles; mas él tuvo el buen sentido de responder que; “o no se hacían alas, o se las hacía a la medida del cuerpo”.
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