miércoles, 8 de agosto de 2012

Apuntes sobre pintura

GÉNESIS DE LA PINTURA URUGUAYA



(4ta. Parte)

El Taller Torres García inaugura a través de esa pintura ciudadana una nueva mirada sobre el paisaje local, al punto que, desde entonces, esas imágenes pasaron a identificarse con el ambiente humano, portuario, callejero y mundano del Montevideo de mediados de siglo.
En ese período comprendido entre 1930 y 1950, si bien los grupos ya mencionados de pintores en la escuela francesa de los años ´20 (llamados también de ”la nueva sensibilidad”) eran los tres polos que caracterizaban la producción pictórica en el Uruguay de la época, existía un gran número de artistas importantes cuya obra no puede ser referida a ninguno de estos grupos. Casos aislados como el de Alfredo De Simone, caracterizado por sus vigorosos paisajes del barrio sur; Eduardo Amézaga, Washington Barcala, Manuel Espínola Gómez, el propio José Cúneo, que por entonces trabajaba en su serie de ranchos y lunas iniciada en 1931, y muchos otros que confluirán con su obra en la fermental década de los años ´50.
Esta década reúne artistas de variadas tendencias; en su diversidad, se caracteriza por ser la década en que se genera y decanta el movimiento de los llamados “pintores abstractos”, en el clima de una extendida polémica entre los partidarios del realismo figurativo y los partidarios de la “no figuración” en la pintura. En 1952 de creo el Grupo de Arte no Figurativo, que continuará realizando exposiciones en los años siguientes y cuyos principales componentes fueron María Freire, José Pedro Costigliolo, Antonio Llorens, Guiscardo Améndola, , Rhod Rothfuss, Washington Barcala, entre otros. Estas incursiones en el “arte abstracto” estaban movidas por una corriente internacional que alentaba, pero también propiciadas por cierta confianza local en el progreso y en la necesidad de que el arte respondiera a ese nuevo imaginario industrialista que latía en la región y que había sido impulsado en el Uruguay hacia 1950.
La exposición que consagra en Montevideo la “nueva pintura” de la década se realiza en 1955 bajo el nombre “19 artistas de hoy” y reúne a pintores de diversas tendencias, pero con un marcado énfasis en los “no figurativos”, ya sea porque cultivan un espacio estrictamente geométrico, o porque se inclinan hacia la fuerza expresiva del trazo, o hacia una preocupación de tipo formal y estructural. Aún dentro de la variedad de criterios y diversidad de obras que presentó la exposición, es posible valorar en ella el desafío de participar en una situación cultural contemporánea que se plantean por primera vez muchos artistas uruguayos y que , en pintura, suponía el reconocimiento indiscutible de códigos estéticos modernos ya internacionalizados y de lugar preponderante para el problema de la “forma”, pasando el “tema literario” a segundo plano.
Algunos artistas, incluso, no solamente abandonan el “tema literario” (entendido como la anécdota narrada en la pintura, llámese paisaje, retrato, o cualquier otro conjunto de figuras que remite al mundo exterior), sino que abandonan también todas las reglas de composición, cromatismo, y estructuración formal del plano propias da la llamada “pintura moderna”; producen cuadros con gruesas superficies de materiales rústicos (arena, yeso, cemento; a veces con maderas y metales incorporados) o cuadros al óleo cuyas extensas superficies oscuras apenas permiten vislumbrar ciertas modulaciones tonales si que aparezca una intención figurativa o cromática precisa. A este tipo de pintura, practicado en el país entre 1959 y 1965 aproximadamente, se lo llamó “pintura informalista” (denominación bastante discutida en su época) y tuvo ciertos puntos en común con la pintura española de entonces, cuyo representante mas conocido fue Antonio Tápies, llegado a Montevideo para exponer en 1960.
Es importante subrayar que tanto esta pintura “informalista” practicada por artistas como Agustín Alamán, Andrés Montani, Jorge Páez, Américo Spósito, y Juan Ventayol, entre otros, como ciertas manifestaciones de la pintura “no figurativa”, así como muchas otras investigaciones pictóricas que partían de la representación de objetos para luego distorsionarla dando lugar a diversas modalidades de “abstracción figurativa”, constituyeron lo que podríamos llamar un verdadero “laboratorio formal colectivo” en la pintura uruguaya de los años ´50; un laboratorio que rendirá frutos en la producción artística (pictórica, gráfica, y audiovisual) de la década del ´60.
En los primeros años de esa década se abren múltiples espacios de producción y circulación para las artes plásticas (además de la Escuela Naciona lde Bellas Artes, que existía desde 1943), como nuevas galerías que ofrecieron oportunidades a los jóvenes, la escuela del Club del Grabado, La Feria de Libros y Grabados, el Centro de Artes y Letras El País, el Instituto de Artes Visuales, y el Instituto General Electric.
Particularmente este último, bajo la dirección de Ángel Kalemberg, dio lugar a una dinámica escena cultural donde tuvieron oportunidad de manifestarse los nuevos movimientos de la pintura, de la instalación de objetos, de la performance, de la música, en conexión con el Instituto Di Tella de la ciudad de Buenos Aires.

(Continúa la próxima semana)

Fuente: Gabriel Peluffo Linari (Breve Panorama de la Pintura uruguaya 1830-1980.
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