viernes, 1 de febrero de 2013



CON LA ARQUEÓLOGA CARMEN GARCÍA RIVERA
Cápsulas del tiempo



Daniel Veloso


LA BATALLA NAVAL de Trafalgar, ocurrida el 21 de octubre de 1805, enfrentó a la armada inglesa contra una coalición franco-española, en aguas del Océano Atlántico, frente a las costas de la provincia de Cádiz. La flota de Napoleón Bonaparte sufrió una durísima derrota y casi todos sus barcos fueron hundidos o apresados por los ingleses. Con decenas de heridos a bordo, perdidos los mástiles y todo el aparejo en combate, los navíos capturados fueron remolcados por los británicos hacia el puerto de Gibraltar, pero una tempestad hizo que muchos se fueran a pique.

El tiempo y el olvido, al igual que el océano, ocultaron el destino de esos grandes barcos, hasta que la arqueóloga Carmen García Rivera y su equipo del Centro de Arqueología Subacuática de Andalucía (CAS) los hallaron. Tras una larga investigación, tanto en archivos y bibliotecas como bajo la superficie del mar, los arqueólogos pudieron identificar a dos navíos de la armada francesa: el Bucentaure, de 80 cañones, hundido frente al área de La Caleta, en la costa de la ciudad de Cádiz, y el Fougueux de 74 cañones, hundido hacia el sur, cerca del poblado de Sancti Petri.

La arqueóloga española Carmen García, directora del CAS, estuvo en Colonia de Sacramento, Uruguay, en setiembre de 2011, como profesora invitada al Taller sobre Manejo y gestión de los recursos culturales subacuáticos, organizado por UNESCO y la Comisión de Patrimonio.

García contó que durante su época de estudiante, durante los años setenta, tuvo que estudiar historia ya que no había especialidad en arqueología. Luego, al obtener trabajo en el Museo de Cádiz, por fin pudo hacer arqueología terrestre: "Era impensable hacer arqueología bajo el agua en esos momentos". Por iniciativa del director del museo, se planteó abrir una línea de arqueología subacuática. García fue una de los jóvenes que aceptó el reto. "Ese fue mi inicio y allí empecé a bucear", explica.


"Es importantísimo que Uruguay se esté planteando iniciar una política coherente, lógica y científica de protección del patrimonio arqueológico subacuático". Aunque su disciplina es muy joven, y que los arqueólogos subacuáticos de España y Uruguay "tenemos problemas diferentes, si los miras de cerca son los mismos". Por eso afirma que es vital el intercambio de conocimientos "para que todos aprendamos de lo que está haciendo el otro".

CARTA ARQUEOLÓGICA.
   El patrimonio arqueológico subacuático de Andalucía es muy rico por la cantidad de pueblos que han navegado por sus costas. García explica que "con mil cien kilómetros, Andalucía es la comunidad autónoma que tiene mayor extensión costera. [Como] lugar de paso, de comercio y de asentamiento de pueblos ha sido una zona de intenso tráfico marítimo y por lo tanto de naufragios". Cuenta que bajo sus aguas hay un número muy importante de yacimientos arqueológicos, de los cuales se conocen con precisión 81, "pero es una mínima parte". Señala que se está en el comienzo y que el Centro de Arqueología Submarina apenas lleva quince años de trabajo.

Los primeros pasos para la protección del patrimonio arqueológico submarino de Andalucía fueron la creación del CAS. Una vez conformado, se decidió la confección de una "carta arqueológica" en la que estuvieran registradas todas las zonas arqueológicas de la costa andaluza. García señala que gracias a la recopilación de información "tenemos documentados más de mil naufragios"; y que "no sabemos dónde están, pero algún día los localizaremos".

"El proyecto de la carta sigue abierto, y creo que para siempre; es decir, pensar que vamos a llegar a conocer el cien por cien de lo que tenemos es imposible".

La arqueóloga cuenta que gran parte de esos naufragios que revelan las fuentes, como el Archivo General de Indias, se encuentran en el Golfo de Cádiz y muchos de ellos proceden del comercio con América. "Por eso es necesario establecer medidas de protección más específicas, porque algunos de los barcos que procedían de América podían venir con una carga económica importante y esos son los barcos que le interesan a los cazatesoros".

CONTRA EL EXPOLIO.
   La arqueóloga explica que en Andalucía el patrimonio arqueológico terrestre "está más considerado, es decir, se protege con determinadas figuras jurídicas, mientras que esas mismas figuras que también servían para proteger el patrimonio bajo el agua no se aplicaban nunca". Es así que se comenzó a revertir esta situación, "para protegerlo no tanto de la piratería de los cazatesoros, sino de otros peligros que la Convención de la UNESCO llama actividades legítimas", como es el dragado de un canal. "No es para que esas actividades no se puedan hacer, sino para hacer compatible la ejecución de la obra con la protección del patrimonio".

Para ello se delimitaron en la costa zonas arqueológicas, "que son aquellos espacios en el que conoces realmente la existencia de restos arqueológicos". Explica que los 81 yacimientos detectados son zonas arqueológicas. Otra figura que utilizan es la de servidumbre arqueológica, que es aquel espacio en el que se presupone, con fundamentos, la existencia de restos. "Por ejemplo, si se leyera en un documento que entre Torre Carbonera y Torre Zalabar se hundió un barco, pero que aún no hemos localizado, ese espacio entre las dos torres sería una zona de servidumbre arqueológica, y para realizar una obra allí, antes se debe pedir permiso a la Consejería de Cultura". Entonces los arqueólogos analizan el proyecto de obra y se elaboran "las cautelas arqueológicas que hay que tener, así se garantiza que la obra no dañe el patrimonio arqueológico subacuático".

Por otro lado, para proteger el patrimonio contra el expolio "se fomentaron las relaciones con los cuerpos de seguridad del Estado, para que estuviesen implicados en la vigilancia de esos espacios". Para ello se organizan cursos anuales con, por ejemplo, la Guardia Civil y la Guardia Civil del Mar. En 2006 esta cooperación dio resultados, con la operación llamada "Bahía Géminis", en la que se desarticuló una red de expoliadores que actuaba en aguas del Golfo de Cádiz.

A esta operación exitosa se le sumó el logro que fue para el Estado español, la devolución de las 595 mil monedas de plata y oro que la empresa estadounidense Odyssey sustrajo ilegalmente del naufragio español Nuestra Señora de las Mercedes (ver El País Cultural Nº 1153). Esta fragata, acompañada por otras tres, provenía de Montevideo con un cargamento de monedas de plata y oro, rumbo a Cádiz, cuando a un día de llegar a puerto fue interceptada por una escuadra inglesa. Durante el combate, ocurrido el 5 de octubre de 1804, un año antes que Trafalgar, la Mercedes estalló por los aires cuando un disparo de cañón le dio en la santabárbara. La fragata se hundió frente a las costas del sur de Portugal, regando el suelo marino con miles de monedas. El botín fue descubierto por la compañía Odyssey en 2007 con su robot submarino Zeus.

Pero la empresa cazatesoros ocultó el nombre del naufragio y hasta sacó a través de Gibraltar las diecisiete toneladas de monedas, llevándoselas a Estados Unidos.

Lo que no sospechaba Odyssey era que España había vigilado sus movimientos y que hasta sabía que la empresa había pagado a historiadores para que buscaran información sobre la Mercedes en el Archivo de Indias. A partir de allí se entabló una demanda contra la empresa. Tras un largo juicio, el 22 de diciembre de 2009 un juez federal de EE.UU. dictaminó que la empresa debía devolver el tesoro al Estado español. Finalmente el 25 de febrero de 2012 las monedas llegaban vía aérea a España. Parte de ellas será enviada al Centro de Arqueología Subacuática para su estudio, aunque los científicos se lamentan por la falta la información sobre el contexto en que se hallaron y la forma en que se extrajeron del yacimiento.


LO QUE PUEDAS CONSERVAR.
   Carmen García se opone a la idea de que los Estados permitan a las empresas cazatesoros actuar sobre un naufragio: "Tratan a un yacimiento arqueológico como una fuente de provisión de objetos, y el objeto por sí mismo no interesa; eso me encantaría que la gente lo entendiera".

"Imaginen un barco hundido, del siglo XVII, cubierto por sedimento", dice, mirando las aguas marrones del Río de la Plata. "Allí está enterrado como en una especie de burbuja, guardando un momento de aquella época". Explica que cualquier persona sin un criterio arqueológico que lo excavara, "lo que hace básicamente es un boquete para recuperar objetos". Al contrario, un arqueólogo debe tratar "con el máximo respeto la información histórica, levantando por capas, para tratar de extraer de cada una los datos que el yacimiento pueda proporcionar". Por ejemplo, información de cómo era la vida a bordo del navío, sobre las costumbres de la época, la navegación, el comercio, o sobre la arquitectura naval. "Ese naufragio ha sobrevivido hasta hoy y está esperando que nosotros lo encontremos y lo investiguemos". Recalca que una empresa cazatesoros que se plantee un objetivo mercantil sobre un yacimiento como el descrito, "lo que hará es destruirlo y al hacerlo, destruye información histórica que no se podrá recuperar jamás; y eso es una canallada".

García añade que la idea de patrimonio implica que es de dominio público. "Cuando defiendo el patrimonio arqueológico no estoy defendiendo algo que me interesa a nivel personal, sino que estoy defendiendo algo que pertenece a todos y que es la historia de todos". Como tal, debe ser recuperada, pero con la garantía de que el yacimiento no será estropeado. "Si como arqueólogo me enfrento a un yacimiento y no tengo la seguridad de que a ese yacimiento le puedo sacar el máximo de información, lo dejo ahí; porque tenemos mucho tiempo por delante y muchos yacimientos". En ese caso se debe investigar otro en el que se obtengan resultados sin causar grandes daños "y ese va a quedar para las generaciones futuras, que a lo mejor tendrán unas técnicas espléndidas para poder investigarlo". Este es el principio de conservación in situ que sostiene la Convención de la UNESCO de 2001. "A veces se entiende mal, ya que in situ no quiere decir, como a veces lo utilizan los cazatesoros, como aspecto negativo de la arqueología: no toques nada y déjalo todo en el agua".

Se debe sacar del agua los elementos que ayuden a la investigación y lo que pueda ser conservado en tierra. "Si sacas los restos del medio acuático y no le aplicas las técnicas de conservación adecuadas, se pierden irremediablemente". Por ejemplo, el hierro y la madera empezarían un proceso de corrosión imparable. "Si encuentro un barco y no tengo garantías de que voy a aplicar tratamientos de conservación adecuados, ¿voy a extraer algo del siglo XVII para que lo perdamos en dos meses?".

EL BOTÓN DE UNA CASACA

   AL APROXIMARSE las celebraciones por los doscientos años de Trafalgar, el CAS decidió investigar el paradero de los naufragios de aquella batalla en las costas andaluzas. Primero se buscó en las fuentes documentales y arqueológicas información sobre los posibles lugares donde se hundieron las naves. Luego de elegirse las zonas se hicieron campañas de prospección para buscar los restos de los navíos. Los trabajos del Centro de Arqueología Subacuática comenzaron en 1999. En 2005 cuando se conmemoró el bicentenario de la batalla se realizó una exposición, donde se ofrecieron pruebas de que el Bucentaure, el navío del almirante Villeneuve, estaba hundido frente a la playa La Caleta de la ciudad de Cádiz. Pero lo mejor estaba por venir. En 2006 y 2008 la campaña continuó en la playa de Camposanto, al este de la ciudad, en busca del Fougueux.

Finalizada la batalla, el barco francés, sin timón, con todos sus mástiles derribados y con decenas de heridos a bordo, fue remolcado hasta Gibraltar, pero la tormenta que se desató al caer la noche terminó lo que las balas de cañón habían empezado. El "Fogoso" se hundió con 500 tripulantes, cerca de Sancti Petri.

Los arqueólogos encontraron entre los restos del naufragio elementos que le permitieron reconstruir la vida a bordo, como monedas, hebillas y botones. En uno de éstos se encontró una de las mejores pistas de que se trataba del navío francés. Los uniformes de los soldados que llevaba cada buque de guerra tenían el número de su destacamento en los botones de sus uniformes. En las excavaciones apareció un botón con el número 79. Los documentos revelaron que en la batalla de Trafalgar había cinco compañías embarcadas con el número 79. Dos a bordo del Redoutable, y las restantes repartidas entre el Argonaute y el Fougueux. Los dos primeros habían sido hundidos en alta mar, mientras que sobre el último las fuentes lo daban por perdido cerca de Sancti Petri. El botón con el 79 era la prueba que necesitaban. Sin embargo, Carmen García Rivera, cautelosa, explica que no se debe tomar al botón "como la prueba concluyente y definitiva para la identificación del pecio", sino que es "un indicio más", como las monedas o los cañones de origen francés. García aclara que la investigación está abierta, aunque no se continuará excavando para priorizar la conservación "in situ", tal como recomienda la Convención de la UNESCO.


Extraído de: http://www.elpais.com.uy
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