Yo sé que en el pago me tienen idea
Aldo Roque Difilippo
Hace 106 años nacía en Cañada Grande (Treinta y Tres) Serafín José García (1905-1985), el subcomisario que llegó a ser reconocido como uno de nuestros mayores poetas populares.
Hijo de Serafín García, minuano, y doña Sofía Correa, treintaitresina, integrante de una familia de viejo arraigo en aquel departamento, Serafín nació el 5 de junio de 1905. Se dice que su madre lo nombró José porque ella era devota de San José.

Publicó, entre otros títulos, en una larga lista: En carne viva (1937), Tierra amarga (1938), Burbujas (1940), Barro y sol (1941), Asfalto 1944), Raíz y ala (1949), Romance de Dionisio Díaz (1949), Las aventuras de Juan el Zorro (1950), Agua mansa (1952) y Flechillas (1957), títulos a los que se les suma Los partes de Don Menchaca (1957), relatos bajo el seudónimo de Simplicio Bobadilla.
Un libro sucio de vida
El mérito mayor de todo poeta, más que el reconocimiento erudito es que su mensaje llegue a todos los estratos sociales; y la poesía de Serafín J. García, sin dudas ha calado hondo en esos sectores de la sociedad que posiblemente no sean asiduos lectores. Prueba de ello son dos anécdotas relatadas por Juan Carlos Urta Melián en el prólogo de la edición de Tacuruses realizada por la Biblioteca Artigas en 1985. "Nuestro poeta, acompañado por un amigo, llega una mañana a Estación Drabble (José Enrique Rodó) en viaje a Mercedes donde debe dictar una conferencia. Entra al boliche y encuentra el ambiente muy animado, sobre todo por la presencia de un grupo de troperos que beben junto al mostrador. De pronto el acompañante del conferencista observa que de entre las ropas de uno de ellos asoma un ejemplar de Tacuruses (Nos acota el escritor: "era un libro sucio de vida, con manchas de yerba y marcas de cigarro"). El curioso se acerca al tropero y le pregunta: "¿usted lee ese libro?" Y el interpelado le contesta: "Mire amigo, yo no sé leer, pero este libro me acompaña desde hace más de diez años. Lo hago leer por mis compañeros y así lo voy aprendiendo de memoria". Y como demostración, de inmediato se pone a recitar un poema de ese libro. Al cabo, el amigo de Don Serafín descarga sobre el recitador el latigazo de la sorpresa: "¿y usted sabe quién es este hombre? ¡El autor de ese libro!". Recuerda el poeta que el abrazo fue interminable y que las copas que le siguieron superaron a las previstas".
La segunda anécdota, no es menos demostrativa: "La acción se sitúa en una estancia de Tacuarembó, allá por la década del 40. En un alto del trabajo del día, y como ocurre frecuentemente desde hace algún tiempo, el dueño de la estancia está rodeado por sus peones que escuchan atentamente la lectura de algunos poemas de Tacuruses. De pronto, en el momento en que el lector transcurría por la mitad de "Orejano", la voz tajante de un hombre aindiado y tosco, de oficio domador, por más datos, interrumpe la lectura: "Yo al autor de esos versos lo conozco". "No puede conocerlo, le replica el estanciero, porque el autor de esos versos vive en Treinta y Tres y usted nunca salió de aquí. El hombre, después de un momento de vacilación, insiste: "pero entonces él me tiene que conocer a mí, porque si no me conociera no podía haber escrito eso".
Pensamos que no puede haber demostración más elocuente que esta anécdota, para probar esa "autenticidad" que nosotros hemos destacado como valor supremo del libro", concluye Urta Melián.
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