sábado, 12 de noviembre de 2011

Hablando de Bueyes Perdidos

Cuando los sistemas de seguridad no existen



                                                                Ángel Juárez Masares


Hay momentos en que uno se detiene y observa su propia vida desde el palco más alto y lejano del escenario.  Desde  allí, a distancia prudencial de las damas vestidas para la ocasión, el anonimato y la penumbra  permiten una visión más clara de los diferentes personajes que le ha tocado representar a lo largo de la existencia.
Entonces –como esta noche- el telón de la memoria se levanta y me veo a la izquierda de la escena vestido con un saco blanco, pantalón negro, moño de igual color, y las manos caídas al costado del cuerpo. En el centro, varios hombres sentados en cómodos sillones conversan y ríen. Uno de ellos ha puesto una pistola automática sobre una silla pequeña. Me ignoran. Yo espero.
La obra está ambientada en el Ministerio de Bienestar Social de Buenos Aires. Es lunes 1º de julio de 1974, y exactamente a las 14:10, María Estela Martínez de Perón –en ejercicio de la presidencia desde el sábado 29 de junio- anuncia a todo el país el fallecimiento del teniente general Juan Domingo Perón. Poco después se conocerá el parte médico en que los doctores Pedro Cossio, Jorge Taiana, Domingo Liotta y Pedro Eladio Vázquez certifican las causas de la muerte de Perón. Dice así: “El señor teniente general Juan Domingo Perón ha padecido una cardiopatía isquémica crónica con insuficiencia cardíaca, episodios de disritmia cardíaca e insuficiencia renal crónica, estabilizadas con el tratamiento médico. En los recientes días sufrió agravación de las anteriores enfermedades como consecuencia de una broncopatía infecciosa. El día 1º de julio, a las 10.25, se produjo un paro cardíaco del que se logró reanimarlo, para luego repetirse el paro sin obtener éxito todos los medios de reanimación de que actualmente la medicina dispone. El teniente general Juan Domingo Perón falleció a las 13.15”
Ha pasado una semana. A un costado del escenario, un televisor  muestra la imagen de “Isabelita” pronunciando un discurso. Los hombres hacen silencio durante unos segundos para escuchar algunos pasajes de la alocución, y ríen entre referencias a cacatúas y otras aves tropicales de igual especie.
Yo estoy otra vez parado casi entre bambalinas. Soy “una cosa”…un bien mueble.
Al cabo de cierto tiempo los señores ordenan: whisky para todos… ”¡ah!...pero traiga la botella”.
Parto a cumplir la orden, regreso y sirvo la primera ronda. Me ignoran. Hago mutis. En la cocina están cuatro de los catorce guardaespaldas del  Dr. Vázquez (médico “de cabecera” de Isabelita). Todos atentos a la última hazaña que relata el barbado de pelo largo, jeans, y sandalias de cuero, quien debajo del chaleco “al telar” adornado con llamas, guanacos y quenas, porta un arma de proporciones monumentales. Todos beben whisky como si fuera Coca Cola. El hombre cuenta como los tipos de la camioneta saltaron al recibir los tiros, y como uno de ellos murió cubriéndose la cara con un maletín. Ríen. El pelilargo acota que al final tuvieron que cargar con los muertos porque el dato era falso, “y los desgraciados eran unos pibes que vendían artículos de barraca”. Como el episodio “no daba para más”, otro pregunta algo sobre el partido del domingo, y cambian el tema de los muertos equivocados por algo más interesante: como formará la defensa de Chacarita ante River el próximo domingo.
Son las tres la tarde y el libreto dice que debo hacer mutis por el foro. En el baño me pongo la ropa “de civil” y bajo por las escaleras. Nunca lo hago por el ascensor. Me gusta la soledad de las escaleras, y la incertidumbre de no saber qué habrá luego del próximo rellano.
Mañana a la mañana volveré a escena. Ingresaré por la puerta lateral, y Anselmo el portero, me saludará con su voz de barítono (no se porqué razón me recuerda a Yago, el personaje de Otello). Más adelante, los cuatro milicos harán lo mismo. Hace tanto tiempo que sirvo café y whisky en ese teatro, que ya no me piden el carné habilitante. Documento mágico que me abre las puertas de todas la oficinas (hasta la que suele frecuentar “El Brujo” López Rega), y que no termina de sorprenderme, porque en realidad soy un “indocumentado” en un país extranjero.
Desde la penumbra del palco de los recuerdos, me veo también saliendo de mi cuarto de hotel tres veces a la semana en el correr de tarde –nunca a la misma hora-  y haciendo  “la recorrida” recogiendo algunas “cartas” de gente marcada. Son como los “trencitos” que hacen los gurises (allá los pibes) en el liceo, y que se pueden meter fácilmente en la cinta de badana de mi gorra vasca.
¿Qué tiene que ver este divague teatral con el título?
Pensemos un momento: ¿de qué valen catorce custodios, cuatro controles a la vista y otros encubiertos cuando los “poderosos” de turno pierden la noción del hombre?
La obra que os he relatado muy someramente no tiene final… o por lo menos hoy no tengo deseos de contárselo. Pero… ¿Qué tal si hubiera deslizado la dosis necesaria de veneno en un pocillo de café, y luego hubiera bajado tranquilamente las escaleras? Porque me gusta la soledad de las escaleras, y la incertidumbre de no saber qué habrá luego del próximo rellano.

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