sábado, 5 de mayo de 2012

Apuntes de Pintura
Cézanne autorretrato con paleta.
Acerca de
la “construción” de una obra
de arte
                                                                  
                                                      
Ángel Juárez Masares


Sin duda el Arte fue y será una de las disciplinas o actividades del hombre sujeta a mayor número de definiciones. Sin embargo toda historia del arte es una historia de modos de percepción visual; de las diversas maneras en el que hombre ha visto al mundo, y cómo lo ha interpretado. No faltará quien argumente que solo hay una manera de ver el mundo, es decir, la que se presenta ante su propia visión inmediata. Pero esto no es así; vemos lo que aprendemos a ver, y la visión se convierte en un hábito, en una selección parcial de cuanto se ofrece a la vista, y deformado sumario de lo demás. Vemos lo que queremos ver, y lo queremos ver está determinado, no por las inevitables leyes de la óptica, sino por el deseo de descubrir o construir un mundo creíble. Lo que vemos “debe” ser un hecho real, y el arte se convierte de ese modo en una construcción de la realidad.
Podría asegurarse que lo que llamamos el movimiento moderno en arte, comienza con la determinación de un pintor francés de ver el mundo objetivamente. No hace falta ningún misterio acerca de este mundo: lo que Cézanne deseaba era ver el mundo, o la parte de él que estaba contemplando, como un objeto, sin intervención de la pulcra mente ni las desordenadas emociones. Sus inmediatos predecesores, los impresionistas, habían visto el mundo subjetivamente, es decir, según se presentaba a sus sentidos en diversas luces o desde distintos puntos de vista. Cada ocasión causaba una impresión diferente en sus sentidos, y para cada ocasión tenía que haber una separada obra de arte.
Cabe preguntarse aquí, por qué en la larga historia del arte, nunca antes ocurriera que un  artista deseara ver el mundo objetivamente. Sabemos que en diversas épocas hubo intentos de hacer arte imitativo; no solamente el arte griego o romano, sino también el renacimiento del arte clásico en Europa, fueron períodos de arte impulsados por el deseo de representar el mundo “como realmente es”. Pero entre el hecho visual y el acto de realizar la visión, siempre intervino una actividad que solo podemos llamar interpretativa. Esta intervención parecía necesaria por la misma naturaleza de la percepción, que no presenta a los sentidos una imagen plana bidimensional con límites precisos, sino un foco central con una periferia de objetos vagamente aprehendidos y aparentemente deformados. El artista podía concentrar su visión en un solo objeto, por ejemplo, una figura humana o inclusive un rostro humano, pero aún así, había problemas como el de representar en un cuadro, la solidez de un objeto y su lugar en el espacio.
Quizá podríamos deducir de la historia del arte que la realidad es un fuego fatuo, algo existente que podemos ver, pero nunca captar.
Cézanne no era un revolucionario por temperamento, y no es fácil explicar por qué, pero su obra se tornó importante para el futuro desarrollo del arte. La explicación depende de la debida comprensión de dos palabras frecuentemente utilizadas por él: realización, y modulación. La primera, sin otra acepción que “hacer”, “realizar”, sin mas resonancias literarias o académicas. La segunda, aplicada a ajustar un material (en este caso pintura) a cierto tono o intensidad (en este caso color). El método de Cézanne era elegir un tema: paisaje, persona, naturaleza muerta, para luego realizar su aprehensión visual se ese motif y, en ese proceso, no perder nada de la intensidad vital que el motif poseía en su existencia real.
Las grandes bañistas, Paul Cézanne, 1906.
Cézanne siempre insistió en que la percepción humana era “confusa”. En una carta a Joachim Gasquet dijo: “esas confusas sensaciones que traemos desde el nacimiento”. Entendía, sin embargo, que mediante la concentración y la búsqueda, el artista podía poner en orden esa confusión, y que el arte es –esencialmente- la consecución de un orden estructural dentro del campo de nuestras sensaciones visuales.
Finalmente creemos oportuno volver por un momento a lo que Cézanne entendía por modulación; el ajuste de una zona de color a sus zonas vecinas: un proceso continuo de conciliar la multiplicidad con una unidad general. Descubrió que la monumentalidad de una pintura depende de una paciente “albañilería”, tanto como de la concepción arquitectónica generalizada.
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