viernes, 27 de mayo de 2011

EDITORIAL

Hablar de cultura no es asunto menor



Aldo Roque Difilippo

Desde hace algunos años ha desaparecido la sección “Cultura” de las diferentes publicaciones, un hecho que a primera vista podría resultar curioso -y que merece una reflexión- ya que evidencia un cambio de tendencia en la forma de hacer periodismo.
Si usted se toma el trabajo de revisar diarios, revistas o semanarios que se editan en nuestro país o en el extranjero, notará que el cambio de diseño ha llevado a unificar la información como si se estuviera escribiendo para un único lector. Apurado, con poco tiempo, con necesidad de informarse pero  con pocas ganas de profundizar; deseoso de devorar titulares para hacerse una composición de lo que está pasando pero no adentrarse en los temas y mucho menos intentar meditarlos, comprenderlos o cuestionarlos.
Si la página de “Cultura” todavía sobrevive en alguna  publicación, es posible que esté unida a “Espectáculos”, donde la información que  se edita  pasa más por lo que está sucediendo  que por el contenido. Quizá pueda encontrar allí alguna crítica teatral o cinematográfica, pero la valoración pasa más  por el hecho consumado que por la profundización o la reflexión  de esa puesta en escena, película, espectáculo musical o lo que fuere.
En las páginas de los diarios y revistas que todavía mantienen el rótulo de “Cultura” literalmente han desaparecido las notas y artículos que inviten al análisis, a la contraposición de ideas o conceptos estéticos, y ya casi nadie escribe o habla de literatura, filosofía, pintura, música, danza; más allá de la crónica puntual de  informar que  mañana fulano expondrá en tal lado, o el concertista zutano se presentará en tal  sala.
Quizá en Uruguay la excepción a la regla siga siendo el Suplemento Cultural que semanalmente edita el diario El País. Pero a diario en éste y en el resto de la oferta de propuestas impresas el periodismo cultural desapareció; y ni que hablar que directamente no existe ni en televisión ni en  radio.
Aquellos temas que podrían rozar “lo cultural” pasan más por el periodismo de actualidad o de declaraciones, es decir tal artista presentará algo y allá el jefe de redacción manda a un periodista que  pregunta cuatro o cinco obviedades para  llenar los 30 segundos de aire, o los dos mil caracteres que el editor dispuso para la  nota.
Desde la irrupción de  Internet en nuestras vidas el lenguaje escrito se ha vuelto más conciso, más llano. El diccionario de cualquier periodista se ha reducido considerablemente, y los giros idiomáticos, por imposición del mercado o de las circunstancias, han ido pasando por un cernidor que todo lo unifica. Que podrá resultar ágil para un lector medio, pero que le quita atractivo y sabor a la lectura.
Hacer periodismo cultural no es hablar de banalidades, de temas para señoras o jubilados que quieren distraerse y pasar el tiempo. No es esquivar la realidad, sino enfrentarla desde una perspectiva que está en igual dimensión que la política, porque forma parte de ella. No es lo mismo un hecho cualquiera desde la visión  y la concepción de un asiático, que de un rioplatense, pero tampoco la comprensión y el impacto de esa  noticia será la misma si el individuo no está capacitado para  recibirla. Un lector  sin preparación seguramente dimensionará de otra forma  una información sobre un terremoto, si lo comparamos con otro con un  bagaje cultural medio, que seguramente le permitirá ubicar geográfica, demográfica y culturalmente el mismo hecho.
Hacer periodismo cultural es hacer periodismo, porque es hablar de política, de economía, de geografía, de historia, y en definitiva, de las actividades del hombre y su interacción social. Es volver a la esencia de la comunicación, donde un hecho vale si se lo enmarca en un contexto; y más allá de exponer los qué, cómo, dónde, y cuándo ocurrió tal cosa, pretende –y a veces lo consigue-  explicar “por qué” sucede.
Quizá una de las razones de este cambio de postura, es que la prensa escrita viene copiando modelos y modismos del periodismo televisivo, donde la imagen prevalece sobre el discurso, y fundamentalmente donde el impacto de esos 30 segundos que ocupa un tema debe ser inmediato para evitar el zapping del televidente. Pero muchas veces los periodistas  de medios escritos, perdemos la referencia que  el lenguaje televisivo  está mucho más emparentado al espectáculo que al periodismo, que muchas veces –con las excepciones y salvedades de todos los casos-  prevalece el efecto que causará determinado tema y no el tema en si. Piénsese en la información policial  -quizá el más claro ejemplo- donde la noticia se dirige al  hecho directo y doloroso del accidente, del robo, o la rapiña, y no a la profundización de las causas, al seguimiento del tema, a la contraposición de ideas o de datos estadísticos que puedan explicar  determinado hecho.
Hablar de cultura en estos tiempos no es referirnos  a lindos poemas al amor o a la belleza, no es el pasatismo de quien no sabe que hacer con su tiempo libre y se inscribe en un curso de manualidades. Es hablar de  la esencia misma de nuestra sociedad, de los hechos que nos conmueven por su belleza, o por su dramatismo; es hablar de las complejidades y contradicciones de Ser Humano, y de la sociedad creada a su imagen y semejanza (compleja y contradictoria) de la que formamos parte.
Quino, siempe Quino

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