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sábado, 27 de diciembre de 2014

ALEXANDRE GUSTAVE EIFFEL, CONSTRUCTOR DE GIGANTES



Alexandre Gustave Eiffel nació en Dijon el 15 de diciembre de 1832 y murió en París el 27 de diciembre de 1923. Ingeniero y arquitecto, tras graduarse en la Escuela de Artes y Oficios de París 1855, se especializó en la construcción de puentes metálicos. Su primera obra de este tipo la realizó en Burdeos en 1858; en 1877 diseñó el impresionante arco de metal de 160 metros del puente sobre el Duero, cerca de Oporto. Poco más tarde superó su propia marca con el viaducto de Garabit, durante muchos años el tendido artificial más alto del mundo (120 metros). Pionero a la hora de considerar el factor aerodinámico en sus construcciones, hasta el punto de construir en Auteuil el primer laboratorio de aerodinámica, se incluyen en su haber obras tan diversas como el domo móvil del observatorio de Niza o la estructura metálica de la célebre estatua de la Libertad, en Nueva York.
Sin embargo, su mayor logro fue la impresionante torre de acero situada en París y que fue bautizada con su nombre. La torre Eiffel se edificó en el Campo de Marte de París para la Exposición Universal de 1889. Actualmente es uno de los edificios más conocidos del mundo y se ha convertido en el símbolo de la capital francesa.
La organización de la Exposición Universal, conmemorativa del centenario de la Revolución Francesa (1789), fue aprovechada por Eiffel para demostrar al mundo los avances tecnológicos de la arquitectura de su país mediante la erección de una torre de 300 metros de altura y estructura de hierro. Tras la aprobación del proyecto (concebido por su colaborador Maurice Koechlin) por el organismo competente, se erigió en la orilla izquierda del Sena, en pleno centro de París. Las obras se iniciaron en 1887 y en su construcción se invirtieron dos años y 6.900 toneladas de hierro.
La torre se levanta sobre una base cuadrada de 125 metros, que tiene incrustados en sus ángulos los cuatro soportes de arranque en los que se inscriben los elegantes arcos que sostienen los diferentes pisos. Las curvas de los cuatro laterales proporcionan una impresión de fuerza y de belleza y los huecos favorecen el paso del aire, garantizando la estabilidad del edificio. Su sistema de ascensores de gran cabida fue el primero que se instaló en el mundo. Sus 300 metros la convirtieron en el edificio más alto del mundo hasta la inauguración del Empire State Building de Nueva York en 1922.
Su construcción despertó una encendida polémica, pues muchos la consideraban una tosca estructura carente de sensibilidad artística. En los inicios de su construcción, un grupo de intelectuales -entre los que destacaban Garnier y Zola- firmaron una carta de protesta dirigida al comisario de la Exposición, en la que se quejaban de esa "torre vertiginosa y ridícula que domina París, como una gigantesca y oscura chimenea de fábrica". El compositor Charles Gounod y el escritor Alexandre Dumas, hijo, redactaron una carta de protesta por la construcción de la torre; el escritor Guy de Maupassant abandonó París para demostrar su disgusto. Pero una vez acabada, muchos de los detractores iniciales se sintieron seducidos "por lo fantástico que deleita nuestra pequeñez. Bien plantada sobre sus piernas arqueadas, sólida, enorme, monstruosa, brutal, se diría que, despreciando silbidos y aplausos, trata de buscar y desafiar al cielo, sin importarle lo que se mueva a sus pies".
Concebida inicialmente como atracción temporal, en 1909 fue comprada por el estado francés. Más tarde se pensó en su demolición debido a los elevados costos de mantenimiento y al peligro de un futuro debilitamiento de la estructura por oxidación. Sin embargo la fuerte reacción popular ante la idea de que la torre, considerada como un símbolo nacional, desapareciera, hizo que se desistiera de tal propósito. En la actualidad, además de constituir una atracción turística, la torre alberga las instalaciones de la Radiotelevisión Francesa y funciona como baliza para los aviones que se dirigen al aeropuerto parisiense de Orly.



viernes, 11 de octubre de 2013

LE CORBUSIER, Y LA TRANSFORMACIÓN DE LA VIVIENDA EN UNA OBRA DE ARTE



Charles Édouard Jeanneret nació en La Chaux-de-Fonds  el 6 de octubre de 1887  y murió en  Cap Martin el 27 de agosto de 1965. Arquitecto francés de origen suizo fue -junto a Walter Gropius-  el principal protagonista del renacimiento arquitectónico internacional del siglo XX. Además de ser uno de los más grandes renovadores de la arquitectura moderna, fue un incansable agitador cultural, labor que ejerció con pasión a lo largo de toda su vida. Con sus escritos se ganó una merecida fama de polemista y aportó un verdadero caudal de ideas innovadoras que han hecho que su obra influya decisivamente en la arquitectura posterior.
Con una formación tan sólo artesanal, construyó su primera casa a los diecisiete años. Aprendió después con los mejores arquitectos de su época: Joseff Hoffmann, Auguste Perret y Peter Behrens. En 1919 fundó con Amadée Ozenfant el purismo, una derivación del cubismo. También había creado una revista, L'Esprit Nouveau, desde la que lanzaba sus proclamas contra la Escuela de Bellas Artes y fustigaba los dictados de una tradición anquilosada y obsoleta.
En 1921 Le Corbusier publicó un artículo en el que exponía un concepto totalmente nuevo de vivienda. Para guardar concordancia con su tiempo, la casa debía ser una "máquina para vivir" y homologarse al resto de bienes que configuran la sociedad tecnológica. Con ello no defendía la estética ni el espíritu maquinista, sino que trataba de hacer una casa tan eficaz funcionalmente como lo eran las máquinas en las tareas para las que habían sido inventadas.
La vida moderna traía consigo una serie de exigencias cuya satisfacción era imposible encontrar en la pervivencia de la arquitectura tradicional; había por ello que adecuar la arquitectura a la civilización industrial. "Nosotros gustamos del aire puro y del sol a raudales... -afirmó-. La casa es una máquina de vivir, baños, sol, agua caliente y fría, temperatura regulable a voluntad, conservación de los alimentos, higiene, belleza a través de proporciones convenientes. Un sillón es una máquina de sentarse... los lavabos son máquinas para lavar... El mundo de nuestro quehacer ha creado sus cosas: la ropa, la estilográfica, la cuchilla de afeitar, la máquina de escribir, el teléfono... la limusina, el barco de vapor y el avión."
Así, pues, era absolutamente necesario crear también una nueva arquitectura, y Le Corbusier la fundó en torno a cinco puntos básicos: utilización depilotis (elementos de sustentación), jardines en el tejado, libre conformación de las plantas, ventanales continuos y libre formación de la fachada, todo ello dentro de un estricto orden geométrico como único generador de "volúmenes puros". Estas soluciones pasarían a ser las características fundamentales y paradigmáticas del racionalismo arquitectónico.
La utopía de Le Corbusier fue crear una nueva realidad urbana, una ciudad que fuera una síntesis entre naturaleza y desarrollo tecnológico. Para ello, arquitectura y urbanismo debían estar perfectamente integrados. Le Corbusier concebía el urbanismo como interacción del espacio de la civilización en el espacio de la naturaleza y su ciudad ideal, proyectada en 1922, está construida en vertical, dejando libres grandes zonas de la superficie del suelo, que se convierten en zonas verdes para discurrir por debajo de los edificios. Éstos se levantan sobre pilotis, dejando las plantas bajas como espacios de libre comunicación. Los tejados, convertidos en jardines, dejan de ser espacios inútiles; las calles son de amplias dimensiones y el tráfico se organiza en grandes vías de circulación rápida, netamente separadas de las zonas para peatones.
Ante el caos de los grandes centros urbanos, incapaces de absorber la imparable aglomeración de vehículos y personas, Le Corbusier soñó una ciudad de rascacielos conectados por jardines y autopistas, pero sus sueños eran sólo de papel y, aunque proyectó decenas de rascacielos, nunca construyó ninguno. En los años veinte, aun tenía que conformarse con la construcción de casas aisladas; una de éstas, que ha pasado a la historia como magnífico ejemplo del racionalismo corbuseriano, es la Ville Savoye

(1928-1929, Le Possy), una aplicación de la casa sustentada por pilotis, relacionada con el exterior a través de grandes cristaleras y con los espacios interiores conectados.
En el período de reconstrucción postbélica, Le Corbusier ideó una ciudad estructurada en unités d'habitation, elementos modulares de un nuevo desarrollo urbanístico. Su idea era construir grandes edificios de apartamentos dotados de los servicios necesarios para constituirse en unidades autosuficientes y su sueño encontró una fragmentaria realización en la Unité d'habitation de Marsella (1947-1952).
El edificio, concebido como un gran armazón en el que se encajan las viviendas, contiene trescientos treinta y siete apartamentos dúplex; las plantas séptima y octava están reservadas a tiendas comerciales; la terraza alberga diversos equipamientos colectivos: gimnasio, pista de atletismo, teatro al aire libre, guardería y piscina, y en la fachada el cromatismo de las hornacinas de las ventanas y balcones, pintadas en azul, amarillo, rojo y verde, rompe la monotonía del hormigón.
El inmueble pronto fue conocido en Marsella como "la casa del chiflado" y recibió numerosas críticas. A pesar de las muchas deficiencias que la realidad del funcionamiento del edificio puso en evidencia, constituyó el modelo de nueva arquitectura para toda una generación de arquitectos y muchas de sus ideas pasarían a ser de uso corriente en la construcción posterior. Le Corbusier siguió mejorando el proyecto durante toda su vida, aunque sólo se construyó otraUnité d'habitation en Nantes.
Le Corbusier realizó planes urbanísticos para muchas ciudades, entre ellas París (1925), Argel (1931), Barcelona (1932), Estocolmo (1933), o Saint Dié (1945). En la Carta de Atenas (1943), su escrito más importante junto a Hacia una arquitectura (1923), Le Corbusier enunció los principios generales que inspirarían las nuevas tendencias del urbanismo moderno. Entre ellos destaca la apuesta por la edificación abierta que, al contrario de la planificación basada en manzanas cerradas, permite la concentración de viviendas en altura para dejar grandes espacios abiertos ocupados por jardines; además, Le Corbusier propugnaba la sectorialización de la ciudad, dividiéndola en áreas especializadas (comerciales, administrativas, lúdicas). Este ideal de ciudad ha sido construido por otros arquitectos en las periferias de las grandes ciudades, aunque a menudo estas realizaciones no son sino groseras banalizaciones de la fantástica utopía de Le Corbusier.