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viernes, 31 de octubre de 2025


sábado, 18 de abril de 2015

 “LOS MAPAS DEL ALMA NO TIENEN FRONTERAS”

El primer ciudadano ilustre del Mercosur



En 2008, Galeano recibió la distinción del bloque regional y brindó un inolvidable discurso, en el que dijo ser "patriota de varias patrias". "Sólo siendo juntos seremos capaces de descubrir lo que podemos ser, contra una tradición que nos ha amaestrado para el miedo y la resignación y la soledad y que cada día nos enseña a desquerernos", expresó.

Por Eduardo Galeano
Nuestra región es el reino de las paradojas.
Brasil, pongamos por caso: paradójicamente, el Aleijadinho, el hombre más feo del Brasil, creó las más altas hermosuras del arte de la época colonial; paradójicamente, Garrincha, arruinado desde la infancia por la miseria y la poliomelitis, nacido para la desdicha, fue el jugador que más alegría ofreció en toda la historia del fútbol y, paradójicamente, ya ha cumplido cien años de edad Oscar Niemeyer, que es el más nuevo de los arquitectos y el más joven de los brasileños.
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O pongamos por caso, Bolivia: en 1978, cinco mujeres voltearon una dictadura militar. Paradójicamente, toda Bolivia se burló de ellas cuando iniciaron su huelga de hambre. Paradójicamente, toda Bolivia terminó ayunando con ellas, hasta que la dictadura cayó.
Yo había conocido a una de esas cinco porfiadas, Domitila Barrios, en el pueblo minero de Llallagua. En una asamblea de obreros de las minas, todos hombres, ella se había alzado y había hecho callar a todos.
–Quiero decirles estito –había dicho–. Nuestro enemigo principal no es el imperialismo, ni la burguesía ni la burocracia. Nuestro enemigo principal es el miedo, y lo llevamos adentro.

Y años después, reencontré a Domitila en Estocolmo. La habían echado de Bolivia, y ella había marchado al exilio, con sus siete hijos. Domitila estaba muy agradecida de la solidaridad de los suecos, y les admiraba la libertad, pero ellos le daban pena, tan solitos que estaban, bebiendo solos, comiendo solos, hablando solos. Y les daba consejos:
–No sean bobos –les decía–. Júntense. Nosotros, allá en Bolivia, nos juntamos. Aunque sea para pelearnos, nos juntamos.
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Y cuánta razón tenía.
Porque, digo yo: ¿existen los dientes, si no se juntan en la boca? ¿Existen los dedos, si no se juntan en la mano?
Juntarnos: y no sólo para defender el precio de nuestros productos, sino también, y sobre todo, para defender el valor de nuestros derechos. Bien juntos están, aunque de vez en cuando simulen riñas y disputas, los pocos países ricos que ejercen la arrogancia sobre todos los demás. Su riqueza come pobreza y su arrogancia come miedo. Hace bien poquito, pongamos por caso, Europa aprobó la ley que convierte a los inmigrantes en criminales. Paradoja de paradojas: Europa, que durante siglos ha invadido el mundo, cierra la puerta en las narices de los invadidos, cuando le retribuyen la visita. Y esa ley se ha promulgado con una asombrosa impunidad, que resultaría inexplicable si no estuviéramos acostumbrados a ser comidos y a vivir con miedo.
Miedo de vivir, miedo de decir, miedo de ser. Esta región nuestra forma parte de una América latina organizada para el divorcio de sus partes, para el odio mutuo y la mutua ignorancia. Pero sólo siendo juntos seremos capaces de descubrir lo que podemos ser, contra una tradición que nos ha amaestrado para el miedo y la resignación y la soledad y que cada día nos enseña a desquerernos, a escupir al espejo, a copiar en lugar de crear.
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Todo a lo largo de la primera mitad del siglo diecinueve, un venezolano llamado Simón Rodríguez anduvo por los caminos de nuestra América, a lomo de mula, desafiando a los nuevos dueños del poder:
–Ustedes –clamaba don Simón–, ustedes que tanto imitan a los europeos, ¿por qué no les imitan lo más importante, que es la originalidad?
Paradójicamente, era escuchado por nadie este hombre que tanto merecía ser escuchado. Paradójicamente, lo llamaban loco, porque cometía la cordura de creer que debemos pensar con nuestra propia cabeza, porque cometía la cordura de proponer una educación para todos y una América de todos, y decía que al que no sabe, cualquiera lo engaña y al que no tiene, cualquiera lo compra, y porque cometía la cordura de dudar de la independencia de nuestros países recién nacidos:
–No somos dueños de nosotros mismos –decía–. Somos independientes, pero no somos libres.
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Quince años después de la muerte del loco Rodríguez, Paraguay fue exterminado. El único país hispanoamericano de veras libre fue paradójicamente asesinado en nombre de la libertad. Paraguay no estaba preso en la jaula de la deuda externa, porque no debía un centavo a nadie, y no practicaba la mentirosa libertad de comercio, que nos imponía y nos impone una economía de importación y una cultura de impostación.
Paradójicamente, al cabo de cinco años de guerra feroz, entre tanta muerte sobrevivió el origen. Según la más antigua de sus tradiciones, los paraguayos habían nacido de la lengua que los nombró, y entre las ruinas humeantes sobrevivió esa lengua sagrada, la lengua primera, la lengua guaraní. Y en guaraní hablan todavía los paraguayos a la hora de la verdad, que es la hora del amor y del humor.
En guaraní, ñeñé significa palabra y también significa alma. Quien miente la palabra traiciona el alma.
Si te doy mi palabra, me doy.
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Un siglo después de la guerra del Paraguay, un presidente de Chile dio su palabra, y se dio.
Los aviones escupían bombas sobre el palacio de gobierno, también ametrallado por las tropas de tierra. El había dicho:
–Yo de aquí no salgo vivo.
En la historia latinoamericana, es una frase frecuente. La han pronunciado unos cuantos presidentes que después han salido vivos, para seguir pronunciándola. Pero esa bala no mintió. La bala de Salvador Allende no mintió.
Paradójicamente, una de las principales avenidas de Santiago de Chile se llama, todavía, Once de Setiembre. Y no se llama así por las víctimas de las Torres Gemelas de Nueva York. No. Se llama así en homenaje a los verdugos de la democracia en Chile. Con todo respeto por ese país que amo, me atrevo a preguntar, por puro sentido común: ¿No sería hora de cambiarle el nombre? ¿No sería hora de llamarla Avenida Salvador Allende, en homenaje a la dignidad de la democracia y a la dignidad de la palabra?
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Y saltando la cordillera, me pregunto: ¿por qué será que el Che Guevara, el argentino más famoso de todos los tiempos, el más universal de los latinoamericanos, tiene la costumbre de seguir naciendo? Paradójicamente, cuanto más lo manipulan, cuanto más lo traicionan, más nace. El es el más nacedor de todos.
Y me pregunto: ¿No será porque él decía lo que pensaba, y hacía lo que decía? ¿No será que por eso sigue siendo tan extraordinario, en este mundo donde las palabras y los hechos muy rara vez se encuentran, y cuando se encuentran no se saludan, porque no se reconocen?
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Los mapas del alma no tienen fronteras, y yo soy patriota de varias patrias. Pero quiero culminar este viajecito por las tierras de la región, evocando a un hombre nacido, como yo, por aquí cerquita.
Paradójicamente, él murió hace un siglo y medio, pero sigue siendo mi compatriota más peligroso. Tan peligroso es que la dictadura militar del Uruguay no pudo encontrar ni una sola frase suya que no fuera subversiva y tuvo que decorar con fechas y nombres de batallas el mausoleo que erigió para ofender su memoria.
A él, que se negó a aceptar que nuestra patria grande se rompiera en pedazos; a él, que se negó a aceptar que la independencia de América fuera una emboscada contra sus hijos más pobres, a él, que fue el verdadero primer ciudadano ilustre de la región, dedico esta distinción, que recibo en su nombre.
Y termino con palabras que le escribí hace algún tiempo:
1820, Paso del Boquerón. Sin volver la cabeza, usted se hunde en el exilio. Lo veo, lo estoy viendo: se desliza el Paraná con perezas de lagarto y allá se aleja flameando su poncho rotoso, al trote del caballo, y se pierde en la fronda.
Usted no dice adiós a su tierra. Ella no se lo creería. O quizás usted no sabe, todavía, que se va para siempre.
Se agrisa el paisaje. Usted se va, vencido, y su tierra se queda sin aliento.
¿Le devolverán la respiración los hijos que le nazcan, los amantes que le lleguen? Quienes de esa tierra broten, quienes en ella entren, ¿se harán dignos de tristeza tan honda?

Su tierra. Nuestra tierra del sur. Usted le será muy necesario, don José. Cada vez que los codiciosos la lastimen y la humillen, cada vez que los tontos la crean muda o estéril, usted le hará falta. Porque usted, don José Artigas, general de los sencillos, es la mejor palabra que ella ha dicho.

Extraído de: http://www.pagina12.com.ar/

Muere Eduardo Galeano. Despedida "Nos estamos viendo"

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Eduardo Galeano y el periodismo

Eduardo Galeano en una movilización por los derechos humanos en la plaza Cagancha. Foto: Santiago Mazzarovich (archivo, febrero de 2013)

El fuego camina contigo


Estaba enfermo desde hacía tiempo y los últimos días los pasó internado, pero no por previsible la noticia deja de ser impactante: ha muerto Eduardo Galeano, el escritor uruguayo que consiguió dotar de un relato atractivo y fundado al impulso revolucionario nacido en los 60, y que continuó siendo una voz de referencia para la izquierda latinoamericana.
No importa que el año pasado hubiera relativizado las bondades deLas venas abiertas de América Latina: para la mayoría de sus fans y de sus detractores, Galeano seguía siendo la misma sucesión de textos y opiniones contundentes, coherentes, inmutables. Sin embargo, es posible que cuando en abril de 2014, en la Bienal del Libro y la Lectura de Brasilia, dijo que no estaba arrepentido de haber escrito aquel libro, pero que era una “etapa superada”, Galeano se estuviera refiriendo a los distintos cambios que fueron operando en su escritura.
Claramente, la voz onettiana de Los días siguientes (1962) no es la misma que emprende la contrahistoria en Las venas abiertas...(1971), ni ésta permanece incambiada en el mix de crónica y leyenda de la trilogía Memoria del fuego (1982-1986). Aun después de ese pico, en el que logró unir el gran relato con la microhistoria, Galeano siguió puliendo su escritura, que evolucionó hacia piezas breves de inocultable simetría. La forma es un contenido, pero además persuade por sí misma, como saben poetas y publicistas. Galeano, escritor político, también lo sabía, así como conocía el poder de la metonimia, esa capacidad de ciertas imágenes para dar a entender la totalidad a partir de un fragmento.
Galeano, además, venía del periodismo, donde muchas de esas premisas son parte del trabajo diario; que de vez en cuando se hable de “periodismo narrativo” oscurece el hecho de que para reportear, lo mejor suele ser contar. Comenzó a publicar desde adolescente como caricaturista en El Sol, el periódico del Partido Socialista -firmaba Gius, por su primer apellido: Hughes-, escribió en Marcha y en 1966 fue fundador de Época, el diario de vida breve que allanó el camino de la prensa no sectorizada -y al deporte en los medios de izquierda-, y, en cierta forma, contribuyó a la idea lo que sería el futuro Frente Amplio. En 1973, ya en Buenos Aires, dirigió la original revista Crisis, desde la que aportó un original cóctel de política, cultura y humor.
Justamente, en Argentina estaban algunos autores (Rodolfo Walsh, Tomás Eloy Martínez) que, a caballo entre el periodismo y las bellas letras, terminaron de dar forma a una nueva forma rioplatense de exponer el presente. Hay, sin dudas, mucho de la concisión y la vocación de claridad del periodismo en Las venas abiertas de América Latina. Galeano/Hughes era un buen lector en inglés, y su obra más conocida es, en parte, una apropiación de la libertad para moverse entre la historia, la crónica y el ensayo de muchos estadounidenses que escribieron entre el siglo XIX y el XX, como su adorado Ambrose Bierce o HL Mencken.
Es obvio que Las venas abiertas... fue un éxito -en popularidad y en influencia- no solamente por sus hallazgos formales. El libro consiguió divulgar un discurso inaccesible fuera de círculos especializados, el de la teoría de la dependencia, que explicaba mediante la historia económica las causas de la asimetría entre el primer mundo y el mundo subdesarrollado. Al premio cubano de Casa de las Américas, que de algún modo le dio el “OK revolucionario” en 1971, se le unió la involuntaria propaganda de la dictadura militar, que prohibió la obra.
Las venas abiertas... es también una elaboración lógica de la “literatura de la crisis” que produjo Uruguay en los años 60; agotado el tema de la inviabilidad uruguaya había que mirar a la región, decía Alberto Methol Ferré en El Uruguay como problema, y Galeano, como Ángel Rama en el plano de las letras, pensó a nivel continental. Su encanto no hizo sino aumentar durante los años 70, y luego conoció duros opositores neoliberales (el hijo de Mario Vargas Llosa, entre ellos, le dedicó el Manual del perfecto idiota latinoamericano). Al tiempo, la literatura de Galeano desembarcaba en Estados Unidos por la vía académica (su híbrido de testimonio e historia fue uno de los núcleos de los estudios poscoloniales) y también gracias a la simpatía que disfrutó lo latinoamericano -desde Carlos Castaneda a Jorge Luis Borges- en el ambiente contracultural tardío. Más que cualquier otro escritor uruguayo, Galeano tuvo un público definitivamente internacional, y la entrega de un ejemplar deLas venas abiertas... que le hizo Hugo Chávez a Barack Obama en 2009 fue sólo el momento más evidente de esa fama.
Más allá de su probada transformación expresiva, en lo esencial el discurso de Galeano mantuvo líneas constantes, y eso es lo que no olvidan los pro y los anti Galeano. Fue un antiimperialista de los 60, lo que significaba oponerse a la hegemonía de Estados Unidos en nuestro hemisferio, pero también supo explicar que la historia de la dominación no había empezado con la doctrina Monroe, por lo que acudía a ejemplos de prácticas imperiales de toda época y lugar. Fue un latinoamericanista, y ello lo llevó a abogar no sólo por la eliminación de las barreras nacionales, sino también hacia una veneración benigna por las civilizaciones precolombinas. No fue materialista -por lo menos en un sentido duro: desconfiaba de la tecnología- pero sí marxista, en cuanto creía en el poder del intelecto y la organización para dar vuelta el “mundo al revés”.
Ese optimismo debía ser una de las razones por las que su público continuaba creciendo, y así fue como hace poco más de dos años llenó dos veces el teatro Solís de admiradores que fueron exclusivamente a escucharlo recitar pasajes de Los hijos de los días, el último libro que presentó en vida (se anuncia la salida de Mujerespara esta semana). Eligió cerrar aquellas noches con otra metonimia ígnea: una glosa del consejo que daba el romano Serenus Sammonicus para conseguir la inmortalidad. Así, recomendó colgarse en el pecho la palabra Abracadabra, que en hebreo antiguo significa “envía tu fuego hasta el final”.









'Mujeres': tres extractos del último libro de Eduardo Galeano

GALEANO

El único consuelo posible para los millones de lectores de Eduardo Galeano, fallecido hoy en Montevideo (Uruguay) a los 74 años de edad, es que ha dejado terminado su último libro: fueron necesarias once versiones hasta que el escritor dio finalmente el visto bueno. Aún no tiene título, pero está listo para entrar en imprenta. Su anterior trabajo, publicado en 2012, fue Los Hijos de los Días.
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Esta misma semana, además, ha llegado a las librerías una antología con una selección de sus cuentos y relatos dedicados a personajes femeninos: Mujeres, de la editorial Siglo XXI de España. Poco más de 200 páginas por las que desfilan desde Sherezade a Teresa de Ávila, desde Rigoberta Menchú a Marilyn Monroe, junto a mujeres anónimas o colectivos como las guerreras de la revolución mexicana o las luchadoras de la comuna de París.
A continuación puedes leer algunos de los textos que aparecen en Mujeres, un libro cuidadosamente editado y en cuya portada aparecen figuras de artesanía de Olinda, Brasil, que fueron escogidas por el propio Galeano. Él también supervisó la selección de los textos.
JUANA
Como Teresa de Ávila, Juana Inés de la Cruz se hizo monja para evitar la jaula del matrimonio.
Pero también en el convento su talento ofendía. ¿Tenía cerebro de hombre esta cabeza de mujer? ¿Por qué escribía con letra de hombre? ¿Para qué quería pensar, si guisaba tan bien? Y ella, burlona, respondía:
—¿Qué podemos saber las mujeres, sino filosofías de cocina?
Como Teresa, Juana escribía, aunque ya el sacerdote Gaspar de Astete había advertido que a la doncella cristiana no le es necesario saber escribir, y le puede ser dañoso.
Como Teresa, Juana no sólo escribía, sino que, para más escándalo, escribía indudablemente bien.
En siglos diferentes, y en diferentes orillas de la misma mar, Juana, la mexicana, y Teresa, la española, defendían por hablado y por escrito a la despreciada mitad del mundo.
Como Teresa, Juana fue amenazada por la Inquisición. Y la Iglesia, su Iglesia, la persiguió, por cantar a lo humano tanto o más que a lo divino, y por obedecer poco y preguntar demasiado.
Con sangre, y no con tinta, Juana firmó su arrepentimiento. Y juró por siempre silencio. Y muda murió.
LOUISE
—Quiero saber lo que saben –explicó ella.
Sus compañeros de destierro le advirtieron que esos salvaje no sabían nada más que comer carne humana:
—No saldrás viva.
Pero Louise Michel aprendió la lengua de los nativos de Nueva Caledonia y se metió en la selva y salió viva.
Ellos le contaron sus tristezas y le preguntaron por qué la habían mandado allí:
—¿Mataste a tu marido?
Y ella les contó todo lo de la Comuna:
—Ah –le dijeron–. Eres una vencida. Como nosotros.
CELEBRACIÓN DE LA AMISTAD
Juan Gelman me contó que una señora se había batido a paraguazos, en una avenida de París, contra toda una brigada de obreros municipales. Los obreros estaban cazando palomas cuando ella emergió de un increíble Ford a bigotes, un coche de museo, de aquellos que arrancaban a manivela; y blandiendo su paraguas, se lanzó al ataque.
A mandobles se abrió paso, y su paraguas justiciero rompió las redes donde las palomas habían sido atrapadas. Entonces, mientras las palomas huían en blanco alboroto, la señora la emprendió a paraguazos contra los obreros.
Los obreros no atinaron más que a protegerse, como Pudieron, con los brazos, y balbuceaban protestas que ella no oía: más respeto, señora, haga el favor, estamos trabajando, son órdenes superiores, señora, por qué no le pega al alcalde, cálmese, señora, qué bicho la picó, se ha vuelto loca esta mujer...
Cuando a la indignada señora se le cansó el brazo, y se apoyó en una pared para tomar aliento, los obreros exigieron una explicación.
Después de un largo silencio, ella dijo:
—Mi hijo murió.
Los obreros dijeron que lo lamentaban mucho, pero que ellos no tenían la culpa. También dijeron que esa mañana había mucho que hacer, usted comprenda...
—Mi hijo murió –repitió ella.
Y los obreros: que sí, que sí, pero que ellos se estaban ganando el pan, que hay millones de palomas sueltas por todo París, que las jodidas palomas son la ruina de esta ciudad...
—Cretinos –los fulminó la señora.
Y lejos de los obreros, lejos de todo, dijo:
—Mi hijo murió y se convirtió en paloma.
Los obreros callaron y estuvieron un largo rato pensando. Y por fin, señalando a las palomas que andaban por los cielos y los tejados y las aceras, propusieron:
—Señora: ¿por qué no se lleva a su hijo y nos deja trabajar en paz?
Ella se enderezó el sombrero negro:
—¡Ah, no! ¡Eso sí que no!
Miró a través de los obreros, como si fueran de vidrio, y muy serenamente dijo:
—Yo no sé cuál de las palomas es mi hijo. Y si supiera, tampoco me lo llevaría. Porque ¿qué derecho tengo yo a separarlo de sus amigos?

Extraído de: http://www.huffingtonpost.es/ 

lunes, 13 de abril de 2015


Galeano: "No vale la pena vivir para ganar, vale la pena vivir para segu...

Eduardo Galeano: La historia que no nos contaron

Chavez Obama momento de el regalo del libro


Eduardo Galeano/ América Latina: los laberintos de la utopía

EDUARDO GALEANO - CARTA AL SEÑOR FUTURO