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sábado, 28 de diciembre de 2013

INTERTEXTUALIDADES
Papel de diario en papel de libro



Un artículo, este artículo, cualquier artículo periodístico es un producto ficcional. Que trate o no  de hechos ocurridos, cuando se traslada al artículo de prensa hay una selección, creación, distinción del lenguaje, poetización, etc. Hay artículos periodísticos que sólo existen con la existencia de la obra literaria.





 Matías Rótulo


“Hoy dice el periódico que ha muerto una mujer que conocí. Que ha perdido en su campo el Atletic y que ha amanecido nevando en París”. ¿Reconoce esta poesía? Se trata del inicio de la canción “Eclipse de mar” de Joaquín Sabina. La mención de un periódico, el relato periodístico, un programa de televisión, etc., le da a la obra poética cierta legitimidad: la de la verosimilitud. Es como si la obra poética buscara una rigurosidad en su interior aunque sea citando un periodista, medio, artículo, que jamás existió. De hecho, la construcción es ficcional, tanto la de un diario creado para que el héroe conozca una mala noticia, como que ese mismo héroe pueda salir volando.
Los romances que hoy conocemos como tal nacieron de hechos noticiosos formulados en versos de dieciséis y después ocho sílabas rimadas. Luego la historia los fosilizó en hermosas piezas que hoy estudiamos como poesía. 
Los poetas no salen casi en los diarios, pero los diarios abundan en la poesía. Mario Benedetti le dedicó ríos de tinta al tema del periodismo y de lo que alrededor de él se construye, sino basta con leer El país de la cola de paja que a los periodistas nos define como tales, a los medios como lo que son, y al país como un país con cola de paja que anda atrás de los dos tipos de uruguayos antes mencionados. En un poema, Benedetti cuestiona:

“En una exacta
foto del diario
señor ministro
del imposible

vi en pleno gozo
y en plena euforia
y en plena risa
su rostro simple

seré curioso
señor ministro
de qué se ríe
de qué se ríe”

En respuesta a la pregunta de Benedetti podríamos poner a un lector ficcional, un montevideano tal vez que surge de una letra de Jaime Roos:

“Se para frente a un quiosco
Lo distrae un titular
y sigue como siempre
como todo en la ciudad”
(Jaime Roos, “El hombre de la calle”


Si bien tenemos computadoras, los directores de cine prefieren apostar al diario que se deja casualmente sobre una mesa y en la cual alguien se entera de algo que otras personas no querían que se enterase.
Además, los diarios en el mundo, con tanto poder e intereses, también sirven dentro de la obra ficcional como generadores de opinión. En Filosofía del tocador del Marqués de Sade, los diálogos de las sesiones sexuales se transforman en la lectura en voz alta de un panfleto que llama a los franceses a hacer un esfuerzo más por la República. La lectura es de Dolmancé, el maestro que inicia a la joven Eugenia en el mundo libertino y se apoya en el texto para convencer, ya no sólo a los personajes, sino al lector.
Los periódicos han servido históricamente para desviar la atención de un personaje  cuando es espía de otro. El espía se cubre con él el rostro mientras mira en su auto.  También es útil para matar moscas o espantar a los pájaros de Hitchock, para que Moe reciba un golpe de algún otro chiflado o para prender el fuego que luego quemará la casa donde ocurrió el asesinato.
En Pantaleón y las visitadoras Mario Vargas Llosa lleva el asunto más allá  de una simple lectura de diarios, sino que logra transmitir la Voz del Sinchi, el periodista más popular de Iquitos en Perú. El programa de media hora es presentado en el libro con las descripciones musicales, y una suerte de versión taquigráfica de lo dicho en el programa.
Las redacciones de los diarios han sido escenario de películas, series y comics. No olvidemos a Superman que en su otra vida es reportero, al Hombre Araña que es fotógrafo. Tampoco olvidemos que Leopold Bloom transita desde su monólogo interior por la redacción de un diario en el Ulisses.
Sin ir muy lejos, el músico uruguayo Garo Arakelian retoma el titular del diario “La Tribuna Popular” para narrar lo que se dijo sobre la muerte de Delmira Agustini en 1914.
Las noticias siempre son objetos de deseo para los artistas y lectores. Leer sobre la muerte de un torero en clave de poesía garcialorqueana no es lo mismo que leer la crónica, pues ambos son registros distintos, con en objetivos distintos.
Tengo junto a mí el Diario de un escritor de Fiodor Dostoievski, sus críticas periodísticas cargadas de ironía me recuerdan a los artículos de Onetti o de Buscaglia, periodismo con literatura. Recuerdo las crónicas de José Lezama Lima, pero también cómo José Lezama Lima y sus crónicas fueron parte de un libro de un cubano, y ese cubano  que además era periodista mencionado en un libro de Roberto Bolaño. Las publicaciones de novelas completas en los diarios del mundo: Los tres mosqueteros a principios de siglo en El Día.
La literatura se adelanta a los hechos históricos y le dice a la sociedad lo que será de ella. De atrás vienen los diarios para confirmar si eso fue así. A veces la literatura inventa artículos de diarios para nutriste, lo más triste es que a veces los artículos de diarios se inventan como si fueran literatura.



viernes, 20 de diciembre de 2013

INTERTEXTUALIDAD

Osvaldo Lamborghini y Fito Páez: el
relato de la violación de un niño estropeado



Fito Páez (Rosario, Arg. 1963) publicó en el año 2000 el disco Rey Sol (Warner Music). La canción más cruda, dura, pesada, densa, la más difícil de escuchar del disco se llama “Acerca del niño proletario”. En el librillo del disco se lee como aclaración que se trata de una adaptación del cuento de Osvaldo Lamborghini (Buenos Aires - 1940,  Barcelona – 1985) denominado “El niño proletario” publicado en el libro Sebregondi retrocede de 1973. Ambos se apoyan en el relato (aunque Páez le agrega la música estridente) para narrar una historia que denuncia el predominio de una clase por encima de otra, la condena de los menos privilegiados, condenados por los contemporáneos, pero por también por los anteriores.



Matías Rótulo






Lamborghini escoge cuidadosamente sus palabras, aunque sea acusado injustamente de “demasiado directo”. Si la muerte nos estuviera rondando, arrinconados en nuestro miedo, seguramente no pensemos en nada, mucho menos en buenos modales antes de putear, carajear, insultar… o si lo quiere de un modo educado: antes de mandar todo al diablo, con el riesgo de que sea el diablo nuestro verdugo en el más allá. Pues en sus cuentos, la muerte ronda, no a él, pero sí sobre todos nosotros, porque es de nuestras propias muertes que él nos escribe y describe. En “El niño proletario” lo que atemoriza es la suerte del no condenado, aquel que frente a un libro no se siente protagonista de la historia, pero tal vez no se reconforte al pensar en su buena suerte de no serlo.
Pero si algo le faltaba al cuento de Lamborghini era la música y adaptación de Páez. El resumen, que por ser tal resulta de cierta liviandad frente al texto original, no esconde la dureza del relato:
“El niño ausente, el proletario 
traía en la sangre mil generaciones del peor alcohol 
entre los fierros, entre los sapos 
entre el calor casi demente del arroyo seco, arróyalo 
lo convencimos, lo enamoramos 
y le juramos que jamás se olvidaría de nosotros 
y así le hicimos comer el barro 
tragar la mugre misma con la que se había alimentado 
y así le hicimos beber espanto 
3 chicos ricos empresarios, lo más parecido a un santo 
y nos reímos, nos animamos 
pateando el culo de un chiquito hambriento, triste y solitario” (Fito Páez).
Los textos dialogan entre sí, pues nacieron juntos, pese a que fueron tiempos diferentes, y que el de Páez es hijo del de Lamborghini. Nacieron de la idea del que nació entre las ruinas del sistema económico de este mundo inmediato, extremadamente divertido, autómata, frívolo y donde está mal ser aburrido. De un mundo que vivió la muerte como un hecho lejano y aislado, aunque cercano y concreto. De esa misma fosa común, surge el hedor de los restos del niño proletario, el niño ausente. Lamborghini lo presenta así:
“Desde que empieza a dar sus primeros pasos en la vida, el niño proletario sufre las consecuencias de pertenecer a la clase explotada. Nace en una pieza que se cae a pedazos, generalmente con una inmensa herencia alcohólica en la sangre. Mientras la autora de sus días lo echa al mundo, asistida por una curandera vieja y reviciosa, el padre, el autor, entre vómitos que apagan los gemidos lícitos de la parturienta, se emborracha con un vino más denso que la mugre de su miseria”.



Cercanos ambos a Roberto Arlt, uno por la admiración que le profesa (Páez), el otro por su estilo rompiendo con los esquemas de la literatura ordenada, dentro de los  parámetros de lo deseable, “El Niño proletario” (título del cuento) y “Acerca del niño proletario” (título de la canción), no son solamente la narración del abuso sexual de un niño pobre por parte de un grupo de jóvenes ricos, católicos y bien considerados. Ambos denuncian la intromisión en la vida privada de un proyecto social que supera a la lucha de clases, proclamando a una de ellas como vencedora: la clase alta.
Los de abajo heredan sus mugres, su bilis, su sangre y los de arriba se consagran como el Diablo atrapado en lo más profundo del Infierno, congelado, reducido pero libre a la vez, contenido por una sociedad que despedaza al malo en caso de ser atrapado, no sin antes despedazar al bueno de manera simpaticona y vulgar: Páez lo retrata así:
“Tengo 20000 años, soy un loco enjaulado 
tengo 20000 años, soy el niño proletario 
tengo 20000 años, y estoy en el aire

Y Lambarghini agrega sobre la clase proletaria en términos economicistas, porque la economía domina también el arte y las desviaciones del lenguaje: “Con el correr de los años el niño proletario se convierte en hombre proletario y vale menos que una cosa”.
El niño proletario se llama Stroppani, que suena ha estropeado o estropajo…:
“era su nombre, pero la maestra de inferior se lo había cambiado por el de ¡Estropeado! A rodillazos llevaba a la Dirección a ¡Estropeado! cada vez que, filtrado por el hambre, ¡Estropeado! no acertaba a entender sus explicaciones. Nosotros nos divertíamos en grande” (Lambarghini).
Páez no llega tan lejos en la presentación del niño, quizás por la síntesis requerida en los pocos minutos de la canción, pero sí se detuvo en el acto crucial: el abuso sexual. Ambos autores lograron de distinta forma llegar a lo mismo: el relato de un abuso que es anecdótico frente a todo lo demás. El abuso sexual es el símbolo del horror materializado, un horror que se va conquistando a sí mismo y babeando su rabia contra el mundo hasta que un día aparece un niño proletario.
 ¿Cuántas veces vimos la infamia del relato de este tipo de acciones en los medios de comunicación? Los periodistas bien conocemos de estos actos de barbarie comunicativa desde los mismos partes judiciales o policiales que no censuran el terror. Pero después todo se olvida con otras noticias.
Se narra en el cuento de Lamborghini:
“Los despojos de ¡Estropeado! ya no daban para más. Mi mano los palpaba mientras él me lamía el falo. Con los ojos entrecerrados y a punto de gozar yo comprobaba, con una sola recorrida de mi mano, que todo estaba herido ya con exhaustiva precisión. Se ocultaba el sol, le negaba sus rayos a todo un hemisferio y la tarde moría. Descargué mi puño martillo sobre la cabeza achatada de animal de ¡Estropeado!”.

Narra Páez:
“y le di duro entre los dientes 
ya no tenía voz el chico para pedir por favor 
que lo matemos, lo antes posible 
andá a cantarle a Gardel, andá a cantarle a Perón

El único momento en el cual el niño proletario tiene voz es para suplicar su propia muerte. Ahí está presente la anulación definitiva del sujeto: el pedido de muerte. Si antes había sido humillado, ahora la humillación es del mundo.
El narrador en primera persona del cuento original confiesa:
“La muerte plana, aplanada, que me dejaba vacío y crispado. Yo soy aquel que ayer nomás decía y eso es lo que digo. La exasperación no me abandonó nunca y mi estilo lo confirma letra por letra.
    Desde este ángulo de agonía la muerte de un niño proletario es un hecho perfectamente lógico y natural. Es un hecho perfecto”.

sábado, 14 de diciembre de 2013

INTERTEXTUALIDADES

Fernando Vallejo y Hannah Arendt: apátridas judíos, apátridas colombianos (II)





“Los hombres de las SS sabían que el sistema que logra
 destruir a su víctima antes de que suba al
patíbulo es el mejor, desde todos los puntos de vista,
 para mantener a un pueblo en la esclavitud, en
total sumisión. Nada hay más terrible que aquellas
procesiones avanzando como muñecos hacia la
muerte”

Les Jours de notre mort, 1947, citado por
Hanna Arendt en Eichmann en Jerusalén





Matías Rótulo




La idea de que exista alguien que cumpla órdenes crueles como las cometidas por los nazis en los tiempos de hoy ¿se cuestionan? ¿Han generado una coraza alrededor del sentimiento humano que nos permite estar protegidos para no repetir nuestros errores? O ¿La coraza nos ha insensibilizado? ¿Hemos aprendido algo tras las muertes primer, pero luego de los enjuiciamientos? Se ha juzgado, pero ¿Se ha solucionado algo?  La semana pasada comparamos La Rambla Paralela de Fernando Vallejo con parte de la obra de Hannah Arendt. En este caso veremos la muerte, el cumplimiento de órdenes y el concepto de “musulmanes” (tal lo plantea Primo Levi) aplicados en la obra de Vallejo. Arendt a reclama en Eichmann en Jerusalén:

“La generación de israelitas formada después del holocausto estaba en peligro de perder su sentido de vinculación al pueblo judío y, en consecuencia, a su propia historia: ´Es necesario que nuestra juventud recuerde lo ocurrido al pueblo judío. Queremos que sepa la más trágica faceta de nuestra historia´. Finalmente, otro de los motivos de juzgar a Eichmann era el de “descubrir a otros nazis y otras actividades nazis, como, por ejemplo, las relaciones existentes entre los nazis y algunos dirigentes árabes" (EEJ, 12)

Berstein cita a David Cesarini en su biografía: 

“Ahora, en el siglo veintiuno, en un mundo inundado de refugiados y  víctimas de ´limpiezas étnicas´, en el que el racismo y el fanatismo  continúan dominando la política, y en el que tribunales internacionales  juzgan a militares de a pie de genocidio y a sus superiores políticos y  militares, Eichmann aparece cada vez más como un hombre de nuestro Tiempo”.

En la obra escogida de Vallejo se lee:

“¡Noticias de Colombia en la feria! Que antier mataron al arzobispo de Cali unos sicarios. Y que ayer el país amaneció tan indignado por el vil asesinato que casi tienen que suspender un partido importantísimo de fútbol” (LRP, 45).

La lamentación no es por la muerte del hombre o del representante de cierta institución, sino por el partido de fútbol, aunque el narrador, -El Viejo-, desvalorizar lo importante de la vida desvalorizando también el rol de Colombia como partícipe del mundial de fútbol: "Colombia nunca tendrá un papa ni ganará el mundial de fútbol, pese a lo arrodillada que es y a que tiene el alma en las patas" (LRP, 44)
De la misma forma en La virgen de los sicarios, los asesinatos de hombres y mujeres no se cuestionan más que por la venganza, y de hecho los asesinatos se dan sin que después ocurran cuestionamientos, aunque sí hay una explicación de mandato:“me buscan porque maté a su hermano”, explica Alexis después de asesinar a quienes lo querían asesinar (LVS, filme).

Los personajes, en particular el personaje Fernando (alter ego de Vallejo) en La Rambla Paralela no idealiza al narcotráfico y  parece condenarlo, pero lejos de eso, no hace grandes análisis sobre causas de la violencia aunque  se refiere a ella de una manera determinante, sin mayores ambiciones explicativas:

No era que dijéramos la de las ilusiones. ¡Pobre Colombia, estaba salada! Le iba mal acá, mal allá, mal en todo. Adonde quiera que fuera la perseguía la mala suerte, la salazón. Menos mal que contaba, por compensación, con los colombianos... Y en tanto el viejo se moría, la Iglesia vil, mentirosa, asesina, impune... (LRP, 46)”.

¿A quién le habla este personaje –narrador sino a sí mismo? ¿O nos habla nosotros también? ¿No es lo que dice una representación de aquello que comentaba Arendt sobre el parecido de un criminal nazi al hombre medio de nuestro tiempo y espacio?

“El mal ha probado ser más radical que lo esperado. En términos objetivos, los crímenes modernos no son estipulados en los Diez Mandamientos. O: la tradición occidental está siendo afectada por la preconcepción según la cual las cosas más malas que los humanos pueden hacer surgen del vicio del egoísmo. Sin embargo, sabemos que los males más grandes o el mal radical no tienen nada que hacer ya con aquellos motivos humanamente comprensibles, motivos pecaminoso” (Berstein citando a Arendt).


En el caso de Colombia re-construida por el personaje de Fernando, y Fernando construido por su Colombia ficcional, se transforma en una suerte de construcción similar a un campo de Concentración, no por las intenciones maniqueas que podemos suponer, sino por el resultado que el autor representa en sus personajes a lo largo de toda su obra. Lo antes dicho sirve para comenzar a cuestionarnos sobre, en qué medida, se puede aplicar el concepto de banalidad del mal (impuesto y cuestionado a Arendt) a la realidad colombiana metonímicamente mostrada por Vallejo en su obra.

El asesinato en masa, el genocidio, la tortura y el terror han ocurrido anteriormente en la historia. Pero el objetivo del totalitarismo no es la opresión, ni siquiera la ´dominación total´ si por ella se entiende la dominación total de seres humanos. El totalitarismo, como Arendt lo entiende, se esfuerza por destruir la humanidad de las personas” (Berstein).

Los absolutos sumergen al personaje en una constante indefinición, aunque con absolutos que si bien parecen demostrar la firmeza de una opinión formada, se torna por momentos contradictoria entre sí a lo largo de la obra. Si el personaje es desplazado, desplaza también a otros personajes. Si el personaje está muerto en vida, ubica a otro tipo de muertos, a aquellos que están gozando de la vida. Para el personaje o es Colombia, o es México. O es su vida o es su muerte. O es su presente muerto o es su infancia también muerta aunque viva en un recuerdo:
Luego se ponía el viejo a hacer balances y a sacar cuentas. Balances de lo vivido y cuentas de los que sobran.
—Como cinco mil ochocientos ochenta y nueve millones ochocientos ochenta y nueve mil ochocientos ochenta y nueve hijueputas son los que sobran. Hay más hijueputas aquí abajo pegados de una teta que estrellitas en el cielo. ¡Cuánta bestia bípeda entregada a la cópula! ¡Caterva! Habéis vuelto el planeta una colmena. Y nentráis y salís, sacáis y metéis, zumbáis y zumbáis. Nunca he sido yo partidario de las opiniones drásticas. Él sí. Para él todo era blanco o negro, cielo o infierno. Y pues no, también existen puntos intermedios, como por ejemplo el gris y el purgatorio” (LRP, 22).

El personaje recuerda, agrupa, banaliza el mal, no establece una zona gris de pensamiento, donde –dice Levi con respecto a los horrores de los campos de extermino y la imposibilidad de analizar a los protagonistas presos- “es una zona gris, de contornos mal definidos, que separa y une al mismo tiempo a los dos bandos de patrones y de siervos” (Levi, pp.502-503). El Viejo (Fernando en la obra de Vallejo) se une con los patrones siendo un siervo, lo mismo el narrador que es patrón de la palabra, del saber y se une con su siervo: con ese personaje muerto.
Entonces entramos en el establecimiento de una zona gris del pensamiento del personaje, que es aquel que juzga y es juzgado, pero también es el musulmán (mencionado en la obra de Levi) personificado, o incorpóreo:


 “Y en calidad de tal introducía a los países por los aeropuertos: material vegetal, material animal, armas de fuego, bombas sucias, dinamita, TNT, ánfor, superánfor, pentonita, amonal, semtex, indugel, heroína, cocaína, ántrax, semen, panfletos... Ni lo detectaban los sensores electrónicos ni lo olían los perros.
—Soy inodoro, incoloro, invisible, ingrávido: jamás me han preñado. Y entro y salgo como el viento. Un muerto en una feria de libros muerta, ¿se imagina usted? Porque feria más desangelada, imposible. Colombia le había traído la sal a España. Y después se quejan los paisanos de que les pidan visa y no los quieran dejar entrar. ¿Para qué los van a querer? ¿Para que dejen por donde pasan un reguero de cadáveres? Colombia es como Atila, arrasa hasta con el nido de la perra y no respeta ni a su madre. O sea a la madre patria, España” (LRP. 72)

El culpable puede ser juzgado pero hacerse invisible, inocente por nunca haber sido atrapado pero al fin de cuentas muerto, otro muerto culpable por sus propios delitos, pero también acusador, acusa a Colombia como el gen de su maldad. Cito un fragmento de Eichmann en Jerusalén:

“…a medida que iba revelándose la magnitud «de las penalidades sufridas por el pueblo judío en la presente generación», y a medida que la retórica de Hausner adquiría más y más ampulosidad, la figura del hombre en el interior de la cabina de vidrio se hacía más pálida y fantasmal. Aquella figura no daba signos de vida, ni siquiera cuando el dedo acusador lo señalaba, y cuando la voz indignada clamaba: ´¡Y aquí está sentado el monstruo responsable de todo lo ocurrido!” (Pp. 11).


El Viejo de La Rambla Paralela Juzga (además de ser juzgado), como si juzgar fuera preciso ante su condición sub alterna, posición que le da derecho de reclamar. La zona gris del debate se establece al nivel del lector sobre qué tan malo es el personaje, qué tan bueno, qué tan víctima, qué tan culpable:

“La culpa del insomnio se la achacaba al jet lag y a los incidentes del viaje. Pero no, la culpa no era más que suya, suya propia. ¡Quién lo mandó a salir! ¡Quién lo mandó a venirse a una feria de libros a morirse, si estaba vivo! Bueno, vivo lo que se dice vivo es un decir: vivo a medías, medio vivo. Vivo de verdad no está nadie, ésas son ilusiones de los tontos. Día con día nos estamos muriendo todos de a poquito. Vivir es morirse. Y morirse, en mi modesta opinión, no es más que acabarse de morir”. (LRP, 5)

Pero además los muertos se multiplican y se acumulan, como si el mundo fuera un gran depósito, una acumulación de cuerpos como la retratada por Daniel Defoe en Diario del año de la peste con la diferencia que es fácil encontrar un culpable, o como los muertos del 11S, donde –tal como explica Berstein- también es fácil encontrar culpables en el proceso de banalización del mal. Una acumulación de cuerpos como las que nos revelaron las fotografías de los campos de exterminio.
El Viejo supone ser un privilegiado. ¿O será que estamos todos muertos? Vuelvo a preguntar. ¿O será que estamos condenados, más allá de la acción de la naturaleza caduca de nuestra existencia física, condenados ya por el sólo hecho de haber nacido? En el mundo ya ni recuerdo queda, (particularmente en el mundo del personaje) y al perderse el recuerdo se anula al sujeto (Arendt), se convierte a un sujeto sin un rasgo de humanidad, un musulmán (Levi), pues además el mismo sujeto en la acumulación de cuerpos queda sin identificación posible. Existe sí, una posibilidad de recuerdo, la posibilidad de la identidad, de un pasajero que viaja en su tiempo personal a la idealización del pasado.

“Los guardaba, vencidos y anulados, para poder probarse un día que había vivido, aunque en general no conservaba nada. Pues bien, viendo las fotos de los sucesivos pasaportes que se iban reemplazando unos a otros en la larga serie de su vida, recordó que cada vez que le habían tomado una de esas fotos se le había hecho muy mala, pero muy buena la anterior” (LRP, 31)

Conservar las fotografías –creo- podría tener como etapas: a) tomarse esas fotografías de manera consciente del cambio posterior y la perdurabilidad de estas, b) suponer que el cambio es irremediable, y c) verlas tras conservarlas es añorar el pasado, pero más que nada interrogarse hasta dónde el sujeto se ha devastado.

Cito a Berstein:
“En su famoso intercambio con Gershom Scholem luego de la publicación de Eichmann en Jerusalén, Arendt escribió: ´De hecho mi opinión actual es que el mal nunca es <radical>, que es solo extremo, y que no posee ni profundidad ni dimensión demoníaca alguna. Puede crecer y devastar el mundo entero precisamente porque se expande como un hongo sobre la superficie. <Desafía al pensamiento>, como dije, porque el pensamiento trata de alcanzar alguna profundidad, ir a las raíces, y en el momento en que se preocupa del mal, se frustra pues no hay nada”.

La devastación del sujeto lo podría llegar a ser un devastado que no dudaría en devastar desde su posición, pero no en el sentido que Levi presenta a aquellos judíos que fueron los verdugos sabiéndose también muertos, sino que el personaje de El Viejo da un paso más allá: está muerto, es un potencial verdugo, porque en realidad nunca estuvo vivo, salvo en su infancia, donde está la inocencia latente. Aunque también sería (y siempre es complicada la dualidad del pensamiento o la afirmación de contrarios), podría ser El Viejo esos mismos judíos que deben extender su vida matando a otros, ya que El Viejo, muerto ya, comprende que su existencia es posible sólo en el mundo de los vivos, y mantenerlos vivos, en la dinámica del mundo moderno, ¿No será mantenerlos muertos?:

“El genocida se ha vuelto una figura común de la humanidad y en ese punto Eichmann es típico y no aberrante. Esto no equivale a decir  <todos somos Eichmanns potenciales> ; significa, en cambio, que las matrices que generan a los penetradores de atrocidades y genocidios se han multiplicado. En estas circunstancias, las personas normales pueden cometer y cometen asesinatos masivos o planearlos…
Ahora, en el siglo veintiuno, en un mundo inundado de refugiados y víctimas de ´limpiezas étnicas´, en el que el racismo y el fanatismo continúan dominando la política, y en el que tribunales internacionales  juzgan a militares de a pie de genocidio y a sus superiores políticos y militares, Eichmann aparece cada vez más como un hombre de nuestro tiempo” (cit. Berstein a Arendt).




Tal vez las afirmaciones que confirman lo que se citó recién es:
Sí, los exterminaron. A todos los mataron para hacer con sus pieles zapatos de puta y cinturones de maricas. Colombia la vandálica los acabó. Ahora se está acabando a sí misma esa demente, sacándose a cuchilladas las tripas. Eso es justicia divina. Que sirva para algo ese viejo güevón de arriba” (LRP, 55)



Bibliografía
-            Agamben, Giorgio. Lo que queda de Auschwitz. Homo Sacer III: Valencia, 2000. Impreso.
-            Arendt, Hannah. Eichmann en Jerusalén. Lumen: Barcelona, 1999. Impreso.
-            Forero, Gustavo. La metonimia de Colombia en La Rambla paralela de Fernando Vallejo. FCU: México, 2008. Impreso.
-            Levi, Primo. La trilogía de Auschwitz. Océano: Barcelona, 2011. Impreso.
-            Ludmer, Josefina. El género Gauchesco. Anagrama: Buenos Aires, 2006. Impreso
-            Vallejo, Fernando. La Rambla Paralela. Alfaguara: Buenos Aires, 2002. Impreso.
-            --- Los días azules. Santillana: México DF, 1985. Impreso.
-             
Otros textos
-       Defoe, Daniel. Diario del año de la peste. Austral: Madrid, 1972. Impreso.
Internet
-       Bernstein, Richard “¿Son todavía relevantes las reflexiones de Arendt sobre el mal?”. Visto en http://textos.pucp.edu.pe/pdf/1650.pdf el 25 de octubre de 2013. Internet.

Películas y videos
-            Schroeder, Babert. La virgen de los Sicarios. RBC, y otros, Bogotá- París, 2000. Filme.
-            Entrevista de Günter Gaus, a Ana Arednt en 1964, disponible en http://www.youtube.com/watch?v=DEvmtzg8JE0. Internet. Visto el 10 de setiembre de 2013.

viernes, 6 de diciembre de 2013

INTERTEXTUALIDADES
Fernando Vallejo y Hannah Arendt:
apátridas judíos, apátridas colombianos (I)



Matías Rótulo



Uno de los productos del régimen Nazi fue la generación de un “sujeto apátrida” según Hannah Arendt que en una entrevista[1] para televisión dijo que, si bien era alemana, cuando descubrió de adolescente que era judía dejó de sentirse alemana, entre otras cosas porque descubrió que tenía rasgos judíos y porque además, “¿Qué pertenencia podía tener yo a un lugar que nos expulsaba?”

Explica Berstein[2] sobre lo que opina Arendt:

 “ella aborda el tema de la superfluidad en La caída del Estado Nación y el fin de los Derechos del Hombre. Nos dice que la condición de apátrida es el más reciente fenómeno de masas en la historia contemporánea, y la existencia de una nueva y creciente población compuesta de personas apátridas, el grupo más sintomático de la política contemporánea”.

Muchas décadas después, un autor colombiano, Fernando Vallejo hace aparecer a Colombia como el mal instalado en un mismo territorio a partir de su estructura política y social en un marco histórico complejo. Este contexto expulsó al personaje (alter-ego de Vallejo escritor) que recorre todos sus libros y que en ellos condena a morir a su personaje, condenando también a todos los colombianos, tal como expresa en La Rambla Paralela[3]. Esta problemática, -la de la muerte de una sociedad, una nación, etc.-  está presente desde los inicio de la obra literaria de Vallejo (autor) a la vez que comienza la vida de Fernando Vallejo (personaje), por ejemplo en Los días azules de 1985[4], hasta llegar a la extinción del personaje en La Rambla Paralela. Fernando Vallejo (personaje) es justamente un muerto que vive y viaja a una feria de literatura en España a representar a Colombia. La paradoja es que un muerto representa a Colombia, un escritor muerto, un viejo que ni siquiera sabe que está muerto.
Cito un diálogo de La Rambla Paralela:

“(…) No hay conversación de colombianos que no desemboque ahí, en el corazón de ese país que arde. —A Colombia lo que le falta es una ley que prohíba la proliferación de leyes —diagnosticó el viejo—. Y otra que prohíba la proliferación de gente. Y una vieja verraca como el verraco'e[5] Guaca que las haga cumplir. ¿Sabe usted quién es o fue el verraco'e Guaca? ¡Qué va a saber! Ya no queda ni uno en este mundo que lo sepa. Los que sabían se murieron y la expresión desapareció”. (LRP, 19).

Este es el efecto de Colombia: la verbalización de los colombianos, aunque se evidencia una primera muerte: la de la lengua, con la pérdida de un término no por desuso, sino por la muerte de los hablantes. La muerte no es solamente la de la lengua que va perdiendo su tradición frente a la penetración cultural, la muerte del hablante, el desuso, o los cambios lingüísticos[6].
Estamos frente a la muerte deseada también del Estado, según el narrador que argumenta que la proliferación de leyes, lo reproductivo de las leyes está asociado a un Estado que es “una puta”. ¿Cómo negar la proliferación de leyes en una nación, siendo que las leyes son parte de la necesaria organización Política de un Estado, sea cual sea su sistema de gobierno? En el intento que propone como solución para mejorar la situación de “ese país que arde” es despoblarlo de su orden y el motivo de su orden: la ley y la población. La la “proliferación de leyes” tal vez refiere a las leyes como poco efectivas (desde un punto de vista pragmático) o como negativas para la sociedad (desde un punto de vista político y teniendo en cuenta el largo historial de corrupción que bañó de sangre a Colombia). Además la “reproducción” en el entendido de la especie humana y en relación de la pobreza, o todo tipo de reproducción es condenada por el personaje, por lo que la condena recae también en la reproducción legal antes referida.
Pero no solo el orden jurídico es cuestionado ya que al mismo nivel de organización negada se ubica a la Iglesia:

“La Iglesia, güevón, no es una colectividad religiosa sino un ´ente´ económico-político, con bancos, barcos, aviones y todo tipo de intereses terrenales. Lo único que le falta hoy al Vaticano es montar una cadena de burdeles con Monaguillos” (LRP 44).


¿Pero esto es Colombia? Es momento de citar el epígrafe que Hannah Arendt elije para su libro Eichmann en Jerusalén: “¡Oh, Alemania! Quien solo oiga los discursos que de ti nos llegan, se reirá. Pero quien vea lo que haces, echará mano al cuchillo”. La cita pertenece a Bertolt Brecht.
Sabemos lo que piensa el personaje creado por Vallejo, pero ¿Por qué lo piensa? Arendt plantea que el pensamiento mismo surge de la actualidad de los incidentes, y los incidentes de la experiencia vivida (cit. Berstein). La Rambla Paralela posiciona a un personaje en dos situaciones de enfrentamiento a su realidad: en primer lugar en enfrentamiento a su pasado, en la búsqueda misma de su pasado, su casa de la infancia. Se podría hacer así un rastreo  desde el mismo inicio de la obra que pone en cuestión una nueva dicotomía: lo bueno del pasado contra lo maligno del presente, aquello que el personaje rescató cuando apareció en el primer libro de Vallejo, a este último donde está muerto (aunque vivo). Ahí entra Colombia como el lugar donde todo se destruye  o se construye para destruir, un país que determina su segundo enfrentamiento, el literal, desde la muerte a la “vida”:

“—¿Estoy llamando al setenta y cinco ciento veintitrés?
—Sí pero no.
—¡Cómo! No le entiendo. ¿Ésa no es la finca Santa Anita?
—Aquí era pero ya no es: la tumbaron.
—¡Cómo la van a haber tumbado!
—¿Y por qué no? Todo lo tumban, todo pasa, todo se acaba. Y no sólo tumbaron la casa, sabe? ¡Hasta la barranca donde se alzaba! La volaron con dinamita y únicamente dejaron el hueco. Un hueco vacío lleno de aire.
—Señor, por favor, no se burle que le estoy hablando de larga distancia.
—Ya sé, me di cuenta por el tónico. Lo oigo como desde muy lejos.
— ¿Pero sí estoy hablando a la finca Santa Anita, la que está entre Envigado y Sabanera, saliendo de Medellín, Colombia?
—A la misma. Al aire que quedó.
—Y que es de Raquel Pizano.
—Era: de misiá Raquelita. ¡Cuánto hace que se murió!
—¡Cómo se va a haber muerto, si es mi abuela!
—Ah, ¿y porque es su abuela usté cree que no se va a morir? Todos nos tenemos que morir, hombre, no sea bobito. Es más: ahí donde está usté, en esa cama, también ya está muerto. Vaya mírese en el espejo y verá. ¡Levántese!” (LRP, 4).
   
El perso
naje está muerto (literal y simbólicamente muerto), no existe más allá de sí mismo, aunque cabe preguntarnos, no desde un cuestionamiento a la verosimilitud sino desde un análisis crítico: ¿quién está más muerto? ¿La voz del otro lado del teléfono en Colombia, país representado por un muerto (El Viejo, Fernando Vallejo, el persona) en la feria literaria o “El Viejo” que en realidad está muerto? Para el viejo, lo no existente podría ser lo muerto que revive en la nostalgia del pasado que se presenta como una idealización de un presente que no existe. De hecho, la representación de Colombia es la de un “hueco”, un vacío se hace a la vez que se considera el hueco de la mujer, su vagina, como algo procreador, reproductor y fundamentalmente asqueroso. Ambos son –expresa el personaje- huecos como reproductores del mal: Colombia y la vagina de la mujer como metáforas ya no de un alumbramiento sino de la oscuridad, una tumba construida en los cimientos de una nación en la cual proliferan otras tumbas, tumbas en las cuales parecen los hombres programados para ocupar, al igual que están programados para procrear nuevos ocupantes[7]:

El hombre no es más que una máquina programada para eyacular, y lo demás son cuentos. Que eyacularan, pues, si querían, y si querían en el interior de una vagina; pero eso sí, que la dueña de la vagina se lavara, no fuera a ser tan de malas que la preñaran y nueve meses después le saliera, por el mismo hueco ciego por donde entró la babaza blanca, el hijo negro del Chamuco, de Nuestro Señor Satanás que en los infiernos reina, con cola y cuernos y una gran vara” (LRP, 41).

Colombia es simbolizada por la mujer pecadora, el hombre es el reproductor al cual se le perdona la culpa al ser solamente “una máquina programada para eyacular” por una manifestación divina (que más abajo veremos que se intenta anular): la reproducción del macho sin más, sumido en su sí, esperando la muerte, aceptándola y cavando su propia tumba.

Colombia es el país presentado por oposición a otros países o ciudades en La Rambla Paralela, porque de hecho, lo paralelo siempre está presente en la narración:

“Por fortuna en Barcelona no había niños. Ni perros abandonados, ni putas embarazadas. Putas sí, y muchas, pero no embarazadas. Una ciudad civilizada, en fin, donde él podía vivir” (LRP, 24).

Vale la pena citar este extenso pasaje que define la raíz de este pensamiento:

“—El hombre no es más que una máquina programada para eyacular, y lo demás son cuentos. Que eyacularan, pues, si querían, y si querían en el interior de una vagina; pero eso sí, que la dueña de la vagina se lavara, no fuera a ser tan de malas que la preñaran y nueve meses después le saliera, por el mismo hueco ciego por donde entró la babaza blanca, el hijo negro del Chamuco, de Nuestro Señor Satanás que en los infiernos reina, con cola y cuernos y una gran vara. (…) Los terneros correteaban por los pasillos como endemoniados, y a sus ´putas´ madres o ´putas ´vacas les leía en sus ´putas´ testas las intenciones de parir más. Lo que se necesitaba no era un Herodes. Eran Atila y Gengis Khan. Que volvieran y arrasaran ´hasta con el nido de la perra´ como decía la abuela”. (LRP, 41)

El personaje condena a los futuros nacidos a un mundo dividido entre el bien y el mal donde ser hijo de prostituta es una condena, al igual que ser hijo de Co
lombia, o hijo del mundo. Se pone en juego la idea de “herencia”. Lo mismo es aquello que los Nazi buscaban de los judíos: sus genes para condenarlo. El narrador anuncia categóricamente la perdición, ya no de un “enemigo” sino de un contexto. Nacer en Colombia no sería ningún beneficio: de la misma forma en sus anteriores obras, se manifiesta el recuerdo latente de los personajes por una infancia, por ejemplo en La Virgen de los sicarios.
Nacer –en el concepto vallejiano-, es salir de un huevo y meterse en otro hueco. Los huecos (la vagina, lo que queda de su casa, lo que queda de los incendios, las tumbas), supongo, podrían ser símbolos de aquello que queda del pasado, pero lo mismo que persiste en un análisis del presente donde todo es inflamable:

“Qué más da, ¡se me olvidó! Todo pasa, todo se olvida: teatros, barrios, hoteles, ciudades, perros, gatos, gente... Del incendio del teatro no quedaron sino ruinas y cenizas; y cuando descombraron las ruinas y el viento se llevó las cenizas quedó el hueco”. (LRP, 5)

El hueco es visto como lo negativo del producto de lo malo, lo que produce la maldad nunca identificada. El personaje habla de Colombia pero nunca explica qué es Colombia, como si bastara con mencionarla para crearnos un universo de sentido autónomo. Lo mismo intuimos de los hombres cuando nos nombran a algunos personajes: Hitler, o los campos de concentración y los huecos abiertos en ellos.  
El personaje idealiza al conflictivo (tanto o más que Colombia) México y también a Barcelona, lo cual si bien rompe con la verosimilitud, le imprime un alto grado de crítica a Colombia, frente a lo que el lector conoce de la realidad mexicana.

El personaje es apátrida en tanto exiliado. Pero además de estar apartado de su lugar, de su casa,  de su mundo, aplica una constante destrucción simbólica de esa patria. La destrucción simbólica de la patria, el desconocimiento de esta y la no pertenencia identifican a los personajes vallejianos en su conjunto bibliográfico. Son colombianos que por lo general no respetan las leyes, critican a su propio país y hasta se burlan de él. “Se llama Medalla” dice Alexis en la película La Virgen de los Sicarios[8] y Fernando contesta después de sorprenderse por cómo las cosas han cambiado: “Medellín, ya era un nombre antiguo” y luego dice Fernando “es un hueco horrible”.
Explica Berstein sobre Arendt que:

 “ella aborda el tema de la superfluidad en La caída del Estado Nación y el fin de los Derechos del Hombre. Nos dice que la condición de apátrida es el más reciente fenómeno de masas en la historia contemporánea, y la existencia de una nueva y creciente población compuesta de personas apátridas, el grupo más sintomático de la política contemporánea”.

La pérdida de patria en La Rambla Paralela genera un personaje que además de perder su patria, es rechazado por apátrida, o por pertenencia a su patria, reviviéndose entonces la intención clasificatoria del régimen Nazi, aunque más no sea por el pasaporte que identifica a ese lugar fácilmente reconocido: Colombia, América del Sur, o cualquier otro lugar considerados “peligrosos”. Lo que ha logrado Colombia en el personaje, y también los países que visita se acerca a la dominación total del hombre que indica Arendt que consiste en el  proyecto de “asesinar a la persona jurídica en el hombre” (cit. Berstein) y que “empezó mucho antes de que los nazis establecieran los campos de la muerte”. Arendt –explica Berstein- se está refiriendo a las restricciones legales que privaron a los judíos (y a otros grupos como los homosexuales y los gitanos) de sus derechos jurídicos:

“El objetivo de un sistema arbitrario es destrozar los derechos civiles de toda la población, que en última instancia se sitúa tan fuera de la ley en su propio país como los apátridas o quienes carecen de casa. La destrucción de los derechos del hombre, el asesinato de la persona jurídica en él, es un prerrequisito para dominarlo completamente”.

Ejemplificando con La Rambla Paralela, leemos al respecto:

 “En el Paseo de Gracia está el consulado francés: allá fue el viejo a pedir visa para poder regresar a México por Francia, no le volvieran a hacer los de Inmigración la de la venida, impedirle pasar de una sala a otra en el aeropuerto.
— ¿Cuánto piensa quedarse en Francia? —le preguntó el vicecónsul que lo atendió.
—Lo que tarde en cambiar de avión —le contestó el viejo—. Pero le solicito visa por dos días por si Air France se retrasa y no llego a París a tiempo de hacer la conexión.
—Air France no se retrasa —replicó el comemierda con arrogancia y le estampó el sello: por un día.
— ¿Y si pierdo el avión a México qué hago? ¿Me esfumo en el aire, o qué?
—Es cosa suya. ¡El siguiente!” (LRP, 54)


El colombiano es expulsado de su país, pero también del mundo, o poco tolerado al cargar la herencia de lo que es su país:

“En París, en el Charles de Gaulle, por confusiones ya no de los verbos sino de las que arman los funcionarios de inmigración, al viejo iluso y tonto acabado de desembarcar de México no lo dejaron pasar de una sala a otra del aeropuerto a tomar el avión a Barcelona.
— ¿Por qué? —preguntó. —Por colombiano —le contestaron—. O sea por ladrón, atracador, secuestrador, narcotraficante y asesino”. (LRP, 5)

Es decir: por tener una patria o por haberla perdido al nacer en ella. Esa es la herencia del siglo XX.
 NOTAS Y BIBLIOGRAFÍA




[1] Entrevista de Günter Gaus, a Hannah Arendt en 1964, disponible en http://www.youtube.com/watch?v=DEvmtzg8JE0. Internet. Visto el 10 de setiembre de 2013.
[2]Bernstein, Richard “¿Son todavía relevantes las reflexiones de Arendt sobre el mal?”. Visto en http://textos.pucp.edu.pe/pdf/1650.pdf el 25 de octubre de 2013. Internet.
[3] Vallejo, Fernando. La Rambla Paralela. Alfaguara: Buenos Aires, 2002. Impreso.
[4] Vallejo, Fernando. Los días azules. Santillana: México DF, 1985. Impreso.
[5]Cerdo macho (según la RAE), o caracterizado como cerdo “semental” en Colombia pero más que nada “grande” o “excelente”.
[6] Vale recordar que el autor es un destacado lingüista y en sus obras se refleja la preocupación por el uso de la lengua.
[7] Cito a Hannah Arendt en Eichmann en Jerusalén (Pp. 13) “El contraste entre el heroísmo de Israel y la abyecta obediencia con que los judíos iban a la muerte —llegaban puntualmente a los puntos de embarque, por su propio pie, iban a los lugares en que debían ser ejecutados, cavaban sus propias tumbas, se desnudaban y dejaban ordenadamente apiladas sus ropas, y se tendían en el suelo uno al lado del otro para ser fusilados”.
[8] Schroeder, Babert. La virgen de los Sicarios. RBC, y otros, Bogotá París, 200. Filme.