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sábado, 7 de abril de 2018


Una  tertulia  mundana,  del  mundo  y siglos  humanos  sumados




Amistad,  historias corrientes, de  experiencias de gente,  de  arte  de  antigua  y contemporánea  juventud  creativa,  de  un  mundo recorrido…   
Todo ello estuvo aquí  en nuestro  hogar,  junto  a  mi  familia y  yo  alegrándonos  emotivamente  en la clara y brillante tarde  de marzo…  
Resultado de imagen para roberto  sari torresJusto  en  un  momento del  tiempo,  mucho  más  amable  tras un largo,  caluroso, soleadísmio  y sequísimo  verano 2018.

Roberto Sari  Torres


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Por la calle Timbó llegaron  Nico Giornado, audaz viajero,  laburante  buscavida  por la  vieja Europa, y  ahora  arraigadas  las  velas ,  dejó  su  nao surta en la  ribera sansalvadoreña.
Aldo García Calvo (y la señora  Nery)  llegaron  por  acá  el día  que  este  nieto de  aquel viejo  asturiano  fundador  del  barrio natal, allá  por  1930, cumplía94 años. Este  empedernido  viajero  por  el mundo,  por  una tarde  echó   anclas  en la “rada” de  la calle Timbó,  250  metros  al  Noroeste de la casa  fundadora  de  Florentino Calvo.
Con  ellos  llegó Dino Ciarlo -el “Dino Milonga  de pelo largo”-  adjunto  a  su  guitarra  cargada  de  gloria,  memoria  e  historias  culturales -musicales del  Canto Popular   uruguayo  y latinoamericanista .
Otros  grandes  anteriores  la  tocaron  respaldando  musicalmente,  miles  de  canciones  en incontable  discografía, recitales y  variopintos  festivales y encuentros de canto  y la  música que  a todo  oriental  lo  identifica  e  interpreta.
Resultado de imagen para dino  gaston ciarloEn  manos  de Dino  ahora tal  heredad  encontrada  acompañó  el lindísimo  recital  con el que  en los breves 13metros cuadrados de la  salita de casa,  el gran cantautor nos  saludó   y nos emocionó con “Milonga  de pelo largo” y el sostén musical de  su  histórica  guitarra, el Dino  puso  una  llave  de  oro  a la tertulia  de la tarde  de marzo,  allá  donde  vivo,  dominio  oriental  de Dolores territorial  al Noroeste de l barrio Calvo.
Don Aldo, Nery,  Nico, Dino… los que hicieron  de  una tarde,  vieja ya porque ya pasó,  un momento  humanamente  encantador  e  inolvidable.
Anochece  ya, en el hemisferio. En el  volumen  de la salita quedan los ecos  del  conversar   de la amistosa  tertulia; de los cuentos   de la realidad o  parecidas  a  ella; del  cantor  y la  música de  esa guitarra  que  guarda  en su  madera la heredad melodiosa  con que  temporales  y soles  nutrientes del  agua y de la tierra  montarás  donde  creció  el  árbol  y el  arte del carpintero,  del lutier, la guitarra del Dino  le   dieron  la  alta distinción   de su  calidad   y calidez  musical.
La  luz  de la lamparilla  se  refleja  en la oscura  botella vacía  sobre la mesa.  Los amigos  se  marcharon con la nostalgia  que  marcarán  los presentes sucesivos,  por  una  tarde  coloquial del pasado  en un lugar  de  la ciudad  y  en el  barrio Calvo (representado por  el  propio nieto de  Florentino). 
Titiritero  de  circunstancias  el destino  parece  mover  las  vidas  humanas  a  su  antojo.  Pero  no;  sólo  nosotros  tenemos la capacidad de  mantener  a los  protagonistas  de  una  escena  como  esta en el lugar  del  tiempo  de los mejores  recuerdos   que el  sentimiento tiene para guardar  “sus hoy”,   justo  un  instante antes  que “los mañanas”  los  sustituyan.




sábado, 22 de febrero de 2014

Relato


Si alguien tiene una abuela que sepa cómo curarlo, por favor que me lo diga


                                                                                                                Vilma Bada




Volviendo de madrugada de Montevideo, hace ya dos días, la lluvia finita empapaba mi equipaje. El paraguas me estorbaba y trayendo de tiro uno de esos carritos porta-maletas caminaba buscando energías en mi exhausta humanidad. El carrito pesaba mucho, aunque las calles por las que caminé eran llanas, hube de hacer camino extra por un desvío en el recorrido del ómnibus, a causa, naturalmente, de la misma lluvia que ahora me jugaba a ¿adiviná de dónde vengo?" por las cuatro costas del paraguas.
La calle desierta, las laxas luces públicas perdonando a las sombras con sus conos ámbar entre esquina y esquina y los contenedores para la basura durmiendo despanzurrados, tremendamente iluminados.
Ya había caminado unos pasos más hacia la penumbra entre esquinas, cuando registré con la conciencia, el objeto cúbico, que acababa de ver por entre la lluvia. 
Dejé el carrito de pie, esperándome empapado y volví hasta el contenedor. A su lado, algo separada, descansaba una caja de madera equilátera en bastante buen estado. Pensé que sería muy útil para guardar herramientas, o cachivaches de esos que siempre andan desordenándole la casa a uno y me acerqué un poco más para levantarla.
Me la traje en peso durante las dos cuadras que me restaban por caminar, mojándome por haber tenido que guardar el paraguas para poder cargar con ella.
La estoy mirando ahora, parada al lado del cajón de frutas que solía hacerme algún servicio, y comparándola. Resultó ser una mesita de luz, con sus patitas rabonas algo apolilladas y sin su tablita del fondo. Madera color roble, bien lustrada. Tan fea, por lo cuadrado de sus caras iguales como un hielo fuera de su whisky. Sin embargo, salió triunfante de la comparación y reemplazó al cajón de frutas.
La limpié, comprobé que un viejo vidrio que tenía le calzaba perfectamente. 
La uso, desde ese día, a casi toda ella, menos a su cajoncito. No he podido curarlo porque ha seguido lloviendo, y como es sabido por todo el mundo, que los mates nuevos y los cajones de las mesitas de luz usadas, han de ser curados antes de aprovecharlos, estoy esperando que salga el sol para ello.
En rigor de verdad, el curado de los mates es más fácil y más común y, hasta donde sé, no requieren de su exposición al sol, a menos que se quiera reutilizar la yerba que una vez fue maravilla de infusión.
Pero en rigor de comparaciones, los cajones, no se curan por nuevos, sino, justamente por usados. 
Hace años que perdí a mi abuela, así que no tengo a quién preguntarle como ejecutar tan complicada operación. Navegué Internet, buscando tutoriales, encontré otros miles de consejos, pero ninguno mencionaba la exposición al sol, dato único, al respecto, sobre el que no tengo la menor duda y sobre el cual habla la tradición largamente.
Veo cómo algunos se estarán encogiendo de hombros y desestimando mi actitud respetuosa hacia lo que alguna vez fue, o pudo haber contenido, el tesoro de alguien más. Pero con sólo imaginarse lo que uno mismo guarda, atesorado u omiso en su propio cajoncito, el asunto mueve a escalofrío.
Pensar por un minuto, en cartas de amor, hebillas rotas, objetos intimistas y placenteros, dinero, nidos de ratones, relojes exhaustivos, anteojos con la graduación exacta para abrir las puertas de los libros, momentos de búsqueda inútil de algún objeto perdido, lágrimas derramadas al borde de la cama, la luz indiscreta del velador que se colaba al interior por
que en el apuro nos quedó mal cerrado, un trapito que alguna vez fue una prenda regia, insultos al trabajo o al despertador que en vano cayeron ahí adentro, la linterna por si se corta la luz de noche y hay que levantarse igual, la propia manija del cajón desprendida hace tiempo por quererlo abrir los días en que la humedad lo hinchaba, la condena a velarnos el sueño, la furia con se lo cierra después de la frustración, sus sombras propias de su posición, en fin, los fantasmas...
 ¡No! Sin curarlo, un cajón de mesa de luz usado, no se puede volver a usar. Habrá que esperar a que salga el sol. Sólo así, se le irá yendo lentamente la impronta de su pasado y se acomodará de nuevo, para lucir su función en el dormitorio de alguien más. Y sólo así, se le podrá abrir y cerrar con confianza, sin que se escape el ánima esencial de su utilidad: el secreto cómplice.




sábado, 3 de agosto de 2013


Eduardo Galeano



En tiempos de la dictadura militar, a mediados de 1973, un preso político uruguayo, Juan José Noueched, sufrió una sanción de cinco días: cinco días sin visita ni recreo, cinco días sin nada, por violación al reglamento. Desde el punto de vista del capitán que le aplicó la sanción, el reglamento no dejaba lugar a dudas. El reglamento establecía claramente que los presos debían caminar en fila y con ambas manos en la espalda. Noueched había sido castigado por poner una sola mano en la espalda. Noueched era manco.

Había caído preso en dos etapas. Primero había caído su brazo. Después, él. El brazo cayó en Montevideo. Noueched venía escapando a todo correr cuando el policía que lo perseguía alcanzó a pegarle el manotón, le gritó: ¡Dese preso! y se quedó con el brazo en la mano. El resto de Noueched cayó un año y medio después, en Paysandú.

En la cárcel, Noueched quiso recuperar el brazo perdido: -Haga una solicitud - le dijeron. El explicó que no tenía lápiz: -Haga una solicitud de lápiz - le dijeron. Entonces tuvo lápiz, pero no tenía papel: -Haga una solicitud de papel - le dijeron.

Cuando por fin tuvo lápiz y papel, formuló su solicitud de brazo. Al tiempo, le contestaron. Que no. No se podía: el brazo estaba en otro expediente. A él lo había procesado la justicia militar. Al brazo, la justicia civil.